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Opinión

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EL EDITORIAL IR

La otra peor cara del virus

Aunque el verdadero drama siguen siendo los contagios y las muertes por mucho que se aplane la curva, lo cierto es que no hay que perder de vista los efectos que la crisis sanitaria y el confinamiento social pueden provocar a posteriori en la economía

Es inevitable que pensemos un poco en el día después y el panorama que dibujan los primeros datos es desolador

No cabe duda alguna de que el principal y verdadero drama de la crisis del coronavirus está cada día en las camas de los hospitales, en las residencias de mayores y en algunos domicilios. Por mucho que nos queramos aferrar a la cara más positiva de las estadísticas que cada día nos llegan con el segundo café de la mañana, por mucho que la curva se aplane, como dicen día tras día los expertos y gestores políticos, cada contagio y cada muerte son un mazazo para una sociedad que de forma paralela sigue confinada en sus domicilios. Y esa debe ser la principal preocupación de todos mientras haya un solo caso nuevo, mientras haya una familia que se rompa y que ni siquiera pueda despedir a su ser querido. Pero es inevitable que tanto nuestros políticos como nosotros tengamos un poco la vista puesta en lo que pasará después, cuando todo esto pase, esperemos que más pronto que tarde. Y el primer atisbo del panorama que se avecina no es muy halagüeño. No por esperados, los datos de afiliación a la Seguridad Social dejan de ser desoladores para nuestra provincia. Una media de 243 empleos se destruyeron cada día entre el 12 y el 31 de marzo. Y eso sin contar los más de 19.000 que están inmersos en un Erte, aunque la teoría dice que recuperarán su empleo cuando todo vuelva a la normalidad, aunque todo apunta a que ese proceso será progresivo y muy lento.

LA NEGRILLA IR

Dibujo de La Negrilla

Lo habitual es que el partido que gana las elecciones generales en León consiga tres de los cuatro senadores que elige esta provincia, como pasó en abril. En esta ocasión, el reparto fue 2-2 entre PP y PSOE, y llama la atención que, en el caso de los populares, sus disputas internas, el poner cada candidato toda la carne en el asador (y probablemente el hecho de que Vox sólo presentase un candidato) hicieron que sus dos senadores ya electos lograran 10.000 votos más que su partido en el Congreso.

A PIE DE CALLE

El mundo se para

Poco sabíamos hasta estos últimos días de la palabra ‘Pandemia’; hoy, está en boca de todos. Ya nos hemos visto en alerta y con ciertas preocupaciones en la época del Ébola, la Gripe A o el SARS cuando amenazaron con deteriorar nuestra salud. Nunca tuvimos miedo. Yo misma le quité importancia a este asunto cuando vi la noticia de Wuhan, tenía tanta confianza en el gran bloqueo de China que pensé que sería imposible verme las caras con su enemigo; por otra parte, desconocía lo poderoso que era. Me equivoqué.

Durante la crisis del ébola, en el año 2014, era una enfermera con pocos años de experiencia, y ninguna en absoluto en cuestiones de aislamiento; pero, a pesar de ello, siempre conservé la confianza en mí misma. Aquellos días en los que aprendí a ponerme un EPI (Equipo de protección individual), me sentí mucho más segura que hoy, seis años después, en plena crisis del Covid-19 en la que mis sentimientos son una montaña rusa y corrientes de responsabilidad inundan mi cuerpo durante todo el turno de trabajo.

Las enfermeras somos el colectivo de mayor contacto con los pacientes, somos los que más tiempo pasamos a su lado y, no sólo tenemos conocimientos científicos, también, gran parte de nuestro trabajo lo destinamos al bienestar y a la creencia de que cualquier dolencia mejora con unas buenas dosis de amabilidad y buena compañía. Hoy me piden que borre todo eso y me convierta en un autómata que se mantenga lo más alejada de los pacientes, me piden que deje a sus preocupados familiares, entre lágrimas, en la calle (siempre manteniendo la distancia de seguridad) y les informe de que la información se hará vía telefónica. La primera vez que lo hice se trataba de una persona institucionalizada en una residencia y de avanzada edad, pensé: «quizá sea el último adiós pero mi deber es protegerte». Sentí que la enfermera que había sido hasta entonces había desaparecido y que nacía una nueva, donde había una sonrisa ahora hay una mascarilla y donde había bromas ahora sólo podía caber la responsabilidad y la seriedad; concentración y a trabajar en mi único objetivo: proteger a la población y evitar propagar este virus.

Cada día que voy a trabajar aprendo una nueva lección, las antiguas salas de atención a pacientes han cambiado para prepararnos para la que se avecina y nuestros superiores trabajan sin descanso para hacer las cosas lo mejor posible. Es probable que se cumpla lo que dicen los expertos y nuestro sistema se colapse tanto o más que el madrileño, todo depende de vosotros. Cuando penséis que no podéis salir a correr, en bici, al bar… acordaos de la enfermería responsable y compasiva y colaborad con nosotros; ser serio y estricto, hoy, es la esperanza para el mundo.

Maite Hernández es Enfermera de urgencias del Hospital universitario de León Maite Hernández

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