«Lo trascendental»

13/06/2026
 Actualizado a 13/06/2026
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Conversar en ayunas, sentada a la mesa en un aeropuerto a pocos días de regresar del que presumes el mejor viaje de tu vida, sobre Dios no es una buena idea. Menos aún cuando uno de tus acompañantes, amigo cercano desde hace varios años, inteligentísimo como rasgo más característico, te suelta sentencioso que decir «no creo en Dios» es como decir «no creo en la política». Menos aún cuando recurre a Aristóteles y te habla del «primer motor», de la «causa incausada» que generó las causas que después generarían otras a su vez. O cuando alude a las «cinco vías» con las que Tomás de Aquino pretendió demostrar la existencia de Dios.

Menos aún cuando parece no escucharte al rebatirle diciendo que «no creo en Dios» sería más similar a decir que no creo en los políticos. Que prefiero hablar de la «causa incausada» o el «primer motor». Que me parece que estamos diciendo lo mismo cuando él lo bautiza de pronto «lo trascendental».

Pero me hago pequeña cuando intento explicarle que esa idea al estilo Sagan de que vivimos en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz es y punto. Que «lo trascendental» nos resulta inherente y no tiene nada que ver con creer o no creer. Que es lo que, de niños, nos motiva a sentarnos en la cama, lejos del mundanal ruido, a pensar en por qué somos esto y no otra cosa; en por qué nacimos en León y no en otro lugar. En por qué yo soy yo y no cualquier otra persona. Es lo que provoca esa sensación inefable que nos retuerce el estómago cuando, por primera vez, cuestionamos el motivo de nuestra existencia. Es y punto, como es la luna y también el sol.

Yo en Dios veo una respuesta extrapolable a todas las preguntas que no hemos podido responder. Y lo respeto, pero no tanto al aparato que los terrenales hemos considerado construir. No tanto a la histeria en torno al nuevo Papa viajero que ignora la suciedad bajo su propia alfombra pronunciando mensajes pacificadores que condenan la xenofobia; que provocan aplausos en los gobiernos aconfesionales, en políticos que aplauden porque el discurso se ha tornado del color de su partido. En esos otros que aplauden por tratarse del Papa, cuyas palabras se han empeñado, a cada rato, en desvirtuar con sus posturas. Y no respeto que ese sumo pontífice, representante supremo de la máquina hacedora de respuestas a cualquier incógnita existencial, se preste a ese gesto extraño del ‘sixseven’; bien consabido por no saberse, ni remotamente, de dónde viene o a dónde va.

¿Es un acto inocente, fruto de su carácter familiar, o es parte de la cada vez más exitosa estrategia de marketing de la empresa hiperglobalizada que es la Iglesia, en busca de un ‘target’ más juvenil?

Yo ya no sé lo que creer. Pero sí sé que no creo en Dios. Y que eso no significa que no crea en nada.

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