Imagen Marina Díez

Libros que cambiaron mi forma de ver la igualdad

13/06/2026
 Actualizado a 13/06/2026
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Hay lecturas que entretienen, otras que emocionan… y algunas que nos cambian la mirada para siempre. En mi camino hacia el feminismo, varios libros fueron faros: me hicieron ver lo que antes pasaba desapercibido, me dieron palabras para nombrar lo que sentía y me conectaron con una genealogía de mujeres que ya habían pensado, escrito y luchado mucho antes que yo.

Recuerdo la primera vez que leí ‘Una habitación propia’, de Virginia Woolf. Entendí que la falta de espacio y de tiempo propio no era solo una anécdota personal, sino una opresión histórica que había silenciado a miles de escritoras. Luego llegó ‘Mujeres que corren con los lobos’, de Clarissa Pinkola Estés, que me enseñó a escuchar esa voz salvaje y ancestral que nos recuerda que ser mujer no es ser dócil, sino múltiple.

Más tarde descubrí a Chimamanda Ngozi Adichie y su ‘Todos deberíamos ser feministas’, un ensayo breve pero demoledor, capaz de explicar en pocas páginas por qué la igualdad no es una guerra de sexos, sino una promesa de libertad compartida.

Y, sobre todo, la voz de Clara Campoamor con ‘El voto femenino y yo’, donde cuenta en primera persona la batalla por el sufragio en España. Leerla es recordar que los derechos que hoy parecen básicos costaron coraje, soledad y resistencia frente a críticas feroces, incluso desde su propio partido. Su claridad y su firmeza siguen siendo una brújula: la igualdad no se negocia, se defiende.

También me marcaron libros escritos en nuestra lengua y desde nuestra tierra: autoras españolas y latinoamericanas que narraron la vida cotidiana, los silencios heredados, los micromachismos que parecen detalles, pero construyen desigualdad.

En los pueblos, donde la tradición pesa fuerte, leer a escritoras que rompieron con los mandatos me dio fuerza para pensar que también aquí es posible otra manera de vivir. Y en las ciudades, donde la prisa nos engulle, encontrar textos que reivindican el cuidado y la comunidad me recordó que la igualdad no es solo un derecho individual, sino una apuesta colectiva.

Los libros que cambian nuestra forma de ver la igualdad no tienen por qué ser tratados teóricos: a veces son novelas, memorias, cuentos infantiles que transmiten otras posibilidades de ser. Cada lectura es un espejo o una ventana: nos refleja, nos cuestiona, nos abre.

Por eso leer sigue siendo un acto político. Porque cada libro que nos hace ver con otros ojos nos prepara para vivir con más libertad.

Y entonces sonrío cuando alguien me dice que mi poemario’ Lengua de bruja’ es «transgresor». Yo lo único que hago es recitar lo que me toca. Lo verdaderamente transgresor ya venía de atrás, bien nombrado por todas esas mujeres que escribieron, lucharon y soñaron antes que nosotras.

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