Hace muchos años que no disfruto de la sensación tan especial que sentía al finalizar un examen que me había salido bien en el instituto o en la universidad. Era como si al plasmar en el papel mis conocimientos, se liberara parte del disco duro de mi cerebro, provocándome una sensación más que placentera.
Si con los exámenes normales, por llamarlos así, tenía esa experiencia, imagínense al acabar la Selectividad y al ver en el tablón de anuncios las notas obtenidas. Eso sí, el disfrute máximo del final vino precedido por unos nervios incontrolados en las fechas previas a la tan temida Selectividad.
La preocupación de esos días en los que te examinas para dejar atrás el instituto y entrar en el mundo universitario, no viene tanto de la cantidad de materia que hay que estudiar, sino de la nota, con decimales incluidos, que obtendrás. Y es que los dígitos finales que se registren en tu expediente determinarán tu paso por la universidad y, probablemente, tu vida, porque según lo que puedas estudiar dependerá, para bien o para mal, tu futuro.
Ya he denunciado públicamente en varias ocasiones lo injusto que es que los jóvenes españoles que se presentan a esta prueba no tengan las mismas oportunidades. No hay mayor ejemplo de desigualdad que el hecho de que un joven de León no haga el mismo examen que uno de Jaén. Todos los estudiantes deberían hacer el mismo examen y así garantizar la igualdad de oportunidades. Pero, claro, topamos con la gran idea de nuestros políticos de haber transferido las competencias educativas a las comunidades autónomas.
Esta injusticia me acecha cada junio con la llegada de esta prueba, pero ahora, además, se ha acrecentado al conocer que la nota media de los examinados en León de la PAU es la más baja de toda Castilla y León. La ULE ha anunciado que analizará los motivos porque los exámenes y los criterios de corrección son los mismos para toda la comunidad, por lo que, o el nivel académico de los leoneses es inferior o la subjetividad de las personas que corrigen los exámenes ha jugado en contra del distrito de León.
Si a las diferencias de los exámenes entre comunidades, sumamos la subjetividad del personal que los corrige, tenemos la tormenta perfecta de injusticia, que nos debe plantear la necesidad de eliminar dicha subjetividad, ya sea a través de exámenes tipo test en todas las materias que sea posible y en las que no, quizás lo más adecuado sea entrenar una IA para que, bajo los mismos parámetros, examine y califique los exámenes que, nos guste o no, influirán en el futuro que les esperará a nuestros jóvenes.