Había algo de buscar la paz en sentarse en el sofá a ojear un álbum de fotos. En casa teníamos varios bien colocados en el mueble del salón y reconozco que eran una salida fácil cuando el aburrimiento enseñaba la patita. Repasaba caras, gestos, lugares. Vacaciones que me parecían del pleistoceno porque a muchos de los que sonreían frente a la cámara ni los conocía. Eran amigos de mis padres, familiares lejanos que una vez tuvimos o novios de parientes que dejaron de serlo antes de llegar yo a este mundo.
Con la sana misión de hacer hueco en el trastero, el otro día encendí un ordenador de torre que descansaba en un rincón, ajeno a las modas. Era de mi padre, y en él descargué hace algo más de veinte años las fotos que hice con mi primera cámara digital, una HP de, ojo al dato, 3’1 megapíxeles. Calculo que fue en 2003. La calidad de las fotos, como habrán adivinado, no es la mejor. En justicia hay que decir que el fotógrafo tampoco ha sumado megapíxeles de pericia.
Sustituí entonces el álbum físico por las carpetas amarillas en el escritorio y me entregué al repaso de las imágenes frente a la pantalla. Aquel viaje a Asturias en el que éramos cinco (de aquella el bueno de Koki aún dejaba pelo por toda la casa), una comida en Madrid con abuelos y tíos, paisajes… Y caras que ya no están. Me entró un escalofrío al contar cuántas solo viven en el recuerdo. A cuántos no puedo llamar cuando tengo las dudas más tontas. A quién ya no puedo avisar de que me pasaré el domingo a comer. Quién no escribirá diciendo que espera un nuevo nieto o quién me pedirá que le mire el móvil, que no entran llamadas.
El ejercicio de recordar dolió. No porque no les tenga presentes, sino porque me puso delante una realidad incómoda. Vivimos en el día a día, en ese ‘hoy por fin es viernes’, pensando que nada cambia. Que incluso uno no es feliz porque siempre anhela algo que no termina de llegar. Y la realidad es que, entre granos y complejos adolescentes, en aquellas fotos era bastante feliz. Lo era a pesar de aquella perilla a la que le costaba salir, aquel plumas que no apeaba ni a tiros y ese corte de pelo que me parecía genial y ahora me da repeluco. Feliz enfadándome durante menos de cinco minutos y por chorradas con mi madre, que creía entonces que el cáncer era un mal recuerdo, como pensábamos todos. Razonablemente feliz queriendo sin decírselo a mi padre, que en aquella tarde de invierno en Ribadesella jamás podría imaginar lo que estaba por venir. La puñalada que tenía guardada la vida sin haber hecho nada para merecerla. Y también, cómo no, veo en las fotos a mi hermano, ajeno a todo el lío mientras creaba el suyo propio, como siempre. Esta vez no eran rostros desconocidos en fotografías en blanco y negro. Eran los míos. Los de mi familia. Personas que sonreían a la cámara sin intuir ninguna jugada del destino. Pero como los de las fotos antiguas, todos vivían sin asumir que nunca volverían a ser tan jóvenes como cuando saltó el flash. Porque la vida sigue siendo hoy. Mañana alguien abrirá una carpeta olvidada o un álbum cubierto de polvo y verá nuestras caras sonriendo a la cámara. Entonces seremos nosotros los que vivamos en el pleistoceno, aunque todo pareciera ayer.