Como en lo que a humanidad se refiere España es ahora mismo algo así como un desierto polarizado, la visita del Papa León XIV ha caído como una gota de agua fresca en nuestras bocas.
Llevamos meses viendo salir basura de las tuberías del Estado, meses por no decir años, y este drenaje no solo no ha terminado, lo que asoma por la boca de las cloacas es más repulsivo que lo que ya sabíamos. Por este motivo, seamos creyentes o no, las palabras de Prevost son un soplo de aire fresco. Ya habíamos olvidado cómo era la pureza de ese aire, cómo su transparencia, su halo protector e ilusionista. Parece caído del cielo su mensaje para recordarnos que no todo está perdido y que, en algún rincón de nuestro mundo, la verdad sobrevive a duras penas.
No pertenezco a ninguna iglesia, me considero a veces agnóstica y a veces creyente en un Dios sin religión, un Dios sin cadenas. Creía, sinceramente, que nuestra sociedad se había vuelto más laica, pero al ver la muchedumbre que ha seguido y acompañado al Papa en Madrid y Barcelona, resulta objetivamente evidente que España aún conserva una base católica muy entregada.
Es innegable el regreso de muchos jóvenes a la fe de sus mayores, aunque sus mayores, algunos, ya la hubiesen abandonado. Hay un auge de religiosidad indiscutible. ¿Moda o reacción natural? Lo mismo que tras la dictadura vino el destape, tras lo woke, su promiscuidad y liberalismo, regresa Dios para decirnos que es humano y legítimo buscar su presencia, necesitar su existencia, trazar vínculos estables, compromisos con nosotros mismos y con los demás.
En el Congreso pocas veces se ha ovacionado tanto y tan largamente un discurso. Siete minutos de aplausos. Casi todos en pie, salvo los comunistas confesos, desnortados. Claro que, a la salida, cada uno adaptó sus palabras a su propia doctrina.
Aprovechen esta gotita de agua, porque dura poco el pan en casa del pobre, lo mismo el maná en labios del sediento.