Habiendo dejado atrás el Paseo de la Condesa de Sagasta, avanzado ya el transcurso de un recorrido que arranca bajo el puente de San Marcos y que sigue adelante junto al Bernesga sobre unas tablas de madera, se topa el caminante con una de las zonas jóvenes de la ciudad: Eras de Renueva. Y se le podría considerar a este todo un barrio verde por estar sus edificios residenciales y todo el resto de construcciones rodeados de multitud de jardines flanqueados en la zona oeste por el citado río, en el este por la avenida Padre Isla y la carretera de Carbajal, en el norte por Sariegos y en el sur por el ensanche de León. Guarecen esas fronteras una llanura amplia de considerable altitud y una presencia eminente de espacios naturales que no se comprendería del todo sin remontarse a los orígenes de este rincón singular.
Su destino empezó a cambiar parcialmente en el siglo XII, cuando aún dependía de la jurisdicción del abad de San Isidoro, que destinaba estas tierras a las labores de trilla. Así lo recoge el arqueólogo e historiador Fernando Miguel Hernández en su estudio ‘La huella del Camino en la ciudad de León’ del año 2005, que se centra igualmente en la aparición del término que hoy da nombre al barrio.
Fue el monarca leonés Fernando II quien ordenó la modificación del itinerario jacobeo con la apertura de un arco en la muralla que pasó a llamarse ‘Puerta Renueva’. Aquella entrada, que estaría ubicada en la actual intersección de la calle Abadía y Ramón y Cajal, daba paso después, en la misma dirección, a la entonces denominada ‘Rua nova Sancti Ysidori’. Hoy conocida como calle Renueva, resulta el origen del bautismo de todo un barrio, pues, cuando aún estaba lejos de existir el plan de ensanche de la ciudad, aquella vía se extendía hasta el entorno de San Marcos, aunque, pasado el tiempo, su final fue rebautizado como Suero de Quiñones.
Saldría así el peregrino del Medievo de la Puerta Renueva, caminando a continuación por la calle homónima hasta llegar al convento, donde dejaría al sur Renueva, llena de tierras de cultivo y huertos, y se encontraría, al mirar al norte, con sus eras, en las que se trillaba el cereal. Justifica aquello el nombre de la avenida Los Peregrinos, como también del barrio que la acoge y que, durante varios siglos, mantuvo su forma prácticamente igual.
Aquel pasado medieval estuvo muy presente en estos lares habiendo terminado ya la Edad Media. Y es que no fue hasta la segunda mitad del siglo XX, en los años sesenta, cuando el entonces Ministerio de la Vivienda expropió y urbanizó ochenta hectáreas de la zona. Aquello no avanzó mucho más: la construcción del nuevo barrio se vio paralizada durante más de tres décadas, haciendo de las viejas eras un lugar de entrenamiento para la Policía Nacional, un terreno de prácticas para aprendices de conductor y hasta un conjunto de pastos para el ganado.

Se acostumbraron los leoneses a una estampa a medio pavimentar, rodeada de verdes, hasta que, bien entrada la década de los noventa, se trazó la configuración actual de Eras de Renueva. Así, aquellos prados fueron convirtiéndose paulatinamente en espacios ajardinados como los que hoy acompañan a San Marcos y a la Explanada de los Pendones Leoneses; como el Parque de Juan Morano o los Jardines de la Cruz Roja, que, junto a la ribera del Bernesga, evocan una antigüedad henchida de campos y vegetación.
Pero, quizá, de entre todos esos rincones verdes, hay uno que destaca por lucir especialmente equipado fruto de las inversiones realizadas, sobre todo en los últimos años, por el Ayuntamiento de León, que ha ido dotando a estas Eras de Renueva de una nueva condición. Poco a poco, las viejas eras han ido adquiriendo el carácter depurado de parcelas que conceden aire puro a las afueras de León.
Destaca por ello el Parque de Santos Ovejero, inaugurado en el año 1997 como un jardín urbano. El lugar, que tiene a los chopos y los plátanos de sombra como protagonistas de su flora, fue uno de los espacios a los que el Ayuntamiento quiso incorporar una nueva zona de juego en su campaña de 2021, con la que la ciudad pasó de tener siete recintos infantiles adaptados a tener más de una veintena. Es por ello que el de Santos Ovejero se ha convertido ya en todo un punto de encuentro para niños y padres, pero también para mayores que, en una mañana soleada, disfrutan del descanso en alguno de los bancos posicionados a lo largo y ancho de este rincón.
A ellos se suman otras gentes que, más jóvenes, han convertido los entresijos de esta especie de parque de parques en su segundo hogar. Son los que demuestran su buena forma física practicando deporte en el circuito de calistenia instalado por el Consistorio. De generaciones más tardías, además, son los moradores que acuden habitualmente al ‘pumptruck’ modular que sirve de escenario a los habilidosos ciclistas y que fue el resultado de una inversión que rondó los 60.000 euros. También sobre ruedas llegan aquí esos otros oriundos que se mecen por entre los recovecos de un ‘skatepark’ cuya inversión superó los 140.000.
La construcción de ambos espacios, que vieron la luz entre 2023 y 2024, fue la contestación del Ayuntamiento de León a los vecinos de la zona, que reclamaban instalaciones de deporte a pie de calle. Esa respuesta ha supuesto que hoy sean personas de todas las edades las que se congreguen en el Parque de Santos Ovejero, pues en él encuentra su hueco cualquier generación. El hecho guarda cierta sintonía con un pasado vetusto que, durante siglos, permaneció estático, dando paso después a una modernidad que llegó de forma abrupta y no por ello desarmonizada.

A esa virtud de atemporalidad entre tiempos contribuyen, por ejemplo, los vestigios de un juego con el que se han divertido niñas y niños de todas las épocas. La encarnan las líneas que dibujan una rayuela en el suelo de un rincón lleno de bloques de hormigón coloreados con muestras de arte urbano, de mayor o menor calidad. Una estructura que bien podría conformar toda una pieza contemporánea, como las que guarece en su interior uno de los edificios más emblemáticos de la zona: el Musac.
La creación de los arquitectos Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón Álvarez, galardonada con el Premio Mies van der Rohe de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea en 2007, no es la única de su autoría por esta zona. Los mismos profesionales se encargaron de dar a luz a otra de sus construcciones identitarias: el Auditorio Ciudad de León. Ambas edificaciones completan el mosaico de un barrio que ha sido testigo directo de los cambios pronunciados que va produciendo el tiempo, como un temporal, en su devenir.
El espacio libre era más que suficiente para levantar estos ejemplos de arquitectura moderna en aquellos años, los primeros de este siglo, cuando el arrabal todavía empezaba a dejar de ser un conjunto de eras de trilla para convertirse en una zona residencial que daba nombre a sus recintos verdes. Aunque lo cierto es que, en el caso del Parque de Santos Ovejero, su bautismo emana directamente del de una de las vías que lo rodean. De igual forma ocurre con el de Gutiérrez Mellado, al que se llega cruzando la avenida de los Reyes Leoneses que hace las veces de columna vertebral para estas Eras de Renueva. Aun así, parece más acorde el nombre del primero, teniendo en cuenta que el epónimo fue un leonés ilustre que fundó y ubicó por estos lares la conocida y prestigiosa empresa Laboratorios Ovejero.

Quizá ya no recuerden demasiado a este científico, que ejerció gran impulso para la apertura de la Universidad de León, las gentes que hoy caminan por el jardín homónimo. Gentes que pasean sobre la diagonal empedrada que, rodeada de césped, se bifurca hacia los diferentes rincones habilitados por el Ayuntamiento.
«Esta zona está muy bien», asegura un padre joven dirigiéndose a sus hijos y apreciando, tranquilo, el derredor. «Aquí venías cuando eras más pequeñina», le explica una abuela a su nieta, que parece enfrascada en la observación de los grajos que habitan las ramas de los chopos y en las urracas y palomas que merodean entre sus troncos. «En el parque», responde mientras tanto un hombre machucho al teléfono, dando cuenta de que este espacio, en realidad, no necesita de demasiada presentación.
Las conversaciones, como quienes las mantienen, se suceden en esta suerte de conglomerado de edades que no sólo atañen a los habitantes y visitantes de por aquí. También lo encarnan las coloridas cristaleras de un museo y la fachada blanquecina de un auditorio que sacan lustre a la más arquitectónica contemporaneidad. Y los espacios cuyo manto vegetal es buen recuerdo de su origen agrícola y medieval.
Espacios como el Parque de Santos Ovejero, que cada 24 de junio, por San Juan, se convierte en escenario para una hoguera que sirve para quemar el pasado. Una hoguera que retuerce las edades de la historia, como buena tradición, haciendo del ayer algo propio del hoy e incendiando el mismo pasado que, de alguna forma, saca a relucir en pleno presente.
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