Nada queda de la escombrera sobre la que se construyó este rincón, sin el que no se entendería tanto esta zona joven de la ciudad. Como suele ocurrir, el aspecto del templo cercano –la parroquia de San Froilán– se presenta como una señal inequívoca de que este barrio, el de La Chantría, está lejos de la senectud.
No fue hasta finales de los años ochenta cuando empieza a producirse la creación de nuevas zonas residenciales como esta, fruto de la necesidad de expansión de una tierra que iba creciendo. Así, con algunas viviendas ya contruidas, comienza a erigirse el barrio que ahora guarece el jardín que es protagonista de estos párrafos.
Hasta entonces, los habitantes de vecindarios aledaños no conocían esta parte de la ciudad con ese nombre; preferían hablar, por ejemplo, de la zona de la Plaza de Toros. Aunque es difícil determinar exactamente cuándo empezó a llamarse La Chantría, lo cierto es que sí hay algo que se repite habitualmente entre los conversadores acerca de estos lares: un elemento determinante en la construcción del barrio fue la edificación de El Corte Inglés.
Fue llegando el año 1994 a su término cuando el alcalde de entonces, Juan Morano, y el presidente del centro comercial, Isidro Álvarez, descubrieron la placa que aún sigue siendo carta de presentación para vecinos y vecinas en la entrada del espacio por la calle Fray Luis de León. Su apertura constituyó no sólo una nueva fuente de trabajo para los leoneses; también el impulso definitivo para una zona que, de pronto, empezó a florecer.

Los prados que antaño llenaban de un verde algo salvaje las callejuelas, que hicieron las veces de campos improvisados de fútbol, se convirtieron de esta forma en lienzo sobre el que fueron erigidos los grandes almacenes. Aquella vieja escombrera, que hizo de tendal también improvisado para la ropa húmeda antes de las lavadoras, vio nacer un espacio teñido de un verde más depurado que hoy se conoce como Jardín del Chantre.
El bautismo, de misma raíz que el barrio, da cuenta de la relevancia de su labor: la de dotar a la zona de un lugar de alivio, paseo y descanso que funciona como pulmón para los ciudadanos de esta zona de León. En la etimología del nombre, bien llamativo, se detiene el monolito ubicado junto a la puerta de la calle La Corredera.
Explica una de sus leyendas que el parque fue inaugurado «siendo regidor de la ciudad» Mario Amilivia González, el día exacto del 28 de julio de 1998. Más abajo, al término ‘Chantre’ sigue una frase en latín entrecomillada: «Ad oficium cantoris spectat facere...» (al oficio del cantor pertenece la tarea..). Seguida del nombre del obispo Gonzalo de Osorio y de una fecha –19 de diciembre de 1309–, la placa enseña igualmente lo que sería la definición del chantre: «dignidad de las iglesias catedralicias a cuyo cargo estaba el gobierno del canto en el coro». También, la de ‘chantría’: «finca cuyas rentas se dedicaban al oficio del chantre en un sistema beneficial».
Suenan algo crípticas las descripciones, que vendrían a señalar el ejercicio del chantre –encargado de dirigir el canto del coro de las antiguas catedrales– y el destino de una finca llamada chantría por ubicarse quizás en esta zona el huerto del citado chantre. Junto al monolito que se empeña en aclararlo, un plano de la ciudad en el siglo XV, marcada en él la situación exacta del solar que ahora es La Chantría, revela sutil que este jardín, en realidad, no olvida su pasado que luce atenuado por un presente fulgurante.

Es el que construye una estética cuidada que es resultado de las tareas de limpieza y mantenimiento realizadas en 2025 por el Ayuntamiento de León y que reflejan bien los setos depurados que adornan este parque. Sus caminos pavimentados y rectilíneos se entrecruzan con otros, hechos de tierra, que lucen sinuosos. Por ellos pasean las gentes que se entregan a la belleza de un rincón sobre el que apunta el Portal de Turismo del Consistorio que tiene la «intención de reproducir la orografía forestal leonesa». Y es que evocan las dunas verdosas de su noroeste el paisaje intrincado y montañoso del norte y oeste de la provincia, mientras que la llanura enfrentada en el sureste ajardinado refleja entre líneas la meseta del este y el sur; con parcelas henchidas de rosales que, flanqueadas por ornamentísticos arcos de hierro. emulan sin procurarlo las sementeras que habitan el paisaje de Tierra de Campos, los Oteros, el Órbigo y el Páramo leonés.
Se presenta así el Jardín del Chantre en una suerte de alegoría a cuyas grafías sustituyen las muchas muestras de vegetación. Acebos, acacias, abetos azules y cipreses habitan la zona, como también lo hacen los fresnos americanos que, llegado el otoño, cambian el color de sus hojas a un amarillo que llama siempre la atención.
En hilera se posicionan todos ellos, como invitando a entrar por una de las dos puertas de la calle Santos Olivera, que, en el año 2022, junto a las travesías Fray Luis de León y José Aguado –ubicadas todas ellas entre espacios verdes–, incorporó nuevos inquilinos por cortesía del Ayuntamiento. A fin de reducir la velocidad de los conductores y mejorar la seguridad vial, el Consistorio invirtió unos 200.000 euros en la colocación de pasos elevados gigantes decorados con leones funcionales de varios colores que ahora rugen desde el asfalto.
Junto a ellos, un baño público dispuesto por el Ayuntamiento de León en una campaña que llegó a diferentes puntos de la capital, un aparcamiento de bicicletas –tanto eléctricas como sin motor– del servicio de alquiler impulsado por el mismo Consistorio y otro protegido y destinado a bicis de particulares contribuyen a la comodidad que se respira en este parque. Y, al atravesar la puerta oportuna, una recta rodeada de grandes plátanos que la llenan de sombra invitan al transeúnte a disfrutar de la tranquilidad. Son estos árboles, probablemente, los más añosos del lugar, pues, a diferencia de algunos otros que fueron plantados, estos fueron traídos de otros rincones hasta este parque que hicieron suyo desde antes de su inauguración.
De esa citada tranquilidad disfruta, por ejemplo, una mujer sentada en uno de los muchos bancos de muy diversas longitudes que equipan el jardín. Su edad, como la de los plátanos, es avanzada, invitando a quien la mira a preguntarse cómo viviría ella los cambios que no hace mucho se produjeron en esta zona.
– ¿Se acuerda de cómo era esto antes de El Corte Inglés?
– No, no– resuelve rápida, dentadura visible.– Yo es que no soy de aquí.

Pasa casi todo el año en Astorga, aunque algunas temporadas intermitentes se muda con su hija a León. Explica que, en esas fechas, cada día se encamina a un paseo que cambia según el día, creando una rutina que se repite semanalmente.
– Una se hace mayor y es lo que toca– dice entre risas.
– ¿Y suele venir a este parque?
– Sí, pero a veces voy a San Francisco o paseo por Papalaguinda– se queda callada un instante.– Si es siempre el mismo sitio, una se acaba aburriendo.
Tampoco es que haya demasiados motivos para aburrirse aquí. Si no, que le pregunten a los niños y niñas que juegan en el recinto infantil del que fue dotado el enclave en 2025 por encargo del Ayuntamiento. O a los numerosos leoneses y leonesas que disfrutan de una tarde soleada para echarse aquí a leer. También hay gentes de paso: suelen llevar mochilas, cuadernos o artilugios que indican una intención académica, puede que por encontrarse muy cerca de este espacio verde la Escuela Oficial de Idiomas de León.
Son todos ellos elementos esenciales de una estampa que también tiene en su haber mirlos, pardales, palomas, urracas y otras aves a las que se suma la simpatía de los patos. Estos suelen estar cerca de los estanques que, siguiendo la estela alegórica del Chantre, recuerdan a los embalses de la provincia. Por ellos nadan unas cuantas carpas comunes que, tan emblemáticas como siempre han sido y luciendo como siempre han hecho un color naranja que casi parece fosforescente, provocaron en algunos infantes, cuando aún lo éramos, conocer a este espacio como el «parque de los peces».
Hay, además, otro elemento que a veces pasa desapercibido. Es la ninfa que corona la zona de los estanques y que, al resguardo de un gran sauce llorón, advierte estática el paso del tiempo en los cambios que se van sucediendo a su alrededor. Su figura de bronce, postrada sobre una estructura de piedra, revela sin quererlo un aspecto de nostalgia. Quizá quiere unir la voz de su canto inmóvil a la banda sonora de la naturaleza en un sitio cuyo nombre recuerda, precisamente, a quien antaño guiara el canto del coro de la Catedral. Quizá quisiera la ninfa ser miembro de aquel coro y, por eso, hoy nos mira con cierto anhelo conformándose con ser un miembro inamovible del Jardín del Chantre de León.
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