Que fue el propio rey, allá por el siglo X, el que propuso ponerle ese nombre haciendo un guiño a su hijo insistente, que no cejaba en su empeño de conseguir una guinda. Que fueron dos periodistas, Augusto López Villabrille y José Estrañí, quienes rebautizaron el enclave como sacando lustre a la costumbre de sus oriundos de acercarse a él «a palpar la guinda», en un eufemismo del cortejo explícito de entonces.
Son las teorías pergeñadas en aras de explicar el motivo de uno de los nombres más reseñables de la ciudad: Papalaguinda. Aunque, si se atiende al número de alusiones, los leoneses, quizá fruto de la picaresca, prefieren quedarse con la segunda.
Y es que esta zorectana, que arranca a la altura del Club Social y Deportivo Peñalba conocido como El Casino y fundado en 1851 y termina en el Puente de los Leones antaño denominado Puente de Hierro, tiene mucho que decir al respecto. La voz la entonan, por ejemplo, algunos de sus árboles, que lucen las tallas improvisadas de corazones, como rindiendo tributo al bautismo que acertadamente escogieran los dos juntaletras en el siglo pasado para el antiguo Paseo del Calvario.
De un nombre a otro, claro, tuvo que pasar tiempo. Hubieron de pasar, también, los cambios de los que siempre va acompañado este.
Los encarna bien el espacio que otrora cobijara uno de los locales más frecuentados por los habitantes en las noches festivas. El establecimiento del que escribía en 2020 Carlos del Riego para La Nueva Crónica que «era una vieja concesión del Ayuntamiento, que exigía que los paseantes pudieran entrar a hacer sus necesidades o beber un vaso de agua» pasó a ser después El Oasis. Y, antes de convertirse a finales de los noventa en un eslabón más de una cadena de restaurantes de comida rápida, fue una sala en la que sonaron Los Cardiacos y los Brutos Secos; en la que la música era tan «determinante» que «incluso» sus regentes «iban a las mejores tiendas de discos de Madrid o Valencia para traer lo que nadie más tenía».

Hoy el sonido más representativo es el desliz de las ruedas de las bicicletas, patines y tablas de ‘skate’ que conceden las gentes, en una suerte de acróbatas, sobre el cemento de un renovado ‘skate park’ y una pista de ‘pump track’ para los que el Ayuntamiento de León invirtió hace varios años unos 115.000 euros. No faltan los resoplos de esfuerzo de los duchos en materia de calistenia, que realizan su tarea en el equipamiento adecuado para ello por el mismo Consistorio.
Junto a ellos, las palomas se retuercen en la zona de Los Lagos, una especie de oasis –esta vez escrito en minúscula– para las aves que cuenta con su propio palomar. La estructura le queda a la izquierda a los paseantes dispuestos a cruzar el puente erigido en 1972 por cortesía del ingeniero Aurelio Ruiz López en honor al entonces príncipe, Juan Carlos de Borbón, que atraviesa el Bernesga de un lado a otro concediendo unas vistas amazónicas, aunque con menos cantidad de agua.
Las colúmbidas son solo una de las especies que habitan este rincón de la capital provincial, donde Tomás Santamarta y Amable Rodríguez llegaron a identificar gorriones, carboneros, vencejos, avión común, mirlos, petirrojos, verderones, papamoscas cerrojillos y hasta gaviotas reidoras, entre muchas otras variedades de fauna. De la flora, apuntaron en su obra conjunta ‘León parque a parque’, publicada en 1989, abedules, cedros, abetos, lilos, sauces, chopos, nogales, un ejemplar de secuoya y hasta una especie híbrida de magnolio, por poner solo algunos ejemplos. Quizá los más dominantes sean los plátanos que van uniendo con el tiempo sus ramas como queriendo convertirse en una especie de arco de medio punto al natural.
La estampa se torna así en una forma fotográfica de jungla por su multitud vegetal y animal. Es una jungla habitable que se aparecería como una amplia mancha verde al apreciarse desde el cielo. Desde la Plaza de Toros hasta la glorieta de Guzmán el Bueno, Papalaguinda se extiende a lo largo de más de un kilómetro, aunque lo cierto es que la distancia se multiplica si se tiene en cuenta que el paseo, al dividirse por un muro que distingue entre la ribera del río, a los pies de sus aguas, y la zona más alta y surtida de ocio, se convierte en dos.

En el Bernesga, de pie desde su pasarela peatonal, puede verse a una familia de patos que descansa de su nado reposando sobre un tronco que no llega a sumergirse del todo. Antes de llegar a ellos, el paseante puede disfrutar del perfil de la ciudad dibujado sobre el muro que separa la zona alta de la baja. Es el resultado del proyecto de intercambio juvenil ‘The wall’, impulsado por la Asociación Auryn y la italiana Associazione Link APS en julio de 2022.
No es el único mural que llama la atención en esta zona. Superado el Centro Demostrador de Energías Renovables, una pieza colorida acapara la atención bajo el Puente de los Leones. Es obra de la joven artista Camino Fernández Viejo, conocida como ‘Camikaze’, que apunta magnánima la variedad de afluentes de la provincia mencionando entre ilustraciones muchos de ellos. Indicando, también, que es «imposible bañarse dos veces en el mismo río».
Es quizá esta ribera la zona más frecuentada por leoneses y leonesas en sus ratos de paseo; en ocasiones, acompañados de animales domésticos que encuentran en la naturaleza el alivio que no consigue concederles el asfalto. Es, además, zona de corredores que han considerado llamarse ‘runners’ y se mecen a buen ritmo y, a veces, en grupo, en una suerte de manada. También hay ciclistas que aprovechan la envergadura del carril bici para calentar en sus entrenamientos.
Y, si esta parte baja podría considerarse un paraíso para paseantes y corredores, la alta cumpliría una función parecida para los niños y niñas leoneses, pues son varios los enclaves destinados a una infancia que necesita protocolariamente sus resquicios de juego. A la zona de canchas de baloncesto y el campo de fútbol de Vadesogo –más aptos para todo tipo de públicos– se suman así una serie de espacios cuyos moradores habituales no acumulan demasiados años. Son estos rincones los que dotan de fechas a un paseo que, anexo como es al Bernesga, podría remontarse a tiempos tan vetustos como sus aguas. Ya lo dicta la sabiduría condensada en la expresión oral y popular: que a veces se es «más viejo que la orilla del río».

Y es que, desde 1957, el comienzo de este espacio verde –junto al que se ubican ahora, sobre adoquines, un punto limpio, una parada del servicio de alquiler de bicicletas municipal y un aparcamiento para las particular– se conoce como El Bosque y guarece entre sus ramas un área infantil que, desde 2010, dedica sus estructuras a la serie ‘Pocoyó’. La fuente escondida bajo las copas de sus muchos árboles no es la única con la que el transeúnte puede toparse: un poco más adelante, la fuente a plomo luce en todo su esplendor tras ser haber sido sometida a una rehabilitación por parte del Ayuntamiento este 2026. El paseo continúa con un Parque Infantil de Tráfico, bien conocido –y temido, en algunos casos– por la mayoría de los colegiales de la ciudad y las estructuras también infantiles que se van sucediendo a lo largo del paseo son carta de presentación para el parque cerrado que asimismo fue renovado dentro de la campaña puesta en marcha por el Consistorio en 2022.
En ese mismo espacio, hace años, hubo un barco pirata habitado sempiternamente por los más pequeños del hogar. Se dice que, un día, cansado de estar fuera del agua, fue pujado con fuerza en dirección al Bernesga, dispuesto a zarpar. Fue aquella una última travesía para un paseo que, desde aquello de la guinda, siempre ha tenido historias de sobra para echarse a navegar.
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