El Jardín de San Francisco: lugar de paso y de literatura

Inaugurado como parque público en el año 1818, el Jardín de San Francisco es considerado el primer espacio verde de la ciudad, además de un lugar reconocible por sus castaños centenarios, sus esculturas y el trasiego cotidiano

06/09/2026
 Actualizado a 06/09/2026
El Jardín de San Francisco de la capital leonesa tiene más de dos siglos de historia. | SAÚL ARÉN
El Jardín de San Francisco de la capital leonesa tiene más de dos siglos de historia. | SAÚL ARÉN

Tiene mucho de literario el Jardín de San Francisco. No sólo por lo habitual de encontrar a sus oriundos deleitándose con la lectura a la sombra de sus árboles. También es fácil, en alguno de sus rincones que hacen las veces de merendero, prestarse de tiempo en viento al ejercicio de escribir.  

El paseante vaga por su entorno despistado, un día cualquiera, topándose en su camino, antes de llegar a la entrada de la Corredera, con muestras de vegetación que advierten del oasis que está por llegar. Quizá se contagiaran de su color los caminos aledaños de este primer espacio verde de toda la ciudad. Fue a principios del siglo XIX, en el año 1818, cuando los monjes benedictinos de San Claudio cedieron el terreno como jardín público y campo de experimentación agrícola del que se haría cargo la Sociedad de Amigos del País.

Por eso se le conoció como «El Parque» –primero– y como «El Huerto» –después–. Y fue cambiando de manos y de consideraciones este cuadrilátero casi perfecto hasta que, en 1835, habiendo dejado atrás su condición agrícola, se convirtió en lo que es hoy: un lugar público que, un lustro después y desde entonces, es responsabilidad del Ayuntamiento de León y que conserva la belleza estética de un jardín.

Es el de San Francisco y no el de otro santo por situarse, precisamente, frente a su iglesia y su convento. Las campanas que avisan a misa lo recuerdan, como también lo hace la escultura que da la bienvenida al atravesar el portón de la calle Alcalde Miguel Castaño. Es una talla de Ángel Muñiz Alique, ubicada en el enclave para conmemorar los ochocientos años de la muerte del beato. 

El escultor recurrió a la imagen del lobo y la oveja, como otrora lo hiciera el territorio imaginario de las letras en -por ejemplo- una de las fábulas de Esopo. Pero quiso el leonés mostrar sus formas beatíficas, y por eso los representó como hermanos en una demostración del amor del santo italiano por los animales y la naturaleza.

La escultura de Ángel Muñiz Alique en honor al santo que bautiza el parque
La escultura de Ángel Muñiz Alique en honor al santo que bautiza el parque. | SAÚL ARÉN

El hermano lobo y la hermana oveja erigidos en piedra son oportunos en un lugar por cuyo derredor, siglos atrás, pasaran no pocos cuadrúpedos. Situado al sur y colindante con el enclave, llegó a ubicarse el mercado de ganado. Todo antes, claro, de que la colocación de una valla de hierro –en 1981– y otros detalles dotaran al espacio de la sofisticación suficiente para prestarse al tránsito de los humanos y no tanto al de los animales.

Hoy la mayoría de los que por aquí pasan llevan correa. Aunque también hay otros que, inalcanzables, conceden a los transeúntes el beneplácito de su canturreo. Le ponen melodía a la zona los mirlos, urracas y pardales desde lo frondoso de las copas con las que presumen los plátanos, los tilos y, sobre todo, los castaños. Son estos últimos los más originarios, los más vetustos, los más autóctonos de este específico rincón.

Se lo recuerdan unos padres machuchos a su hija desde en uno de los múltiples bancos que invitan sempiternamente a sentarse para contemplar. «Esto es el erizo que cae del castaño y se le llama así por las púas», dice la mujer: «De aquí salen las castañas». Lo sabe bien, pues no hay otoño que se precie en el jardín de San Francisco sin correr el riesgo de que sus púas, en un descuido, impacten por sorpresa contra la cabeza del viandante.

Y es que a la sombra se refugian frecuentemente sus habituales en este jardín dividido por una línea invisible que marca la brecha generacional. A un lado, en una recta antaño arenosa y hoy engomada, niños y niñas juegan ante la atenta mirada de sus progenitores en un recinto infantil que fue renovado hace pocos años por el Consistorio. Fuimos muchos los que temimos desafiar lo indomable de la criatura que antes habitara el mismo recoveco.

El recinto infantil fue renovado hace unos años por el Ayuntamiento de León. FERNANDOOTERO
El recinto infantil fue renovado hace unos años por el Ayuntamiento de León. | FERNANDO OTERO

Lo intrincado de su cableado, por el que algunos escalaban, la hacía parecer una especie de araña de patas infinitas. Era un lugar que solo culminaban los más valientes. El resto, más tímidos, mirábamos desde abajo, esperando el desembarco del valor suficiente como para cruzar, al fin, el puente colgante que unía el arácnido con un tobogán metálico, helado en invierno y ardiente en época estival. La estampa es hoy nada más –ni menos– que un recuerdo.

En ese flanco infantil se citan las pocas gentes que no toman el jardín como una mera transacción. Puede que sea por su ubicación, a medio camino entre la ciudad vieja y la nueva, punto de acceso de las gentes de la Chantría o San Claudio al casco histórico, lo que le haya relegado a un simple lugar de paso. 

También, en ocasiones, pueden verse en reposo a extranjeros de lenguas dispares. Quizá por la cercanía del Centro de Idiomas de la Universidad de León –antigua Escuela de Comercio– o por la multitud de albergues que dan cobijo a peregrinos llegados de distintos rincones del orbe y hospedados en sus alrededores. Sea como sea, resultan una excepción tornándose inquilinos de un enclave que sus oriundos ya hemos dado por sentado.

Sólo en dos épocas del año luce este espacio repleto de personas. San Francisco le presta su protagonismo a San Juan y San Pedro y también a San Froilán en los meses en que leoneses y leonesas conmemoran sus hazañas. Junio y octubre no se entienden en este parque ajardinado sin las propuestas gastronómicas, los conciertos y las actividades culturales y de ocio que programa desde hace tiempo el Come y Calle, un festival que suma en cada edición nuevos adeptos, consagrándose ya como uno de los grandes reclamos de las fiestas estivales y otoñales de la ciudad. 

La fuente de Neptuno es, quizá el elemento más característico del parque y, desde luego, el más imponente
La fuente de Neptuno es, quizá el elemento más característico del parque y, desde luego, el más imponente. | SAÚL ARÉN

De más avanzada edad son esos otros que, sin importar la estación, se han convertido en sus más frecuentes moradores; que moran el jardín de San Francisco por cortesía de la calma que concede el tiempo libre. La ancianidad es buena época para no dar nada por sentado; para darse encuentro, además, con amigos con los que disfrutar del refugio que suponen los árboles en esta especie de punto intermedio, de pulmón en el que respirar los resquicios de oxígeno puro entre el asfalto de la ciudad.

Las sombras se solapan aquí en una suerte de sombrilla al natural, resultando un buen reclamo para, pausado, acompañado de la tan grata parsimonia que en la juventud tanto cuesta disfrutar, relajarse en el asiento. Así lo hacen muchos de nuestros mayores, que todavía parecen sorprenderse ante la imponencia del dios de los mares que saca a relucir majestuoso la identidad romana tan primigenia en esta capital.

En el medio del parque, se erige la fuente en honor al dios romano Neptuno. En el único rincón a plena luz, la circunferencia que la acoge saca lustre a todos los detalles de esta escultura, alumbrada durante el reinado de Carlos IV. A cargo de su fontanería estuvo Isidro Cruela y, de la parte artística, fueron responsables Manuel Salvatierra y Félix Cusac

Sus nombres –juntos o por separado– se repiten en las firmas de autoría de las que probablemente sean las fuentes más monumentales de la ciudad: la de San Isidoro, la de San Marcelo y la del Mercado. Es por eso que los tritones que acompañan a la deidad en este parque recuerdan a esas otras formas infantiles que hoy coronan la plaza del Grano, emulando los dos ríos que pasan por la capital. En las piscinas pedregosas que los acompañan en San Francisco, las palomas se refrescan en un día de calor. Y alzan el vuelo levantando el agua sin que a nadie parezca importarle.

Plátanos, tilos y castaños son las especies vegetales que habitan el lugar
Plátanos, tilos y castaños son las especies vegetales que habitan el lugar. | SAÚL ARÉN

Hecha de caliza ‘griotte’ y de ese otro tipo de piedra que en tantos monumentos puede encontrarse y que llega desde las canteras de Boñar, la fuente pasó buena parte de su vida encerrada en algún almacén municipal. Estuvo también en la plaza de la Regla, a los pies de la Catedral, y, más tarde, en la plaza Mayor, donde tampoco permaneció mucho tiempo. Sus viajes por la capital leonesa y su intento desesperado por encontrar una morada se tornaron, así, en toda una odisea.

En la de Homero, Neptuno es Poseidón y se encarga de evitar a toda costa que Ulises vuelva a Ítaca, desviando su recorrido a base de tormentas y naufragios, obligándole a aprender para por fin culminar su regreso. Es posible que quisieran los leoneses servirle su venganza, impidiendo al de Salvatierra tener tan siquiera un hogar. Ahora, que desde 1949 lo ha conseguido, el dios romano mira desde las alturas, iluminado en todo su esplendor tridente en mano y con mirada desafiante, como diciendo: «No me pienso mover de aquí».

Quizá sea eso lo que justifica su carácter imponente; lo que motiva a los paseantes, tantos años después, a quedarse obnubilados ante su presencia. Quizá sea, además, lo que sirva para confirmar, tras unas horas enfrascada en el paisaje como un elemento más, que puede que el Jardín de San Francisco sea un lugar de paso. Pero es también, y desde luego, un lugar de literatura.

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