Pudo haberse convertido en un aparcamiento de camiones. Fue lo que se proyectó sobre una parcela que antaño, después de que pasara por los aledaños del Jardín de San Francisco y antes de marchar, ya definitivamente, hacia las afueras de la ciudad, acogió el mercado de ganados.
La fauna protagonista de aquel espacio ubicado entre la avenida José Aguado y el viejo Campo de Fútbol ‘Antonio Amilivia’ fue sustituida por las muestras de flora que hoy reinan en el mismo sitio. Un cambio que fue el fruto del empeño del vecindario que, reticente al gris del asfalto, se decantó por el verde de la vegetación que desde el 24 de junio de 1982 se levanta en el Parque de los Reyes.
Del nombre, poco hay que decir. La entonces reina Sofía acudió a la capital leonesa para asistir a la inauguración de un rincón que, más tarde, les rendiría homenaje a ella y a su consorte. Y, si la placa conmemorativa que puede apreciarse al entrar por la puerta de la calle General Benavides no lo deja lo suficientemente claro, no hace falta más que echar la mirada al frente para, detrás de la fuente, distinguir una corona bien regia y sobredimensionada incrustada en una roca.
Son varios los conjuntos pedregosos que yacen desperdigados por entre las callejuelas del Parque de los Reyes, como queriéndose salir del suelo. Cuentan los jardineros, algo escépticos al vislumbrar cuaderno y bolígrafo, que su función es, simplemente, decorativa. Algunos de ellos, como el de la tiara, sirven igualmente de tributo: se ve bien en el que acoge en su superficie un libro abierto con el perfil tallado del que fuera regidor de la ciudad en el momento de la inauguración.

Falta tiempo para pronunciar en alto la apreciación porque el equipo de jardinería no tarda en volver a su tarea, poniendo en marcha un soplador de hojas que, de buena mañana, hace las veces de despertador para las aves que aquí residen y que ya empiezan a deleitar con su canturreo. Lo hace, por ejemplo, una urraca tímida que escapa de la cámara y que, al alzar el vuelo, deja ver sus reflejos azulados con austeridad. La acompañan pardales y palomas, pero también algún mirlo y, a veces, verderones, jilgueros y carboneros. Todos ellos toman como refugio las rosaledas que se erigen como el corazón de este rincón, flanqueadas en un lado por un templete del que surgen ansiosas las enredaderas. Algunos recintos florales henchidos de begonias y cañas de las indias y árboles como secuoyas, arces, cipreses y cedros completan la estampa natural de un parque que con aquella vieja idea del aparcamiento ya solo comparte la etimología.
Lo cierto es que, en los elementos que aquí pueden verse, se presiente aquel pulso que el vecindario habría de librar en los años ochenta hasta convertir este enclave en lo que es hoy. El «hórreo típico de la zona de Riaño» –restaurado en 2020 por el Ayuntamiento de León a través de los servicios oportunos de la Concejalía de Desarrollo Urbano– es buen ejemplo. Remontándose hasta el siglo XVIII y procediendo del anegado pueblo de Pedrosa del Rey, esta construcción, ya parte ineludible del patrimonio material de esta tierra, fue donada por los hermanos González Alonso y reconstruida, pieza por pieza, para habitar desde su inauguración este parque. Este único hórreo visible en un lugar público de la capital leonesa da cuenta, de alguna forma, del sustento que fue el pasado para la creación de un presente que no se entendería sin la identidad añeja de sus gentes.
Son ellas las que, cada día, acuden a los dos edificios que mantienen vivo el espíritu vecinal de esta zona. Dos edificaciones que ya estaban ahí incluso antes de alumbrarse la estética de la que hoy presume este rincón. En uno de ellos, el más cercano a la entrada de la avenida José Aguado, desempeñan su tarea las trabajadoras sociales. Explica una de ellas que, en total, son seis.

– Yo llevo aquí cuatro años y pico– dice– y esa puerta ya estaba cuando llegué.
Habla de la que da salida y entrada al centro de Alzhéimer León, cuyos usuarios salen a pasear «de vez en cuando». De vez en cuando, también, celebran jornadas de convivencia en un Parque de los Reyes que les recibe con los brazos abiertos. Y con baile vermú, bingo y hasta paella.
Pero no son solo ellos quienes acuden a este rincón capitalino. La trabajadora revela que, en época estival, suelen ser una decena las personas que, a diario, se pasan por el Centro de Mayores, sito en el bloque cercano a la calle Murillo.
– Ahora que empieza el frío vendrán más– explica la empleada, que cifra a los asistentes en una treintena en esos días en que el invierno ya se deja entrever.– Nosotras les llevamos el periódico y pasan la mañana.
También hay otras actividades: inglés, pintura, memoria, yoga, encuadernación, teatro y diversas propuestas dirigidas tanto a mayores como a menos mayores. «Son más o menos de octubre a junio», indica solícita la interlocutora: «Puede apuntarse cualquiera, pero hay que inscribirse».
Sus palabras contribuyen a la sensación de apertura de un espacio que, paradójicamente, está vallado. Concuerdan también con el avistamiento de una mujer que acude al parque esterilla en mano y entra a preguntar. Mientras, otra se entretiene observando el panel de talleres. No tarda en irse.
Al salir del edificio, la mujer de la esterilla acude directa al aledaño y, como haciendo tiempo hasta que comience la clase, decide sentarse en una de las estructuras que, erigidas precisamente para ello, evocan sin quererlo la forma de un cortín. Aquí no hay colmenas, pero sí viandantes que pasean sumidos en la tranquilidad. La mayoría de edad avanzada, como esta mujer de la esterilla, que espera sentada a que comience la clase sin darse cuenta de que lo hace justo en el lugar donde podría marcarse la línea que divide este cuadrilátero perfecto en dos partes iguales.

Y es que, si se doblara este parque como un folio por la mitad, no sobraría blanco por ninguna esquina. Todo gracias a una forma exacta de cuadrado que le concede una especie de elegancia urbanística, aun pasando desapercibido. Se produciría, si ocurriera, algo así como un efecto espejo, aunque marcando algunos elementos la diferencia entre un lado y otro. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el recinto infantil separado por una de las entradas. Ambas zonas están equipadas con distintas atracciones y destaca junto a una de ellas una pequeña estantería para el intercambio de libros. En ella pueden leerse varios títulos relacionados con León y su orografía y también un ejemplar de ‘Los crímenes de la calle Morgue’ y otros cuentos de Poe en inglés.
Nadie se para a ojearlos a estas horas. Es demasiado pronto, quizá, para echarse a la calle; más aún para detenerse ante esta minibiblioteca. Su suceden, eso sí, algunos madrugadores inquietos que disfrutan de las ‘Rutas por los parques de León’, que aquí señalan dos recorridos: uno de 298 metros y otro de 410. También aquellos que acuden a alguno de los edificios gemelos que solo cambian por fuera parcialmente su color. Casi todos, como ya se ha dicho, mayores, aunque también hay padres aferrados a las manos de sus hijos que, uniformados, asisten a un nuevo día en el aula.
Desde aquí, en la quietud, casi se escucha el timbre que avisa a clase en una suerte de campanada. Las puertas del colegio ya abiertas. La ciudad ya dispuesta a despertar. La avenida José Aguado como la frontera entre pequeños, que regresan al colegio esperando a ser mayores, y mayores, que miran al colegio recordando ser pequeños. Todo desde un parque, el de los Reyes, que los vecinos de León consiguieron ganarle al asfalto.
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