El Parque de La Candamia: un refugio entre leyendas

La llanura de este espacio fue remodelada en los 90, lo que empezó a conceder a la zona el aspecto del que hoy presume gracias a la inversión del Ayuntamiento de León y su historia, en realidad, se remonta a varios siglos atrás

25/10/2026
 Actualizado a 25/10/2026
La Candamia debe su nombre a un santuario romano en honor a Júpiter Candamo. | SAÚL ARÉN
La Candamia debe su nombre a un santuario romano en honor a Júpiter Candamo. | SAÚL ARÉN

A la puerta principal –en realidad, la única– del Parque de la Candamia se llega por una senda que, bajo las ruedas de la bicicleta, se percibe sinuosa. El carril bici desemboca en este rincón como desemboca el Torío en el Atlántico tras unirse al Bernesga, que se suma al Esla para acompañar en su final al río Duero. 

Precisamente de las aguas del Torío bebe la infinita vegetación de este parque, el más grande de la ciudad; tanto que se divide entre los municipios de León, Villaquilambre y Valdefresno. No es fácil encontrar los límites de un rincón tan vetusto, que siempre fue espacio verde, pero que no adquirió la condición de parque público hasta la década de los noventa.

Fue entonces cuando, dadas las crecidas del río a principios del siglo pasado, habiendo sido sometida ya la zona a una reforestación a base de pino carrasco y chopos de rápido crecimiento que la transformaron en todo un bosque abierto, se remodeló la llanura con grava, tierra compactada y circuitos de todo tipo. Los leoneses hicieron caso: no hay un día en que no se vean por estos lares a paseantes y corredores.

Pero la historia de La Candamia, que en sus meses estivales acoge una amplia programación deportiva y recreativa con propuestas tan modernas como el zumba o el pilates –entre muchas otras– por cortesía del Ayuntamiento de León, se remonta a muchos siglos atrás. Y es que, ya en tiempos romanos, el espacio fue santuario del dios Júpiter Candamo; divinidad del cielo, el trueno, las tormentas, las cumbres montañosas y la furia celestial que, antes de ser sincretizada con el dios Júpiter durante la romanización, fue venerada por astures y cántabros. Como de aquellos polvos, estos lodos; de aquellos dioses, esta denominación, que recuerda al concejo de la vecina Asturias bautizado Candamo.

Dos de los numerosos patos que habitan el estanque ubicado en la zona central del parque de La Candamia.SAÚL ARÉN
Dos de los numerosos patos que habitan el estanque ubicado en la zona central del parque de La Candamia. | SAÚL ARÉN

Más atrás en el tiempo se datan los hallazgos que en este emplazamiento se han ido encontrando. Ocurrió, por ejemplo, con los restos de un mamut hembra que a mediados del siglo XIX fueron descubiertos y que hoy permanecen cobijados en el Museo de Historia Natural de Madrid. El encargado de la hazaña fue el médico e investigador leonés Elías Gago Rabanal, un hombre de ciencia que publicó la primera monografía sobre el yacimiento de Villasabariego y cuyo nombre no puede desligarse de la historia de Lancia. 

Aquellos vestigios del pasado no fueron los únicos que centraron la atención de los arqueólogos. Varias décadas después, salieron a relucir algunos objetos hechos de piedra y cuya estética reflejaba un carácter funerario, a los que se estimaron cinco mil años de antigüedad. 

Pero quizá uno de los hallazgos más reseñables tenga que ver con la aljama judía descubierta ya en este siglo en el término de Puente Castro. En ella invierte su tiempo cada verano un equipo de trabajo de la Universidad de León que congrega en la capital leonesa a estudiantes y doctorandos de distintos puntos de la Península Ibérica bajo la coordinación de los docentes Raquel Martínez Peñín y Carlos Fernández Rodríguez. Ambos están a los mandos de una campaña de excavaciones que, desde el año 2020, es el fruto del convenio entre la institución académica y el Ayuntamiento de León; excavaciones que, en este 2026, han permitido dilucidar «un horizonte de la Edad de Hierro» para la zona.

No muy lejos de esa aljama, en la parte baja de este espacio verde, el denominado Jardín del Río Torío saca lustre a la historia más reciente. Este rincón, sito entre puente y pasarela sobre las aguas, fue en época franquista un campo de tiro que hoy recuerda a los represaliados con un Monumento a los Fusilados que fue inaugurado en 2023 por el Foro de la Memoria de León.

Se respiran por ello aires de historia en un parque que, por beber del Torío, lleva siéndolo mucho tiempo aun sin haber adquirido el título oficial hasta finales del siglo pasado. Una fecha que se antepuso por poco a la puesta en marcha de lo que ya se ha convertido en uno de los grandes emblemas de La Candamia: sus huertos urbanos. Habilitados desde 1995 por la Concejalía de Mayores, este conjunto de parcelas tiene como moradores a unos cuantos gatos. Encargados de cultivarlas, mientras, están un grupo de ciudadanos que –señalan desde el Portal de Turismo del Ayuntamiento de León– proceden «en su mayoría del mundo rural».

El ‘torii’ es la puerta de entrada a un santuario sintoísta y un talismán. SAÚL ARÉN
El ‘torii’ es la puerta de entrada a un santuario sintoísta y un talismán. | SAÚL ARÉN

En bicicleta, con casco y cesta azules bien dispuestos, llega uno de ellos. Es un hombre de pocas palabras que lo compensa con un trato amable.

– ¿Cuánta gente tiene aquí parcela?
– Pues ciento setenta y pico– calcula rápido.
– ¿Quedará alguno de los que estaban cuando se abrieron los huertos?
– Qué va, ya no.

Le espera dentro un compañero de fatiga que ha llegado en coche. Se saludan brevemente y se arrancan a faenar; a recoger lechugas y berzas que han sustituido a los calabacines y cebollas más propios de los meses de sol. Verduras, hortalizas y frutas que siembran y cosechan los leoneses aportan al espacio un carácter hogareño. Hay pocas gentes que no se conozcan entre las vallas que le sirven de perímetro a este lugar. Para la comodidad de todas ellas, además, ha querido el mismo Ayuntamiento invertir más de 280.000 euros en la construcción de unas nuevas ofinas de gestión y servicios autosuficiente como sustituto del inmueble destruido a consecuencia de un incendio.

Aunque estas varias decenas de hortelanos llegan al enclave con destino fijo, el parque también da la bienvenida a las personas que se prestan a la buena costumbre de perderse. Algunas pasean, sobre un suelo sin los blandones que fueron eliminados en 2020 en una campaña del mismo Ayuntamiento, entre álamos, sauces, encinas, robles y todo tipo de arbolado sin otra compañía que sus auriculares, vislumbrando la familia de patos que habita un estanque central lleno de juncos y travesado por tres puentecillos de madera. Otros, más acompañados, disfrutan de una tarde apacible en alguno de los merenderos colocados para eso mismo. Aunque, en verano, lo más habitual es econtrar a los oriundos de La Candamia escapando del calor y descansando en una toalla sobre el césped al son de urracas, mirlos, lavanderas y hasta petirrojos y garzas reales en un rincón donde las palomas no son tan frecuentes como se podría esperar.

Hay de igual manera aquí dos estructuras para columpiarse cuyo color marrón se disimula austero entre los troncos de los árboles. También, un bar que se divide en dos y que es carta de presentación cuando se supera el único portón que cierra y abre el recinto. Entre los dos templetes que hacen las veces de base de operaciones para los hacedores del refrigerio, un panel advierte de la ubicación, así como de las múltiples rutas que por estos lares pueden hacerse: la de Los Cardos, la Transcandamia, Los Acantilados, El Castaño y Los Miradores. 

Al otro lado de la pasarela está Juan, pero también la Fuente del Oro y señalizaciones de las rutas que pueden realizarse. SAÚL ARÉN
Al otro lado de la pasarela está Juan, pero también la Fuente del Oro y señalizaciones de las rutas que pueden realizarse. | SAÚL ARÉN

Junto al itinerario de los recorridos, un código de barras sugiere que le presten atención y dirige al curioso, móvil en mano, hacia el Proyecto Libera ‘Apadrina un espacio’ de la Federación Síndrome de Down de Castilla y León que atesora en el entorno virtual no pocos detalles de esta zona de la capital leonesa. Uno de ellos, bien desgranado, relata una leyenda: «Dicen que en tiempos de los Reyes Católicos, el pueblo hebreo, tras ser expulsado de León, dejó a una doncella en este lugar encargada de guardar el tesoro de la aljama. El tiempo pasaba y la doncella, al ver que su pueblo no regresaba al castro judío, sintió miedo de envejecer en estos parajes y fue a pedir ayuda a la bruja del Abadengo, que le dio una pócima para que conservara su juventud». La doncella, precavida, decidió esconderla. Y lo hizo junto a la Fuente del Oro, un pequeño monumento que puede encontrarse entre los recovecos del lugar.

El susurro de las hojas en los días ventosos se entremezcla con el rumor del agua, siempre cerca, que llena el cauce del Torío, como poniendo banda sonora a la leyenda de un parque que no echa en falta algunas píldoras de espiritualidad. Y es que, siguiendo adelante el sendero que deja a la derecha los huertos urbanos, el transeúnte acabará topándose con un arco tradicional japonés de nombre ‘torii’, que, perteneciente a la Ruta del Conocimiento de León sobre la que escribió Gregorio Fernández Castañón en septiembre de 2022 para La Nueva Crónica, «es la puerta de entrada al recinto sagrado de un santuario sintoísta» y «un talismán que aleja los espíritus malignos o negativos». 

Volviendo por el mismo camino, en dirección a este enclave machadiano que «huye de la ciudad», del «tedio urbano», la señalización de las rutas se deja entrever. Guían hacia el otro lado del río, como llevando al caminante hacia el tesoro que guarece la Fuente del Oro. Al cruzar una de las pasarelas sobre el Torío, sin embargo, se despista el paseante al encontrar a Juan, con la parsimonia de un silencioso guardián, recogiendo unas ramas para embarcarse en una nueva construcción. «Hay pa’ ver un rato bueno», anuncia.

– ¿Por qué le dio por hacer esto?
– Por hobby y por mantener el tiempo ocupado– responde el hombre, ya personaje emblemático de un rincón al que ha ido añadiendo apéndices: humildes y rudimentarias moradas que lucen policromáticas a merced de la piedras que dibuja y pinta este leonés.
– ¿Le viene a ver mucha gente?
– Cantidad.
– ¿Todos los días? 
– Bueno– duda un segundo.– Casi.

Contribuye Juan sin procurarlo a los vientos de misticismo y espiritualidad que soplan en esta zona. Con el originario santuario romano y el actual asomo de uno sintoísta y con la historia de la doncella como precedentes, su presencia aislada le hace parecer fruto de un sueño o una leyenda. Y su particular ‘casa’, aunque no sirve para poner término a este parque interminable de La Candamia, sí que es digna de culminar estos párrafos adoptando la forma intangible de su final.

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