El Jardín del Cid: mirador con vistas al paso del tiempo

Inaugurado como parque público en junio del año 1972, es el único espacio verde del centro histórico de León

13/09/2026
 Actualizado a 13/09/2026
Una vista panorámica del parque rehabilitado en 2024 por el Ayuntamiento de León desde la muralla romana. | SAÚL ARÉN
Una vista panorámica del parque rehabilitado en 2024 por el Ayuntamiento de León desde la muralla romana. | SAÚL ARÉN

Solo dos entradas sirven de acceso a este rincón que goza de una intimidad inusitada por ubicarse en la zona más transitada de la capital leonesa. Un rincón que es, al mismo tiempo, el único espacio verde del centro histórico de la ciudad.  

Oficialmente se le conoce como el Jardín del Cid por ser aledaño a la calle homónima. Pero quizá sea más justo su apodo, el Jardín Romántico, que se mantiene fiel al barrio que lo acoge, también homónimo. No le falta poesía a una versión alternativa que sirve para justificar ese bautismo coloquial. Y es que el mote no puede sentarle mejor a un enclave en el que aún hoy es habitual toparse con parejas de enamorados que se refugian a la sombra de cualquiera de sus muchos y muy variados árboles, concediéndose entre sí algún que otro beso y, a la estampa, un aspecto de postal.

El espacio fue convento de las Agustinas Recoletas y, con el tiempo, acabó por convertirse en el Cuartel del Cid que después fuera sede para el Regimiento de Burgos número 36. Sostiene el leonés de Jiménez de Jamuz, José Cabañas, estudioso del golpe militar y la guerra civil en León y descendiente de dos desaparecidos durante la dictadura, que algunos de sus mandos –unidos a los de otros cuarteles– cumplieron un papel fundamental en el golpe que llegó a su apogeo aquel 20 de julio de 1936.

El hecho, igual que la amenaza que ostentaron los mineros asturianos el día anterior de tomar el cuartel en su camino hacia Madrid –también defendida por el jiminiego–, provoca en este parque un rezumar de memoria colectiva. Un rescoldo de historia reciente que parece acompasarse con todos los otros detalles que en él se pueden encontrar, pues hay resquicios del pasado, pero también del presente en este acogedor lugar.

Los resquicios de la conducción romana y, al fondo, la mano de Antolín en homenaje al Colegio de Veterinarios
Los resquicios de la conducción romana y, al fondo, la mano de Antolín en homenaje al Colegio de Veterinarios. | SAÚL ARÉN

El hoy lo encarnan las gentes. Son los leoneses que pasean rendidos ante la estética romántica de un espacio que fue renovado en 2024, con José Antonio Diez al frente del Ayuntamiento de León, como parte de su apuesta por poner en valor los espacios verdes de la ciudad, que ha llevado a la completa transformación de muchos de ellos. El del Cid mantiene su esencia y se presenta atractivo para pequeños y mayores, con una nueva zona de juegos infantiles, tras una reforma que rondó los 400.000 euros de inversión.

Y es que el hoy son también las voces de esos niños que juegan bajo la atenta mirada de unos cuidadores solícitos. Son las exclamaciones de sorpresa de los visitantes que, desde fuera, sueltan con asombro: «¡Mira ese parque!». Son los turistas que ya lo han transformado en parada obligatoria en su recorrido; en punto de encuentro ineludible de una quedada de Erasmus.

Aunque no fue inaugurado como parque público hasta junio de 1972, el ayer, desde lo más vetusto hasta lo más cercano, se erige sutil en su interior. El negro grisáceo, teñido del tiempo, de la valla que lo cerca, de las farolas y las fuentes que le aportan luz y comodidad, conjugan a la perfección con los verdes y marrones de una vegetación imperante. 

Igual conjugan las culturas –los movimientos culturales– que se entremezclan sin igual, siempre al son del bullicio creciente en el derredor. Al son, también, de las palomas y pardales, de la pajarita de las nieves que se ha despistado y ha sacado sus plumas al sol y del colirrojo tizón que se apiada de la monocromía de sus vecinos pájaros, cediéndoles magnánimo lo anaranjado de su cola al pico de los mirlos en una suerte de naturaleza circular.

Así, entre los cedros, acebuches, laureles, cipreses y hasta moreras y un cerezo que se levantan como columnas en este jardín, pueden apreciarse bancos y vestigios de capiteles que evocan con su aspecto una época clasicista. Estos últimos, asomados desde el césped como restos de la historia y de un pasado común, recuerdan a quien mira detenidamente que las sociedades no aparecen en un golpe de lucidez de la humanidad; que cada una se va construyendo, paulatinamente, sobre el recuerdo de la anterior. Sobre sus propios restos.

Los capiteles de aspecto clasicista junto a una de los muchos árboles
Los capiteles de aspecto clasicista junto a una de los muchos árboles. | SAÚL ARÉN

Aquí, donde tantas veces los romanos impostados celebraran el Natalicio del Águila a modo de conmemoración de la fundación de la ciudad, los primeros años del pasado milenio se reflejan, como si se tratara de un espejo, en los vestigios de la conducción romana de agua hallada en el interior de Puerta Castillo en 1985. También, más majestuosa, en una parte de la muralla que se ha convertido en todo un mirador. 

El paseante se encuentra en ella una oportunidad que no quiere dejar pasar y camina por su adarve haciendo las veces de legionario, pero con unas vistas excepcionales que estos no vieran y que ahora se erigen como emblema de esta capital. Y pasea pausado advirtiendo ante sí algunos de los edificios más singulares de la capital leonesa. Al renacentista Palacio de los Guzmanes que hoy es sede de la Diputación provincial, se suma, más tardío, el esplendor de un Edificio Pallarés que cobija en su interior el Museo de León.

Construido este último en 1922, se le podría considerar el hermano pequeño de ese otro enclave que aspira a convertirse en Patrimonio de la Humanidad. Y es que la Casa Botines, culminada a finales del siglo XIX a partir del genio creativo y consabido del arquitecto catalán Antonio Gaudí, es quizá la edificación más característica de una zona en la que resplandecen los matices modernistas.

En su entorno se celebra, desde el año 2022 y coincidiendo con el primer fin de semana de septiembre, una feria que viste a los transeúntes con los ropajes de otro siglo, que llena sus recovecos de puestos artesanales y recrea entre sus actividades los logros de un pasado que sirvió para construir un nuevo mundo. Además, cada seis de febrero, ante el busto-medallón que fue un regalo del embajador de Nicaragua, la vertiente arquitectónica de ese ‘ismo’ se transforma en literaria con los versos de Rubén Darío, a quien los leoneses rinden homenaje en la conmemoración de su fallecimiento.

La escultura en recuerdo Ángel Barja realizada por Ángel Muñiz Alique
La escultura en recuerdo Ángel Barja realizada por Ángel Muñiz Alique. | SAÚL ARÉN

La escultura, cuya inscripción recuerda uno de los versos del poeta modernista enterrado en el León nicaragüense al señalar en mayúsculas que «ser español es timbre de nobleza», no es la única que puede apreciarse en este rincón de la ciudad. No muy lejos de la misma, al poco de entrar por la puerta de la calle Pilotos Regueral, la mano de Antolín Álvarez Chamorro se levanta con casi tres metros de altura, enarbolando entre los dedos pulgar e índice un medallón que reproduce el blasón del Colegio Oficial de Veterinarios de León. Fue a modo de celebración de sus ciento quince años de vida que la corporación donó la obra a este hermoso parque.

No le falta detalle a la pieza del creador de Benamariel, que tiene como vecino el tributo que Ángel Muñiz Alique quiso dedicarle en 1993 al gallego adoptado en León, Ángel Barja. El músico, aunque más contemporáneo, compuso su primera obra coral, ‘Campanas de Bastabales’, a una edad muy temprana. Interpretó con ella a través de notas musicales uno de los poemas incluidos en los ‘Cantares gallegos’ de Rosalía de Castro, figura asociada al romanticismo tardío o posromanticismo que, de nuevo, saca lustre a la sintonía que poco a poco desvela este lugar.

La zona de juegos infantiles ha sido renovada por el Ayuntamiento
La zona de juegos infantiles ha sido renovada por el Ayuntamiento. | SAÚL ARÉN

Se retuercen así las épocas desde un mismo espacio al que se han ido añadiendo apéndices, como desglosando el índice de una historia que se respira bien entre sus monumentos. No avanza en línea recta, sino en una forma de salpicaduras que van calando al viandante a cada paso en el devenir por entre sus entresijos.

Se revela así el Jardín del Cid como un patio de recuerdos, como un depósito de la memoria de esta tierra y de la Tierra en general. Como la pieza de un museo que es local y global al mismo tiempo; que se recita en los versos de Rubén Darío y suena en las melodías de Ángel Barja. Un patio, un depósito y una pieza que, sin quererlo, se han convertido en una especie de mirador con vistas al paso del tiempo.

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