El Parque de Quevedo: la libertad en la otra orilla

Inaugurado en 1984, rinde homenaje al poeta del Siglo de Oro, encarcelado en San Marcos durante varios años, en un espacio que antaño fuera vivero de Obras Públicas

04/10/2026
 Actualizado a 04/10/2026
Habitado por varias decenas de especies vegetales, el Parque de Quevedo abandera su ‘Green flag’ desde el año 2019. | SAÚL ARÉN
Habitado por varias decenas de especies vegetales, el Parque de Quevedo abandera su ‘Green flag’ desde el año 2019. | SAÚL ARÉN

Escribió Quevedo que «a modo de cachidiablos», le cercaban «tres cachirríos: Órbigo, el Castro y Vernesga, que son de Duero meninos». Lo hizo a pocos meses de salir de su reclusión y fue en una de las muchas cartas y poesías a las que recurrió, con las que se consoló, durante su estancia «en tierra donde todo el año es hibierno rigurosísimo». 

Fueron sus palabras en aquellos años del siglo XVII en que el convento real de San Marcos de León fue su hogar. No lo escogió el poeta del Siglo de Oro, pero sí el monarca de entonces, Felipe IV, se dice que a instancias del conde-duque de Olivares, con el que el socarrón autor, emblema de la literatura española, mantuvo una relación complicada. 

Fueron varios años los que Quevedo vio ir pasando la vida entre las rejas del enclave capitalino, que siglos después se convertiría en campo de concentración franquista. El espacio, hoy un Parador, no se hizo hueco entre los buenos recuerdos del escritor y quizá fue en un intento por saldar deudas que la ciudad quiso dedicarle una avenida y un aledaño parque que se ubican justo enfrente de aquella prisión.

El busto en honor a Francisco de Quevedo y Villegas fue obra de Ángel Muñiz Alique y reside en el parque desde 1980
El busto en honor a Francisco de Quevedo y Villegas fue obra de Ángel Muñiz Alique y reside en el parque desde 1980. |  SAÚL ARÉN

A ellos se llega cruzando el puente que atraviesa el Bernesga, al que alude el poeta en buena parte de su epistolario como causante de algunas de sus enfermedades. Hoy el Parque de Quevedo, que opaca con su mutitud vegetal la estampa antaño desagradable, quiere limpiarle las heridas con el agua que llena el cauce del que para el autor fuera un ignominioso río.

Nada más entrar por la avenida Quevedo, tras bajar por las escaleras de piedra y habiendo dejado atrás un portón henchido del reconocimiento como ‘Green flag’ que este parque abandera desde el año 2019, se topa el paseante con un hermoso estanque que se esconde entre arbolillos. El agua, que emana en forma de cascada desde unas rocas, llega presumiblemente desde el citado río, otrora responsable del malestar de aquel poeta inmortal y hoy a cargo de dotar de una belleza de matiz verdoso al rincón que lleva su nombre. 

Y sigue el agua su curso hasta desemborcar en el lugar de dicha de los patos que dan la bienvenida con su graznido nasal y se acercan como inspeccionando al temporal inquilino de su habitual morada. Explica uno de los jardineros del Ayuntamiento de León que son, sobre todo, fieles a su espacio. Que, de vez en cuando, se pasean por los entresijos de este parque, pero, después, casi siempre, regresan al espacio que es su casa. Que nunca ha visto cómo alguno de ellos sale del parque, pues en él encuentran el cobijo necesario para vivir con comodidad.

Uno de los ejemplares de pavo real sacando a relucir su imponente cola
Uno de los ejemplares de pavo real sacando a relucir su imponente cola. | SAÚL ARÉN

A ellos alimentan trabajadores que, como el solícito hombre que menciona los nulos intentos de fuga de estos animales, acuden cada día a este rincón. No son las únicas especies a las que garantizan los nutrientes diarios. Quizá sean esos otros, más coloridos, de mayor tamaño, los que reinan verdaderamente en este paraje. 

Diseminados por sus muchos recovecos, los pavos reales que tanto acaparan la atención de los niños –también de los mayores– se presentan como grandes conocedores del enclave. Y es habitual ver alguno en cualquiera de las recónditas esquinas que equipan este espacio, que a ratos divide el asfalto del césped a través de unos setos que parecen querer dividir a humanos y aves. Un esfuerzo que pasa desapercibido al observar cómo los dueños de los cuellos aules con reflejos metálicos y las colas de hasta un metro y medio de longitud son también indiscutibles dueños del lugar y campan a sus anchas, de un lado a otro, sin que nada ni nadie les moleste demasiado. 

Es este un parque libre de humo –igual que de perros, pues no se permite su entrada– que empezó a gestarse en 1978. Hasta entonces hizo las veces de vivero para la conocida en aquel momento como Dirección General del Patrimonio de Obras Públicas, que destinó varias decenas de miles de metros cuadrados a la crianza de las plantas alineadas después en las márgenes de las carreteras. Como un resquicio del organismo de aquel ministerio, se erige frente a este parque, en la avenida de la Magdalena, la fachada de un edificio que aún hoy indica ‘Jefatura de Obras Públicas. Depósito de máquinas’ y que, lejos de mantener su destino, decidió cambiarlo drásticamente hasta cobijar tras sus ladrillos un centro cívico, una guardería y una biblioteca.

No fue hasta dos años después cuando arrancaron las obras de construcción de este espacio verde. No fue hasta mayo de 1984 cuando, habiendo ganado más envergadura, el Parque de Quevedo fue definitivamente inaugurado. Todo un acontecimiento guiado sempiternamente por una premisa inquebrantable: preservar aquella flora que ya residía cuando únicamente era criadero de plantas.

Es lo que ocurre con uno de pinos piñoneros que en su interior se ubican. Su altura, así como el grosor de su tronco y lo frondoso de su copa dan cuenta de lo añoso de este árbol que, a su lado, tiene un hermano gemelo que bien podría considerarse siamés por estar aferrados por cuerdas que impiden que la distancia entre ambos vaya en aumento. Al pie del más originario, una roca tallada rememora el «homenaje y recuerdo de los niños de León» al naturalisa de la localidad burgalesa de Poza de la Sal, Félix Rodríguez de la Fuente.

El templete de música es uno de las muchas sorpresas con las que toparse
El templete de música es uno de las muchas sorpresas con las que toparse. | SAÚL ARÉN

No le puede quedar mejor este tributo a una estampa que destaca por la variedad de fauna, que se completa con palomas, pardales, urracas, mirlos, carboneros y todo tipo de animales de mayores o menores dimensiones que cohabitan sin turbarse, como dando una lección de convivencia a los transéuntes. Lo mismo ocurre con las más de seis decenas de especies vegetales que, hace algo más de un lustro, ya presumían de cifras que alcanzaban el 746 en número de árboles; muchos de ellos. Abetos, abedules, castaños, cedros, ciruelos y un sinfín de nombres más modifican a estaciones la policromía del parque, que a veces saca a relucir tonos azules que conjugan con el cielo y con los numerosos ejemplares de pavo real. Muchos son más vetustos que el parque en sí y puede que los más jóvenes sean los cipreses que, plantados en una hilera que hace compañía a la cerca metálica, esperando a que su sombra, pasado el tiempo, sea alargada.

No falta, claro, un busto que saca a relucir el gesto de Francisco de Quevedo y Villegas, realizado por el escultor leonés Ángel Muñiz Alique, autor igualmente de obras como el monumento a San Francisco de Asís situado en el jardín homónimo o el que recuerda a Ángel Barja, en el del Cid. Las primeras pinceladas de este rincón, que empezaron a notarse en 1980, coincidieron con la colocación de la obra de Alique.

Hay, además, en este recinto colorido y perimetrado dos parques específicos para el ocio infantil, una cancha de baloncesto, una pista multideporte, dos mesas de ping-pong, un templete de música y una mesa de piedra frecuentemente flanqueada por distintos tipos de ave. También, una construcción que hace las veces de centro de operaciones para el equipo de jardinería, un edificio gestionado por la Asociación de Vecinos, donde se programan distintas actividades a lo largo de la semana, y una fuente que es carta de presentación al llegar por la entrada principal, no muy lejos del panel que muestra las dos recorridos de este enclave, planteados en el marco de las ‘Rutas por los parques de León’, puestas en marcha por el Ayuntamiento en colaboración con el Servicio de Neumología del Caule.

Por haber, hay de todo en este rincón de la capital leonesa. Tanto hay que no es fácil describirlo con la constancia de estar haciéndolo de forma fiel. Tanto hay que no es difícil imaginar al poeta del Siglo de Oro, ya en plena libertad, escribiendo aquí sus versos. Tanto hay en el Parque de Quevedo que la mejor forma de conocerlo, más que leerlo, es llegar a él y, simplemente, pasearlo.

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