El duende

Por José Javier Carrasco

05/09/2026
 Actualizado a 05/09/2026
Imagen de la película de animación ‘Hoffmaniada’ (2018) de Stanislav Sokolov, basada en tres cuentos de E. T. A. Hoffmann, incluido ‘El hombre de arena’.
Imagen de la película de animación ‘Hoffmaniada’ (2018) de Stanislav Sokolov, basada en tres cuentos de E. T. A. Hoffmann, incluido ‘El hombre de arena’.

Cualquier objeto brillante le seducía. De niño se quedaba horas detenido, inmóvil, mirando las luces de las atracciones de feria. Con los ojos entrecerrados las veía girar en torno suyo, hasta envolverle y llevarle lejos, a un mundo del que regresaba vacío. Volvía a casa arrastrando los pies y pensando que vivir en el mundo conocido no merecía la pena, un tiempo perdido en comparación a las secretas maravillas que escondía el otro, el de sus ensoñaciones de niño sensible que se asoma a una realidad distinta y deslumbrante.

Fue en una excursión del colegio cuando le vio por primera vez. Se había quedado rezagado, observando desde un puente de madera los reflejos que centelleaban en la corriente de agua, y al posar la vista en la orilla descubrió una montaña de hojas secas que un golpe de viento dispersó. Un soplo de aire que solo se produjo allí, en el otro lado de la corriente. Donde estaban las hojas apareció una pequeña figura nariguda de pelo largo, que recordaba a un duende, sentado frente a una mesa y escribiendo. Otro golpe de viento arremolinó de nuevo las hojas donde estaban antes y la figura desapareció bajo ellas. Antes de quedar enterrado por la hojarasca, levantó la pluma de ganso con la que escribía y le sonrió. A partir de entonces, todo cambió. Dejaron de atraerle los objetos brillantes, que fueron reemplazados por otros de tonos opacos. Le gustaba quedarse en su cuarto sin dar la luz cuando empezaba a oscurecer y el cabecero chapeado de nogal de la cama parecía absorber la poca luz del exterior desde los dibujos concéntricos de las vetas; ondas de un estanque de madera que en cualquier momento podían arrastrarle al fondo, a un tiempo lejano y desconocido de solo sombras (imaginaba entonces al duende adentrándose en esa noche oscura, sonriendo y llamándole). También le gustaban los cielos grises sobre su cabeza, un techo plomizo de nubes que ocultaban el sol, aunque anunciaran la lluvia que volvería todo demasiado luminoso, el mundo que debía quedar atrás. 

Cuando terminó el bachillerato prefirió buscar un trabajo a seguir estudiando. No se complicó la vida y optó por uno de esos trabajos que nadie quiere. Se hizo barrendero. Tener la vista posada siempre en el suelo le serenaba, era una especie de bálsamo en medio del tráfico incesante de coches desprendiendo engañosos reflejos luminosos desde sus carrocerías nuevas. Se dejó crecer el pelo y renunció a barrer las plumas de paloma. En otoño, al amontonar las hojas que se desprendían puntuales de los árboles, recordaba la escena del puente. No le importaría que el duende apareciese de nuevo y le sonriera como entonces. Un día de lluvia, creyó verle en el fondo de un contenedor vacío, en cuclillas, con la pluma de ganso y el pelo mojado, echando una cabezada. Dejó caer a su lado una palada de hojas húmedas y bajó con cuidado la tapa del contenedor, como quien cierra la puerta de un cuarto donde duerme un niño.

Pocos días después encontró en una papelera un libro con una carta en su interior. Era un libro de cuentos fantásticos de un autor francés del siglo XIX. Leyó tan solo uno, el más extenso de todos, titulado ‘El Horla’. La carta confesaba una infidelidad amorosa que terminaba de forma trágica. La historia de ‘El Horla’, la indescriptible posesión de protagonista por un ser invisible, le impresionó. Pensó que el duende acabaría convirtiéndose en otro Horla maléfico si seguía pensando en él. En cuanto a la carta, ya sabía lo que debía evitar si un día se enamoraba. Nada de aventuras. Aceptó la cita a ciegas que le propuso un compañero de trabajo, y a los seis meses se casó. Los ojos de ella eran luminosos, y mirándolos recuperó otra vez el gusto por los objetos brillantes: abandonó el profundo estanque de sombras. Cuando le dijo que estaba embarazada decidió cambiar de trabajo. No quería que su hijo se avergonzara de un padre barrendero. Se presentó a unas oposiciones para auxiliar de bibliobús y consiguió aprobarlas (una voz extraña en su cabeza le daba las respuestas del examen). Su nuevo trabajo le gustaba, le permitía viajar y conocer gente nueva. Tipos curiosos que le contaban su vida. Los más cultos le informaban de algunas prácticas del folclore local. Una le llamó especialmente la atención. Se trataba de la costumbre de rodear la muñeca o el tobillo de los recién nacidos con un hilo rojo para protegerlos del mal de ojo y de la envidia. No era supersticioso, pero aquella historia del hilo rojo le hizo recordar al duende y la mirada que le dirigió. Era la mirada ponzoñosa de un envidioso. Días después, camino de casa, creyó oír deslizarse unos pasos amortiguados detrás suyo. Se volvió, pero no vio a nadie. Quizá los nervios querían jugarle una mala pasada, aun así entró en una mercería y compró una bobina de hilo rojo. Ya en casa, la guardó en su neceser y dejó caer el envoltorio en el váter. Al presionar el tirador, sintió el contacto de una mano pequeña y fría mientras veía correr el agua. Faltaba solo una semana para que ella saliera de cuentas. Se preguntaba qué podría decirle para justificar que quisiera poner al bebé un hilo rojo alrededor de la muñeca. No pensaba contarle la verdad, que le tomara por un loco que cree en duendes. Salió a comprar leche. En el supermercado apenas había gente y los pocos clientes parecían tener prisa. De vuelta a casa, escuchó de nuevo deslizarse unos pasos sigilosos a su espalda. Se volvió y allí estaba el duende, sin la pluma de ganso, pero sonriéndole como el día de la excursión, diciéndole con la misma voz que dictaba las respuestas del examen que no lograría deshacerse de él, que le acompañaría allá donde fuera y que de nada le iba a servir querer poner alrededor de la muñeca de su hijo un hilo rojo, porque nacería muerto. 

Basado en en la fotografía del artículo titulado ‘Duendes, brujas, gnomos, etc’ publicado en LNC el 31 de enero de 2024.

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