El reloj

Por José Javier Carrasco

18/07/2026
 Actualizado a 18/07/2026
El templete de música del Paseo de La Condesa. | LEÓN24HORAS
El templete de música del Paseo de La Condesa. | LEÓN24HORAS

Algo indeterminado la empujaba a buscar en los cajones de la cómoda. No paraba de remover y mirar cosas que había olvidado que aún tenía, dejándolas después donde estaban, sin saber qué buscaba exactamente. Las cortinas echadas del salón filtraban una luz indefinida, propia de una tarde gris de otoño, que daba una falsa apariencia de normalidad a lo que hacía. El reloj, y eso debía ser lo que estaba buscando, permanecía medio oculto bajo la postal de un kiosco de música. El reloj era un regalo de los profesores del instituto a su padre al jubilarse. Apenas lo usó, porque solo unos días después de dejar su trabajo de conserje cayó del tejado de casa, al que había subido a orientar la antena de la televisión, y se mató. Parecía un accidente inexplicable en alguien siempre cauteloso, pero debió resbalar al pisar una teja rota, precipitándose a continuación en el vacío. Ella le vio caer mientras se cortaba el pelo, y tardó unos instantes en asociar la mirada confusa que le dirigió, a su padre. El reloj se detuvo en la hora en la que se estrelló: las doce en punto del mediodía de un sábado.

Medio año antes, tras la muerte de su madre, dejó de ir a la peluquería (se libró así de hojear pueriles revistas del corazón), y desde entonces se cortaba ella misma el pelo. La ropa que empezó a vestir no era nada femenina (no al menos tan femenina como le hubiera gustado a su madre). Prescindió de las faldas y de los zapatos de tacón. De su convencional vestuario anterior solo mantuvo las llamativas blusas estampadas. Si no fuese por ellas, se diría que vestía igual que un hombre. Llevó el reloj a arreglar. Era un buen reloj y pensaba utilizarlo. Solo le cambiaría la pulsera. Aquel regalo que le hicieron a su padre no desdeciría en su atuendo, no sería una nota discordante en la nueva imagen que trataba de ofrecer. Una explicación posible a ese cambio de aspecto era que con él intentaba liberarse de unas normas absurdas, respetadas y obedecidas por puro atavismo, que toleró mientras vivió su madre, pero de las que quiso prescindir tan pronto como pudo. Quitarse aquella carga de encima, que soportaba desde niña, supuso una liberación. El mismo alivio de poner fin a los tres años interminables de noviazgo. Si lo mantuvo tanto tiempo también fue por su madre, por no disgustarla, porque soñaba con ser abuela. Así que dejar a su novio o el trabajo en la zapatería para hacerse cargo de su padre, y empezar a vestir distinto, fueron decisiones tan naturales, en el fondo, como una necesaria muda de piel.

Recordó por qué el reloj había llegado a un cajón de la cómoda. Aquella mañana de Año Nuevo del pasado invierno en que amaneció nevado, asomada a la ventana de la cocina, en medio de un profundo silencio, supo que su vida terminaría un día dando un nuevo vuelco. El aire inmóvil que envolvía las ramas apenas visibles de la adelfa del patio, soportando el peso de la nieve, lo anunciaba. Era como si también ella estuviera bajo una capa de nieve que la obligaba a permanecer encogida sobre sí misma, como si alguien o algo ominoso la amenazase, a la espera de que ocurriera ese cambio inevitable. Las señales del informativo local la sacaron de su estado de ensimismamiento. La noticia del suicidio de una niña al arrojarse desde un ático, la asoció al accidente del tejado. Automáticamente se había quitado el reloj, se dirigió al salón, había abierto un cajón de la cómoda y lo había dejado bajo una de las postales antiguas que coleccionaba su padre, como si tratara de sepultarlo y librarse de una opresiva sensación de angustia, la misma que le produjo su mirada al verlo caer.

El reloj había vuelto a detenerse a las doce en punto: una manecilla exactamente sobre la otra. Uno más de los “accidentes” que se sucedían a diario en su vida desde aquella mañana de Año Nuevo. Primero fue que durante un tiempo las llaves de casa aparecían en un lugar diferente a donde las había dejado. Después, que lograba anticipar lo que iba a pasar un momento antes de producirse: un encuentro con alguien conocido, el color del coche que se detendría en el paso de cebra, la canción que no tardaría en sonar en la radio … En medio de la noche, podía ponerse a funcionar el televisor. Entonces despertaba tan angustiada que ya no lograba dormirse. Era todo tan extraño que pensó que estaba volviéndose loca. Acudió a una terapeuta, pero no notó ningún cambió. Aunque seguían ocurriendo esos imprevisibles ‘accidentes’, la terapeuta no les daba mayor importancia, los atribuía a una situación de estrés que arrastraba desde la muerte de su padre y le aconsejó hacer algunos ejercicios fáciles de relajación. Empezó a tener sueños tan reales, que se confundían con el estado de vigilia. Por eso ahora, mientras miraba el reloj, se preguntaba si no estaría dentro de un sueño del que le costaba despertar. Llamaron a la puerta. Dejó el reloj bajo la postal y fue a abrir. Sabía que eran dos mujeres testigos de Jehová. Siempre inventaba una disculpa para librarse de ellas. Pero hoy las invitó a entrar. También sabía que, mientras ellas le anunciaban el Reino de Dios, las manecillas del reloj empezarían a moverse por uno de esos ‘accidentes’, para no detenerse, incansables, hasta su nuevo cambio de piel; que al irse le darían un folleto con la dirección donde se reunían, y que una tarde, por curiosidad, se acercaría hasta allí. Desde ese día dejarían de producirse los ‘accidentes’. Volvería a vestir como cuando vivía su madre, a ir a la peluquería, a usar incómodos zapatos de tacón, y al final, se haría testigo de Jehová, porque el destino así se lo había anunciado aquella mañana a través de la adelfa nevada que plantó su padre nada más nacer ella.

Basado en la fotografía del artículo ‘El arma de la nostalgia’ aparecido en LNC el 1 de mayo de 2024.

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