La taza

Por José Javier Carrasco

29/08/2026
 Actualizado a 29/08/2026
El compositor y director de orquesta Cristóbal Halffter. | L.N.C.
El compositor y director de orquesta Cristóbal Halffter. | L.N.C.

Ni en un solo momento del concierto se sintió relajado. Los músicos parecían impacientes; querer terminar cuanto antes y pasar a otra cosa distinta. Se veía como el capitán de un barco en el que la tripulación planea amotinarse y hacerse con la dirección de la nave. Después de los últimos compases dejó la batuta sobre el atril y esperó. Sonaron unos tímidos aplausos, a los que siguieron otros más decididos, para terminar en una ovación entusiasta. Los músicos sonreían al público como si sus distracciones a lo largo del concierto hubieran sido únicamente una broma. Al llegar al hotel recibió una llamada de su hija. Le dijo que Julio y ella se separaban. Tenían una niña autista de cinco años, le preguntó si podría hacerse cargo de Lizeth ahora que él iba a tomarse unas vacaciones, solo mientras encajaba el golpe. 

Llegaron el sábado de la semana siguiente al mediodía. Su hija con el rostro muy maquillado y Lizeth vestida con un holgado peto rosa. Las esperaba sentado en la mesa de piedra del jardín, absorto, pensando en cómo transcurrirían las semanas que tendría que hacerse cargo de la niña. Cuando escuchó detenerse el coche, sin saber por qué, recordó el momento en que su mujer le dijo que el tumor que tenía era maligno, la mirada herida que le dirigió. Al ver la mirada de su hija llevando a Lizeth de la mano para que le diera un beso a su abuelo, le recordó aquella mirada de su mujer, el desamparo angustioso de los náufragos. Su hija era fuerte y seguramente superaría la separación con Julio, aunque le llevaría su tiempo. Entretanto, mientras Lizeth permaneciera a su lado, haría todo lo posible por cuidar bien de ella. Aparentemente era una niña como las demás, solo que encerrada en sí misma, a la que costaba comprender lo que se le decía. Ahora le estaba mirando con sus imperturbables ojos azules, con la fijeza de quien espera algo. Le sonrió y ella miró a su madre, que le acarició la cabeza antes de ajustarle el peto y darle un beso que la niña recibió sin cambiar su inquietante expresión de espera.

Su hija no quiso quedarse a comer, debía sentirse incómoda tratando de aparentar que se encontraba mejor de lo que realmente estaba. Le explicó las rutinas de Lizeth. Solo tenía que intentar no romperlas y ser paciente con sus manías. Prefería vestir con peto más que con vestidos. Para desayunar utilizaba siempre el mismo tazón de flores azules. La televisión la ponía nerviosa; le gustaba dormir con la luz dada; no soportaba que la besaran cuando ya estaba acostada… Últimamente solía despertarse llorando; lo mejor, entonces, era leerle un cuento hasta que volviera a dormirse. En unos días se acostumbraría a él y todo sería más fácil. Al despedirse sacó de su bolso una edición infantil de ‘Las mil y una noches’, y le dijo que era el libro preferido de la niña. No debía hacer ningún comentario mientras se lo leía, Lizeth no soportaba las interrupciones. Parecía que ese detalle era importante, porque volvió a repetirle que procurara no interrumpir la lectura de los cuentos si despertaba llorando, ni a ella cuando jugaba. Dejó el libro sobre la mesa, le besó y añadió que si surgía cualquier problema la telefoneara, pero tenía la corazonada de que no iba a ser necesario. A continuación, se despidió. Su maquillaje tenía un olor parecido al de una de las violinistas de su último concierto y le acompañó mientras la vio alejarse despacio de la mesa. Miró a su nieta. Lizeth reunía pequeñas piedras y construía con ellas una especie de muralla en la que dejaba algunos huecos donde colocaba bolitas de papel que sacaba del bolsillo superior de su peto. Dos bolas muy juntas en cada hueco. La muralla fue cerrándose (recordó que no debía interrumpirla) y dentro del pequeño círculo quedó ella, parada y solemne. Entonces entrecerró los ojos y sonrió, como si supiera que la estaba mirando.

Acostado, con la cabeza dirigida al techo de la habitación, pensó en la conversación que había mantenido con su hija por la mañana. Repasó lo que le había dicho de las rutinas y manías de Lizeth. Al acostarla, imprudentemente, la había besado cuando le dio las buenas noches. Su nieta cerró los puños, empezó a golpearle la cara y no dejó de gritar hasta que abandonó la habitación. Tendría que tener más cuidado. Se levantó y fue a la cocina. Abrió la alacena y confirmó que su hija había dejado allí el tazón con flores azules. Lo cogió y lo dejó con cuidado sobre la mesa. Estuvo un rato mirándolo tratando de adivinar lo que aquel objeto significaba para su nieta. Todos los pétalos eran idénticos y rodeaban un círculo con una tonalidad más intensa que la del color de los pétalos, que tampoco variaba de flor en flor. Curiosamente, todas las flores tenían igual número de pétalos. El asa de la taza debía haberse roto y alguien la había pegado de forma que apenas se notaba. Adivinó la mano aplicada de Julio, su pericia de modelista. A su hija le iba a costar olvidarle. Se conocieron de adolescentes en el instituto, y no se habían separado desde entonces. Repasaba con un dedo el asa, cuando sintió una leve palpitación en la taza. Nada de fantasías, pensó, solo regularidad y paciencia, las normas a las que debía ajustar sus actos el tiempo que cuidase de Lizeth. Iba a acostarse de nuevo, pero la escuchó llorar. El libro de 'Las mil y una noches' descansaba sobre la mesita de noche, abierto por el cuento de Ali Babá. Al acercarse dejó de llorar y le miró sin pestañear, tan fijo como una muñeca de porcelana en un escaparate. Parecía que se había olvidado de la terrible rabieta de unas horas antes, y escuchó el cuento haciendo bolas de papel con las hojas que arrancaba de una libretita, dejando escapar un delicado ronroneo de gato.

Basado en el artículo titulado ‘Palabras inocentes’ aparecido en LNC el 21 de febrero de 2024.

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