El tío Carlos

Por José Javier Carrasco

José Javier Carrasco
08/08/2026
 Actualizado a 08/08/2026
El escritor Stephan Zwig.
El escritor Stephan Zwig.

Viajé por primera vez a Nueva York a la edad del protagonista de la novela ‘América’, invitado por el hermano mayor de mi madre. Se llamaba Carlos y estaba soltero. Hasta ahí las coincidencias con la novela de Kafka. Me enseñó la ciudad, con la inevitable visita a la Estatua de la Libertad (de mala gana renunció a que subiéramos a la corona de la estatua cuando le dije que padecía principios de asma). Por lo demás, se mostró encantador, y en el paseo que dimos por Central Park me confió que estaba medio enamorado de la asistente colombiana que cuidaba de él y de la casa. Quiso saber qué me había parecido, si me gustaría como tía. No iba a responderle que demasiado culona, así que le di una respuesta evasiva, sin comprometerme (mi madre me había advertido de que su hermano Carlos era muy susceptible). Comíamos en casa los platos que nos preparaba la colombiana. Un sábado pidió que trajeran comida de un restaurante chino solo por complacerme, porque me había oído decir que me gustaba la cocina de ese país, aunque antes se disculpó con su asistenta por renunciar aquel día a sus guisos. Cuando terminamos de comer, preguntó si me apetecía jugar una partida de ajedrez. Por no parecer descortés y complacerle también yo, acepté su invitación. Rogó a la colombiana que le preparara un café, y cuando se lo sirvió, dio comienzo la partida, saliendo él. Parecía distraído, estar más pendiente de lo que ocurría en la ventana que del tablero. Dos palomas paseaban por el alfeizar e iniciaron un cortejo lleno de dificultades por la falta de espacio. Aquello parecía divertirle, porque en sus labios asomaba una sonrisa burlona. Solo dejó de mirar fuera cuando vio amenazada su reina. Entonces se centró en la partida y logró recuperar el terreno perdido. Media hora después anunció jaque mate en tres jugadas. En el tiempo que estuvo distraído llegué a creer que podía ganarle. Al ver mi gesto de frustración, me preguntó si había leído una novela titulada ‘La novela de ajedrez’. Avergonzado, negué con la cabeza. Iba a contarme el argumento, pero cambió de idea. Se levantó y me pidió que esperase un momento. Dejó el comedor y al poco regresó con un libro en la mano. Lo colocó sobre la mesa. Era el libro que acababa de preguntarme si conocía. «Léelo, te gustará», me sugirió, acercándomelo. «No tengas prisa, te lo regalo. Y ahora discúlpame, quiero descansar un rato», anunció, sin saber que no se levantaría de aquella siesta.

Aquel libro fue determinante en mi vida. Creo que al terminar de leerlo no era el mismo, no solo por el modo que llegó a mí y lo que sucedió después, y que si soy profesor de literatura es gracias a él. Entre sus páginas encontré una fotografía de Stephan Zwig que dejé en la página donde estaba (el momento en el que Czentovic, campeón del mundo de ajedrez, es derrotado por un pasajero del barco en el que viaja a Argentina), aunque prefiero los marcapáginas clásicos. Era lo menos que podía hacer por mi tío. A pesar de la pésima traducción, era el libro que más valoraba de mi biblioteca. En un cambio de domicilio, la caja donde iba se perdió y con él aquella fotografía, detrás de la cual mi tío había escrito un nombre de mujer y una dirección. 

No dejé de buscarlo y visitaba regularmente las librerías de viejo de mi ciudad con la esperanza de encontrarlo. En un viaje a Madrid me acerqué por la Cuesta de Mollano. En una de las casetas, entre un montón de novelas por las que pedían un precio ridículo, estaba el libro que llevaba tanto tiempo buscando. Me acerqué a cogerlo, pero un tipo con el aspecto vulgar de un jubilado se me adelantó. Lo abrió, leyó durante unos minutos y se dirigió al librero con él en la mano. Le abordé cuando sacaba la cartera para pagar y le conté lo que aquel ejemplar significaba para mí. Me escuchó en silencio, abrió su cartera y sacó un billete de cinco euros. Dio el dinero al dueño de la caseta y se alejó con la novela en dirección al Retiro. Le seguí. Caminó hasta el Palacio de Cristal. Al llegar, se puso a tirar a los patos trozos de pan que sacaba distraídamente de un bolsillo de su abrigo. En un momento dado, posó el libro en la balaustrada del estanque. Di un paso adelante; al apoderarme de él, la fotografía se cayó, pero no me paré a recogerla porque salí corriendo. Aunque el tipo gritó «¡Al ladrón!», todo el mundo siguió a lo suyo como si mi tío Carlos, desde el cielo, me estuviera echando un cable. 

Había vivido en Madrid y vestía ropa de una talla superior a la suya como si eso la fuera a ayudar a crecer y a llenar un día aquella talla de más. Me llamaba la atención su forma de moverse de camaleón. Caminaba tan lento que parecía que no se movía, como si los pies quisieran asegurarse bien de que el suelo no iba a hundirse antes de dar el siguiente paso. Aquella mañana había examen. Entró en el aula con su aire ausente de siempre y tardó más de lo habitual en llegar a su pupitre, pero no se sentó. De una carpeta sacó una tarjeta y vino a mi mesa. Eso le llevó su tiempo. Me mostró la tarjeta. Era la fotografía de Stephen Zwig del libro de mi tío. Al ver mi expresión de sorpresa, me preguntó si podía dejarla sobre el pupitre durante el examen. Le traía suerte. La encontró flotando en el estanque del Palacio de Cristal del Retiro como si un ángel se la enviase, porque detrás habían escrito el nombre de su madre y la dirección que tuvo en Nueva York. Dio la vuelta a la fotografía para que viese que no había ninguna chuleta y esperó mi contestación.

Basado en la fotografía del artículo ‘Mitades antagónicas’ aparecido en LNC el 29 de mayo de 2024.

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