La llamada

Por José Javier Carrasco

25/07/2026
 Actualizado a 25/07/2026
Las marcas de gaseosas se multiplicaron hasta extremos sorprendentes a mediados del pasado siglo.
Las marcas de gaseosas se multiplicaron hasta extremos sorprendentes a mediados del pasado siglo.

Voy a contarles algo que me sucedió hace ya años. No confío en que me crean; aun así, intentaré ser breve, ceñirme a lo esencial y evitar  anécdotas innecesarias, aunque conociéndome es poco probable que lo consiga. Empecemos. Me encontraba comiendo solo cuando sonó el teléfono. No sé por qué no seguí sentado en la mesa. Aunque fuera una llamada de mi hermano Valentín desde Marbella para decirme cómo le iba en su viaje del Imserso, estaba disfrutando tanto con aquella paella que difícilmente lograría recuperar el estado de goce que experimentaba saboreándola si respondía a la llamada, pero ante la insistencia del que se encontraba al otro lado del teléfono, temiendo que se tratara de algo urgente, acabé levantándome, tan contrariado que estuve a punto de pisar a Morro Untado que dormitaba al pie de la mesa y lanzó un bufido. Me llamaba un tal Valentín Villalobos, que fue directamente al grano (lo que también debería hacer yo). Era coleccionista de botellas de gaseosa antiguas de la provincia y se había enterado de que  tuve una fábrica de ellas llamada El Mirlo. Villalobos quería saber si sería tan amable de regalarle una de mis botellas –con una le bastaba, explicó– para añadirla a su colección. Haría el número cien. El número que se había fijado como tope para la colección. Parecía estar convencido de que accedería a su demanda porque me preguntó si me vendría bien que pasase dentro de una hora, el tiempo que tardaría en llegar al pueblo, y sin esperar mi respuesta, colgó. 


Eran las nueve y Valentín Villalobos aún no había llegado. Cuando el telediario estaba acabando, Lar empezó a ladrar. Oí la voz de alguien que trataba de tranquilizarlo y poco después sonaba el timbre de la puerta. Otra vez me pregunté si levantarme y otra vez, la insistencia de las llamadas me obligó a bajar las escaleras y abrir. Afuera esperaba Valentín Villalobos con expresión solemne y una bolsa nueva de deporte en la mano. Su altura me impresionó. Me sacaba la cabeza, y aún me quedo corto. Se coló dentro –tuvo que agacharse para pasar bajo  la puerta– e inició decidido el ascenso de las escaleras como si fuera el dueño de la casa y yo la visita. Se volvió y arqueó una ceja al ver que aún no me había movido. «¿A qué espera? Cierre la puerta y suba», casi ordenó. Siempre me han intimidado quienes demuestran un dominio de sí mismos fuera de lo corriente, y Valentín Villalobos debía pertenecer a esa clase especial de gente. Cerré la puerta y subí. Se había guiado por el sonido del televisor y me esperaba en la salita, donde Roberto Brasero hacía un adelanto del tiempo que nos esperaba para el fin de semana. Estaba de pie, frente al aparador, y miraba la fotografía de mi hermano. «Lo conozco», afirmó seguro. «Hicimos el servicio militar juntos», añadió a modo de aclaración. Se agachó y cogió la bolsa de deporte que había dejado en el suelo. La abrió y sacó un álbum. «¿Puedo sentarme?», preguntó, y dando por sentado que le concedería permiso para hacerlo, se dejó caer en mi butaca. 


Durante dos horas estuvo mostrándome las fotografías de todas y cada una de las botellas de su colección y explicando cómo se hizo con algunas de ellas. Eran historias bastante divertidas que contaba con gracia. Se fue creando entre nosotros un clima bastante cordial y relajado. Le pregunté si quería beber algo. Denegó con la cabeza. «Debo conducir», se justificó con una sonrisa triste. Con aquella sonrisa, la de alguien que no ha tenido suerte en la vida, Villalobos terminó de ganarme. Me dirigí a la despensa y volví con dos botellas, la de un litro y la de medio, de gaseosas El Mirlo. Elogió la calidad de las serigrafías de los mirlos que aparecían en las botellas, y las miró un momento al trasluz. «Buen cristal, sin burbujas», comentó apreciativamente. A continuación, sacó unas hojas de periódico de la bolsa y envolvió las botellas antes de guardarlas. Se puso en pie –la cabeza rozó la lampara– y llevó la mano a uno de los bolsillos de su chaqueta. Me ofreció un libro con aspecto de haber sido leído infinidad de veces: «Permítame que responda a su amabilidad con un pequeño detalle. Este libro lo estimo mucho, pero ya no lo necesito. Quédese con él y que le proporcione tan buenos momentos como los que me regaló a mí». Lo dejó encima del aparador y se despidió: «Sé el camino. No se moleste en bajar». De nuevo volvió a intimidarme la seguridad con la que lo dijo y no me moví, aunque me considero un buen anfitrión. Al cerrar la puerta, Lar volvió a ladrar. 


El libro quedó donde lo dejaron  hasta la vuelta de mi hermano de Marbella.  Al verlo, lo cogió y lo abrió. Pasó las páginas cada vez más excitado. «Este es el libro que siempre estaba leyendo  Valentín Villalobos, mi tocayo, y que le encontraron en su chaquetón el día que se pegó un tiro en la garita del cuartel, ‘Bajo las ruedas’ de Hermann Hess. ¿Cómo lo conseguiste?». Me observaba con esa expresión que conozco bien, como cuando espera que salga con alguna de mis historias raras. Esta vez callé. «Lo encontré en una librería de viejo», contesté evasivo. Mí respuesta no pareció convencerle. «No te creo. Tú no lees». «Siempre hay que creer a los hermanos mayores»,  zanjé. Cogí el libro y lo guardé en un cajón de la mesita de noche de mi habitación. Aquella noche, ya acostado, lo abrí y miré la primera página. Allí había escrito la fecha en la que debió comprarlo.  Casi todas las páginas tenían párrafos  subrayados a lápiz y con escuetas anotaciones al margen. Leí varias y me parecieron tan incomprensibles como la mayoría de los jeroglíficos de los periódicos, o como las razones que llevaron a Valentín Villalobos a dejar el infierno, llamarme y acudir impuntual a mi casa. 
 

Basado en la fotografía del artículo ‘Objeto de sueño’ aparecido en LNC el 17 de enero de 2024.

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