Le habían dicho que no se fuera de León sin probar alguno de los cócteles del Montecarlo. Y allí estaba, sintiéndose como un gusano ante la mirada arrogante del dueño. Pidió un Manhattan y esperó que se produjera el milagro de que la bebida venciera su ansiedad. Apenas había gente y eso ayudaba a reducir la sensación de agobio. Los dos clientes de la barra no habían reparado aún en él, y los tres que ocupaban una de las mesas estaban enfrascados en una charla de la que le llegaban algunas palabras sueltas. «Es completamente humillante …». Después una pausa donde la voz se vuelve inaudible para reaparecer a continuación: «…tenía que verse ella en su lugar, seguro que entonces se lo pensaría mejor…». Dejó de prestar atención y se concentró en la copa que el camarero había dejado ante él con la misma actitud de estar perdonándole la vida. Bebió un sorbito y paladeó. Realmente bueno. Estaba más que justificado el aire de superioridad si todos sus cócteles sabían como aquel.
Alargó todo lo que pudo su consumición, pero no dejaba de entrar gente y empezó a sentirse observado. Una molesta sensación de bicho raro que no encaja en ninguna parte y sobra. Esta vez no se había producido ningún milagro y el cóctel no logró ayudarle a aceptar su metro sesenta y la calva de su coronilla en alarmante progresión. Sin olvidar las entradas. Desde el otro lado de la barra, el dueño le sonrió cuando dijo adiós. Era la sonrisa de alguien que sabe que quien se despide de un modo tan protocolario no tiene ninguna intención de volver, pero al que, aun así, no le importaría ofrecer un consejo. Salió y lo primero que sintió a su espalda fue el alivio de quienes quedaban dentro al perderle de vista. Dio unos pasos vacilantes. Se cruzó con una anciana que le miró como si fuera el responsable de la lluvia que había empezado a caer y del aire frío que la acompañaba. No tenía paraguas y su calzado no era el más apropiado. Bordeaba lo que parecía un colegio interminable y al otro lado solo había casas unifamiliares de cooperativa. Ningún portal donde protegerse. Pensó darse la vuelta, entrar otra vez en el Montecarlo y pedir un nuevo Manhattan, para ver si esta vez sí ocurría que pudiera relajarse y aceptar que el tiempo no pasa para nadie en balde. No le pareció una buena idea y siguió andando. Llegó a la esquina donde terminaba el colegio. Le recibió una corriente de aire que, sumada al azote inmisericorde de la lluvia, le hizo añorar la confortable atmósfera de la habitación del hotel. No debía haber salido en una tarde como aquella, menos sin paraguas y tan mal abrigado. Tampoco debió seguir una dirección distinta a la que le había llevado al Montecarlo. Ahora estaba perdido y no había nadie cerca a quien preguntar. Podía buscar una cabina y llamar un taxi; daría la dirección del Montecarlo y volvería sobre sus pasos. Demasiado complicado. Mejor, meterse en un portal cualquiera y esperar.
Parecía que hubiera estado pegado a la puerta del portal antes de surgir de improviso y pedirle un cigarrillo. Era aún más bajo que él, pero con pelo, y el amenazador aspecto de alguien dispuesto a todo con tal de salirse con la suya. Así que le dio el cigarrillo. Entonces le pidió fuego. Buscó el mechero y cuando sus dedos rozaron el monedero los ojos del pequeñajo se fundieron con los suyos mostrando la ansiedad desasosegante de un yonqui, como si hubiera adivinado lo que había tocado y esperara que sacara el mechero para pedirle algo más que fuego. Seguía lloviendo y los capós de los coches aparcados lanzaban destellos engañosos bajo las farolas como la mirada del yonqui. Porque no tenía la menor duda de que lo era y esperaba su oportunidad. Y de pronto allí estaba lo anunciado en la sonrisa del dueño del Montecarlo, una navaja salida del bolsillo de una cazadora de cuero, en la que resbalaban algunas gotas de lluvia, dejando un rastro plateado serpenteante. Hasta entonces no se había fijado en su cara. Ahora que la veía mejor gracias a que acababa de mover la cabeza en un gesto intimidatorio, pudo distinguir una boca sin labios, antesala de un mentón ovalado con forma de cazo de sopa; arriba la frente irregular y prominente de los cromañones, como parte de un todo donde brillaban aquellos ojos negros, hundidos y afiebrados, que le taladraban. Se mantenía callado como si todo lo que tuviera que decir ya estuviera dicho, confiando en la elocuencia de la navaja que mantenía apuntándole al corazón.
Cuando reconoció su fotografía en comisaria, el policía sonrió: «Has tenido suerte, el Peque es peligroso y nunca se sabe cómo puede reaccionar. Ya ha ‘pinchado’ a alguno cuando tiene el ‘mono’». Al salir de comisaría volvió a perderse. Pasó ante un expositor con carteleras de cine. Estaba en la esquina de un café, el Río. Dentro, en la barra, descubrió al Peque. Tomaba una caña de cerveza y miraba la televisión. A su lado, una pareja de ancianos observaba la calle y al verle en la acera pendiente del Peque sonrieron y le dijeron algo. Entonces el yonqui se giró y posó sus ojos en él. Ahora parecían dormidos y mostraban una seductora paz interior. No debió reconocerle porque volteó la cabeza y siguió con el concurso. La pareja de ancianos se sentó en una mesa y el hombre empezó a leer el periódico que había cogido de la barra. Su compañera sacó del bolso un espejo, se miró un momento y lo dejó sobre la mesa. Poco después el Peque se sentó a su lado y les dio un beso. La imagen del nieto ejemplar. Y de repente todo quedó paralizado. El dueño del Montecarlo le preguntaba con expresión amable si quería unas almendras para acompañar al Manhattan. Había dejado de llover y debía estar muerto.
Basado en la fotografía del artículo titulado ‘La medicina del tiempo’ aparecido en LNC el 27 de marzo de 2024.
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