Despertó entre aparejos de pesca, frente a la fotografía enmarcada de un pescador con una captura de buen tamaño. Amanecía y la luz incierta que filtraba una ventana estrecha de cristales esmerilados apenas iluminaba el caos de objetos, entre ellos varios trofeos, que lo rodeaban. Aquel cuarto minúsculo debía comunicar con un patio interior, porque escuchó el sonido de una ducha (algún madrugador que entraba pronto a trabajar). Estaba sentado en el sillón que compró días atrás en una chamarilería, donde se habría quedado dormido leyendo el inquietante cuento ‘¿Quién sabe?’ de Guy de Maupassant (la extraña historia de unos muebles que cobran vida y escapan de la mansión del protagonista del relato una noche estival, en la que este regresa a su residencia tras asistir a la ópera). A pesar de no ser nada cómodo, decidió comprarlo, porque era un mueble antiguo asequible para su bolsillo, con brazos y patas de madera tallada, y una discreta tapicería damasco color burdeos. Se levantó y acercó la mano al interruptor de la luz, pero la bombilla no se encendió. Ignoraba qué vendría después. ¿Cómo llegó desde su buhardilla al cuarto donde estaba? Por un momento creyó que seguía dormido y que soñaba, aunque el sonido del ascensor subiendo resultaba demasiado real como para que formara parte de un sueño. El ascensor se detuvo en aquel piso con una sacudida brusca. A continuación, golpeaban la puerta de la casa. Fueron tres golpes, en cortos intervalos, producidos por la palma de una mano desnuda. Respondió el ladrido continuo de un perro. El ladrido pareció salir del pasillo. Cuando el ascensor inició la bajada con otra sacudida, el perro calló.
La puerta del cuarto estaba cerrada y no había forma de abrirla. Aquello no era una buena señal. ¿Le habían secuestrado? ¿Para qué si no tenía donde caerse muerto? Abrió la ventana y miró fuera. Al otro lado había una terraza con dos bombonas de butano, varios tiestos bien cuidados de geranios blancos y un cubo de fregar. Asomó una mujer y cogió el cubo. Volvió a entrar. No llegó a verle. Esperó a que apareciera otra vez, aunque no se le ocurría cómo abordarla. No tendría sentido intentar explicar que le habían encerrado porque probablemente se asustaría; ni preguntarle dónde se encontraba porque sonaría a pregunta capciosa. «¿Cómo es que no sabía dónde estaba?», pensaría. Creería que quería burlarse de ella. Por su aspecto era una asistenta sudamericana. Razón de más para que desconfiara. Pero era su única esperanza de poder escapar de allí, aunque lo más probable es que después de preparar el desayuno a una pareja de ancianos saliese a hacer la compra y que tardara en regresar. ¿Por qué a una pareja de ancianos y no a un hombre o a una mujer solos? La imagen tópica de la pareja, producto de su tendencia a edulcorar el problema de la soledad. Cuando oía hablar de soledad no deseada, siempre se imaginaba como un firme candidato a engrosar un día las filas de ese fenómeno en auge. Alguien que viviría angustiado por la proximidad de las fiestas de Navidad, que es cuando dicen que más se siente su punzada vergonzosa.
Detrás de la puerta se escuchó el débil ladrido de un cachorro. Luego un prolongado silencio que interrumpió de nuevo el sonido del ascensor deteniéndose. Golpearon la puerta del piso con otros tres golpes secos. Esta vez el perro se mantuvo en silencio, dejando oír después una angustiosa queja amortiguada, como si supiera que los dos estaban igual de asustados.
Cuando el ascensor volvió a ponerse en marcha, descubrió que el pescador de la fotografía era Miguel Delibes. Le extrañó que hubieran enmarcado una fotografía así, aunque hay gente para todo. Aproximándose, estudió la expresión risueña del escritor vallisoletano y buscó en ella una posible solución a su encierro. Esa confianza en los milagros improbables la había heredado de su madre, que estaría a aquellas horas haciendo seguramente la cama y extendiendo la colcha de ganchillo heredada de la abuela con un cuidado obsesivo. Su neurosis por las cosas bien acabadas llegaba a extremos inconcebibles, algo que también le había transmitido. Otra candidata a la soledad no deseada. Él era hijo único y, a pesar de eso, nunca fue santo de su devoción. Seguro que cuando muriera su padre, por la ineludible estadística de la mayor longevidad de las mujeres, se encerraría en ese empecinamiento que la caracterizaba y no querría saber nada de su hijo, dispuesta a apurar el amargo cáliz de la soledad sin la ayuda de nadie. En la terraza asomó de nuevo la sudamericana con un móvil en la mano. Lamentó su condición de animal antediluviano que le impedía hacerse con uno, prescindir de sus prejuicios hacia las nuevas tecnologías. Esta vez la mujer sí le vio y no se mostró demasiado sorprendida, como si la situación le fuera familiar. Tampoco eso era una buena señal. Entonces llevó atrás las manos cruzadas, simulando el gesto de alguien al que han atado. Aunque no parecía un mensaje nada claro, ella lo entendió porque hizo un gesto indicándole que esperase. Poco después, abrían la puerta del cuarto donde se encontraba. Era el portero de la finca que le dijo que no vivía nadie en la casa, y que aquella puerta se trababa a veces. Se despidió sin añadir ninguna aclaración más. Debía disculparle, pero no podía abandonar por mucho tiempo la portería. Siguió un pasillo. Ni señal del perro; habría desaparecido con el portero. Desembocó en un salón amplio: junto a la pared alineados cinco sillones como el que había comprado en la chamarilería, que debía echar de menos a sus compañeros y escapó de la buhardilla, como los muebles del relato de Maupassant, para volver con ellos. Lo imaginó cruzando la ciudad, sin sentir el peso muerto de un pobre estudiante que se ha quedado dormido leyendo, con un caminar lento y concienzudo de objeto animado, huyendo del chamarilero, que enterado de sus continuas deserciones lo busca incansable.
Basado en la fotografía del artículo ‘La prima Rosa’ publicado en LNC el 14 de febrero de 2024.
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