Me buscaba con la mirada, y aunque para la mayoría de la gente nada diferencia a una paloma de otra, él me reconocía. Las mejores migas de pan eran para mí. Se lo agradecía con un gorjeo especial, que parecía complacerle. Sobrevolaba la plaza esperando verlo sentarse; cuando lo hacía yo descendía y aterrizaba a sus pies, feliz no solo por las migas de pan que me daba, sino también por poder disfrutar de su compañía. Era como si a su lado el tiempo transcurriese de un modo diferente, más lento, en una ciudad que lamentablemente iba dejándose ganar por las prisas. Sus ademanes resultaban interesantes en comparación con los de otros viejos que hacían lo mismo que él, dar de comer migas de pan a las palomas, aunque de una manera rutinaria, mientras esperan la hora de irse a casa. En cambio, él ponía en aquel acto el cuidado especial que exigía, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo y no le importara emplearlo en algo en apariencia insignificante, pero cargado de sentido.
Por el rictus de su boca, aquella mañana parecía distraído: los labios hundidos como si algo tirara de ellos con fuerza hasta casi hacerlos desaparecer. Era la primera vez que le veía así, a punto de difuminarse como los demás viejos. Ensayé mi mejor gorjeo, pero no surtió ningún efecto. Seguía distraído. Miraba impaciente el reloj cada poco. Sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y empezó a leerlo. Alzó los ojos y vi alarma en ellos. Se levantó –dejó olvidado el papel en el banco– y se alejó deprisa hasta perderse de vista. Me hubiera gustado saber leer para ver lo que decía aquel papel, pero saber leer es algo que no se nos ha otorgado aún a las palomas. Tampoco adivinar lo que sucede en el interior de la gente. Un señor se sentó con un niño en el banco, hizo un avión con el papel y se lo dio a quien debía ser su hijo por la forma en que le miró al coger el avión, antes de arrojarlo al aire. Planeó unos segundos y cayó a mi lado. No eran palabras lo que tenía escrito aquella hoja, sino símbolos y números. Probablemente los de alguna fórmula. Lo suponía porque a veces me asomaba a las ventanas de un instituto durante las clases.
No volvió a asomar por la plaza. Una mañana creí verle sentado en el banco de siempre, pero la vista me había jugado una mala pasada. Al acercarme descubrí que aquel viejo huesudo, que me miraba con ojos llenos de odio, nada tenía que ver con él. Sostenía entre las manos una caja de cartón de la que sacó una jaula con un gato. La abrió y el gato se lanzó contra mí. Estaba paralizada por el miedo, y era como si hubiera olvidado que sabía volar. Los dientes del gato se cerraron sobre una de mis patas. El viejo se movió con una agilidad sorprendente, apartó al gato a un lado, me atrapó con las dos manos y me puso una caperuza.
Pasaba con cuidado una gasa sobre la herida de los dientes del gato. Su mirada de odio se había transmutado en otra de compasión. Miré qué había detrás de él. Me encontraba dentro de una habitación llena de jaulas vacías. "Pronto se llenarán y no estarás sola", me anunció con una sonrisa tan dulce como su mirada. "Pero entretanto debes portarte bien; tú, palomita, eres mi última esperanza de librarme de la maldición que pesa sobre mí. Las primeras gotas de tu sangre han obrado el milagro de devolverme por unas horas a mi anterior personalidad. Ahora es necesario que cambie también mi aspecto externo, que vuelva a ser el de siempre", Continuó, mientras preparaba una jeringuilla. Había dejado la gasa sobre la jaula y acercó la jeringuilla a mi pata derecha. La hundió con cuidado y extrajo un poco de sangre. La vertió en una copa que estaba en el suelo. A su lado había una botella que contenía un líquido azul que mezcló con la sangre, antes de beberlo de una sola vez. Se echó en el suelo, y un instante después se quedó dormido. Cuando despertó, sus rasgos habían cambiado. Ahora su cara se parecía mucho a la del anciano que yo conocía, aquel que siempre guardaba para mí las mejores migas. Se levantó y sacó un espejo del bolsillo de la bata blanca que llevaba puesta. Se miró y sonrió satisfecho. "Pronto la pesadilla habrá acabado. Mi error en la fórmula para rejuvenecer será un capítulo superado; y todo gracias a ti, mi palomita". Recogió la gasa y con ella envolvió la jeringuilla. Después se agachó por la copa y la botella, me dio la espalda y salió. Tenía comida y agua suficientes en dos recipientes de la jaula: un bebedero sujeto a los barrotes y un pequeño cuenco metálico lleno de granos de cereal. Hasta dos días después no supe nada de él. Se acercó a mí sin que me diera cuenta. Su mirada estaba cargada de nuevo de odio y el aspecto de su cara había cambiado. Sus rasgos ya no se parecían a los del viejo bondadoso. De nuevo era un viejo huesudo de boca hundida. En la mano traía una paloma. La metió en una de las jaulas vacías. Volvió a mi lado: "Me gustaría no tener que hacer esto, pero ya no me eres útil. Tu sangre no sirve para corregir la fórmula. He de probar con otra paloma", balbuceó con el resto de humanidad que le debía de quedar aún. Dejó resbalar un dedo por los barrotes de la jaula y se dirigió a la puerta de la habitación. Salió y regresó con el gato que ya conocía. Lo metió en la jaula y volvió a salir. El gato se desperezó y antes de que se abalanzase sobre mí, me vi planeando sobre una plaza tranquila, sin apenas gente, porque acabo de verlo aparecer.
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