Nos citábamos en el patio familiar de Villa Evarista, confundidos con la gente ociosa que observaba jugar a los bolos, dirigiéndonos tiernas miradas que recorrían nuestros cuerpos jóvenes hasta encender el deseo. Entonces salíamos, dejando pasar un intervalo de tiempo prudente entre nuestras salidas, y nos encaminábamos hacia La Candamia, uno detrás del otro, simulando que éramos dos desconocidos de paseo. Cruzábamos el puente y subíamos a los pinos. Allí nos amábamos con la vergonzosa pasión de los ‘desviados’ sin cura.
Llevaba una hora viendo jugar y él seguía sin aparecer. Aunque nadie se fijaba en mí, yo me sentía observado por unos ojos que flotaban en el aire incrustados en las bolas que lanzaban los jugadores. Parpadeaban como bocas de pez que boquean en el centro de un río sin nada de agua. Recostado en una columna, esperaba convencido de que más pronto o más tarde terminaría llegando como otras tardes. «Tu amigo no vendrá hoy», dijo la voz grave de quien se había situado a mis espaldas y del que veía únicamente la punta de los zapatos. Eran enormes y viejos, con el cuero agrietado y deslustrado. De pronto desaparecieron. Vi como un hombre alto se dirigía a la puerta de Villa Evarista y antes de salir me miraba y hacía una extraña mueca que podía significar cualquier cosa, tanto que sabía quién era yo, como que me esperaba fuera, o nada, el gesto habitual de alguien que sufre del estómago. No soy valiente, pero el tono de la voz que acababa de escuchar no parecía encerrar ninguna amenaza, ni siquiera una velada advertencia. Así que salí. Me esperaba. Caminó delante en dirección a La Candamia sin volverse a mirar si le seguía, convencido de que sí lo hacía. Mientras él avanzaba me di cuenta de que lo que estaba sucediendo lo había soñado aquella noche. El mismo desconocido caminando delante de mí, el perro que se acercó a olerle y se alejó cuando lo llamó el dueño, la misma gente con la que nos cruzábamos. Llegó al puente y se volvió. Esperó a que llegara a su lado. «Ahora sigue tu solo, tu amigo está muerto en el lugar donde os desfogabais», me comunicó como quien ha cumplido la parte más difícil de un recado y ya no le queda nada más que decir. Supe que no mentía. Le dejé irse sin preguntar nada. Y cuando desapareció, volví a la bolera.
Aquel lugar se convirtió el resto del verano en mi segunda casa. Tan pronto como abría, yo entraba y permanecía en él hasta que cerraba. Solo salía para comer. Acabé conociendo por su nombre a todos los jugadores que acudían allí a fuerza de oírlos nombrar. En sus rostros concentrados buscaba una señal de lo que le podía haber ocurrido a mi amigo. Estaba convencido de que aquella tarde llegó antes que yo y decidió esperarme en los pinos por alguna razón desconocida. Que alguien le había seguido hasta allí y le había asesinado porque se negó a hacer con él lo mismo que hacía conmigo. Y que el desconocido de los zapatos agrietados fue testigo de todo. Trataba de reconocer a su asesino entre la gente que miraba jugar como si supieran lo que yo buscaba estudiándolos. Sospechaba de uno que apenas se movía, siempre de pie al lado de una de las columnas del soportal, al que había visto alguna vez pendiente de nosotros, de nuestras miradas, del momento en el que dejábamos Villa Evarista. Esperaba que ocurriera algo que le delatara. Una mirada reveladora de quién era. Pero sabía cómo evitar esa mirada, cómo aparentar que solo le interesaba ver jugar. Ni siquiera poniéndome enfrente, conseguía que nuestros ojos se cruzaran, averiguar lo que escondía bajo aquel aire de indiferencia.
Una tarde no pude soportar más aquella situación y le seguí cuando abandonó Villa Evarista. Cruzó el barrio de El Ejido y llegó al Barrio Húmedo. Fue de taberna en taberna sin tomar nada como si buscara a alguien. Nadie parecía conocerle, pero él seguía incansable su peregrinaje. Terminó dirigiéndose a la catedral. Estuvo un rato mirando el pórtico antes de entrar. Cuando lo hice yo, me abordó. «¿Qué quieres?», preguntó echándose receloso hacía atrás. «Sé que lo mataste», respondí, encarándome con él. «¿Y qué si lo hice?», fue su sorprendente contestación, antes de alejarse de mí, sorteando a dos viejas encorvadas que salían. Se acercó al sepulcro de san Alvito, miró si le seguía y al ver que lo hacía, se detuvo. Cuando llegué a su lado me cogió el brazo con una mano y la nuca con la otra. Tenía tanta fuerza como dos hombres juntos. Hizo que me arrodillara, aproximó mi cabeza al hueco del sepulcro, juntó la suya y entonces habló a mi oído: «Tú fuiste quien le mataste porque te dijo que lo vuestro había terminado, y que había conocido a otro». Su voz retumbaba como si fuera el mismo san Alvito quien se dirigiera a mí desde el infierno. Aflojó la presión del brazo, pero no la de la nuca: «¿Sabes quién era ese otro? Yo. Aunque para tu tranquilidad te diré que no te pienso denunciar. Tú solo lo harás por mí». Cuando me soltó, me dio una patada en el culo y se fue. Me senté en un banco, cerré los ojos y hundí la cabeza entre las manos, tratando de recordar. Al abrirlos descubrí aquellos zapatos enormes y viejos cerca de los míos. El gigante me cogió de la mano y me dijo: «Te ha mentido. Yo le vi hacerlo. Es mi hermano, sé que le gustan los hombres e intento que no se meta en problemas, pero tampoco quiero perjudicarte. Me contó que se había enamorado de alguien que se dejaba caer por Villa Evarista. Sentí curiosidad, me acerqué hasta allí y le vi salir con tu amigo hacia La Candamia. Les seguí, discutieron y el resto te lo puedes imaginar». En silencio salimos juntos de la catedral. Solo entonces separó la mano.
Basado en la fotografía del artículo ‘Polémicas provincianas’ publicado en LNC el 22 de mayo de 2024.
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