Verano del 54

Un viaje a la infancia junto al Eria, cuando el río, las eras y los caminos eran escenario de juegos y aventuras que acabarían dejando huella en la memoria

Javier Fernández Lozano
02/09/2026
 Actualizado a 02/09/2026
Vegas del Eria. Castrocontrigo. | JAVIER FERNÁNDEZ LOZANO
Vegas del Eria. Castrocontrigo. | JAVIER FERNÁNDEZ LOZANO

Aquel no sería un verano cualquiera, aunque empezó como lo hacían todos los veranos de mi infancia, con el mismo polvo, el sol abrasador y el estruendo de la ruidosa trilladora de Petiso. Llegaba a la era con sus ruedas chirriantes y sus correas viejas, con el estruendo del metal oxidado. Para los adultos, aquello significaba trabajo, cosecha y pan para el invierno. En cambio, para nosotros, era algo increíble. Una criatura de madera y metal que tragaba las gavillas y devolvía, milagrosamente, el grano separado de la paja.

Cuando Petiso la ponía en marcha, el entorno se transformaba. La era dejaba de ser un espacio de tierra apisonada y se convertía en un escenario para todos nosotros. Aquel verano, sin embargo, escondía una lección. Nadie podía saberlo aún. Ni los hombres que ataban las gavillas, ni las mujeres que iban y venían con cántaros de agua, ni los niños que corrían alrededor de la era con la alegría desbordada. 

La infancia es esa etapa de la vida en la que el juego no es solo una mera distracción, sino la forma en que organizamos la percepción del mundo que nos rodea.

Durante los veranos, la era se convertía en un lugar mágico. Un espacio de reunión, el foro donde consensuábamos lo que se hacía. El tiempo se detenía y las obligaciones se aplazaban, con la esperanza de que al final del verano hubieran desaparecido. En ese mismo espacio se organizaban batallas, carreras y brincos imposibles, expediciones para pescar truchas o ranas y otras lecciones que la vida nos iba enseñando, abriendo el camino hacia la madurez.

Allí, junto al Eria, como cada verano, construíamos una pequeña cabaña de troncos, ramas, cuerdas y tablones que reciclábamos. En aquella humilde guarida transformábamos nuestro mundo. Los días iban pasando divertidos, entre juegos, baños y meriendas de pan con chocolate en la era o en el plantel. Tumbados sobre manojos de centeno apilados, dormíamos nuestras mejores siestas del verano, aquellas que no se buscan y, sin embargo, se encuentran bajo la sombra temblorosa de chopos y alisos, que apenas dejaban pasar entre sus hojas unos pocos rayos de sol que iluminaban nuestros rostros.

Era el momento de descanso, de olvidarse de aquella vieja escuela de párvulos, ahora sumida en el silencio del verano, como si descansara de pizarras, libros y cuadernillos que durante el año nos tenían ocupados.

Los domingos solían venir los tíos de La Bañeza. Traían varias docenas de pasteles de la confitería Conrado y fruta en abundancia, y la tía Carmen hacía unas tortillas gruesas y jugosas, y horneaba una enorme empanada para pasar todo el día en el río, en ese lugar idílico que es la Fervienza de Torneros. En este pequeño y bonito pueblo de la Valdería, tenían entonces su propio dialecto. En una ocasión asistimos con asombro a una conversación entre un teniente de la Guardia Civil y una anciana del pueblo –mi nietu echóu la sustancia pa vueso cuerpo, miniáisela, miniáisela pa que le vienga–. 

En aquellas tardes estivales, el tiempo parecía detenerse. Un silencio roto solo por el zumbido de los tábanos, el canto lejano de un gallo o el ladrido insistente de algún perro. En esos días, los sacos de arpillera de yute que la abuela Ángela repartía entre todos los nietos cobraban un valor inestimable. Unos sacos impregnados del aroma profundo, amargo y terroso del cacao. Olores que no se olvidan, aunque pasen décadas y se difuminen los recuerdos. Bastaba apoyar la mejilla sobre aquella tela áspera y aromática para que el mundo entero se volviera más amable.

A veces, sobre ellos, los niños dormíamos después de la merienda, agotados y con la cara aún manchada por el chocolate del bocadillo que cada tarde nos entregaba la abuela Ángela. Precisamente, una de aquellas tardes, a la vuelta de un viaje a Suiza con motivo de una exposición sobre chocolates, a la que seguiría una audiencia con el Papa en Roma, el abuelo David regresó cargado de regalos para todos. Para los niños resulta difícil imaginar Suiza, más allá de las montañas nevadas y los relojes exactos, y Roma como el lugar donde las iglesias rozaban el cielo. El abuelo traía consigo historias y estampas quizá demasiado solemnes para ser comprendidas, y todo un cargamento de juguetes. Había cuadrigas, norias y osos polares que se movían al darles cuerda con una llave de hojalata.

Cada juguete abría un mundo a la imaginación. La cuadriga nos devolvía a las películas de romanos que veíamos en el cine, mientras el oso polar nos hacía pensar en un invierno imposible. Pero no fueron aquellos juguetes los que más interés despertaron en nosotros. 

La verdadera sorpresa estaba en unos tubos rojos que, ensamblados entre sí, formaban una magnífica cerbatana. Era un instrumento de alta precisión, el arma de la tribu. Un objeto prohibido incluso antes de que nadie lo prohibiera. Era ligera, precisa y desmontable. Al soplar por ella, las flechas salían disparadas con una precisión admirable y se clavaban o, mejor dicho, se adherían– a la superficie de una gran diana.

Sin embargo, pronto nos pareció que la ventosa era poca cosa. La imaginación infantil rara vez se detiene ante la prudencia. No tardamos en fijarnos en las agujas de punto de la abuela. Eran largas, finas y afiladas. Bastó una ocurrencia, una mirada furtiva entre primos y la ausencia de un adulto para que el juguete cambiara de naturaleza.

Así, en un descuido del mundo adulto, la cerbatana dejó de ser juguete y adquirió una gravedad que ninguno de nosotros podía medir. Dos travesuras recuerdo de aquel verano. La primera, en el molino de Gregorio, terminó con una parte de la rima de leña, apilada sobre la pared que daba a la huerta, en el río, en represalia contra la Ñata, que se había apropiado del tronco que servía de mástil para la cabaña que los primos mayores habían construido para nosotros cortando un enorme árbol. 

La cabaña era nuestro refugio, donde los mayores contaban hazañas asombrosas como las del autobús del abuelo David, aquellas en las que se hablaba del asalto de los maquis o cuando Abundio, aquel chofer asturiano, volvió desde Donado marcha atrás por una avería en la caja de cambios, el mismo día que se celebraba la romería de La Peregrina; o cuando los pasajeros se desplomaban mareados por los gases que penetraban en el interior porque el tubo de escape era corto, cuestión por la que el fabricante del vehículo recomendó, después de varios meses de estar en circulación, prolongarlo varios centímetros. 

También nos describían, entre risas, aquella ocasión en la que el abuelo convocó en la plaza al equipo de fútbol del pueblo que patrocinaba, con el equipamiento deportivo, y le prendió fuego, lo que acabó con el patrocinio, tras haber perdido cinco a cero en Puebla de Sanabria, después de una mañana de jolgorio y divertimento en El Lago. O aquella otra historia sobre don Lorenzo, el cura, que los engañaba cada año prometiéndoles un balón de reglamento que nunca llegaba si asistían todos los domingos al rosario. Los más pequeños siempre le tuvimos un cierto aprecio a aquel sacerdote, que sacaba la mano de la sotana para que besáramos el dorso, premiándonos con unos caramelos o unas almendras.

Pero la segunda travesura del verano fue, sin duda, la de peores consecuencias. Ocurrió bajo las moreras que crecían y daban sombra al escaparate de la tienda de Dominga y al taller de carpintería de José. Un rincón donde se mezclaban los olores a jabón, a naftalina, a serrín y a madera recién cortada.

Allí picoteaban las gallinas de Antonia, atentas a las moras caídas, en ese deambular errático de las aves de corral. Después de la siesta, los niños nos reuníamos en la esquina de la ferretería para ensayar la puntería. Disparábamos las agujas contra los troncos de las moreras y entonces una gallina se acercó a la barandilla del puente. Confiada, mostrando su abultada pechuga, se ofreció a la mirada de los muchachos con una claridad que, al recordarla, casi parecía teatral.

Hubo un silencio breve. Quizás alguien dijera «¡A qué no le das!» Tal vez no hizo falta decir nada, porque la imprudencia a veces se transmite como una corriente. Lo cierto es que una de las agujas salió disparada de la cerbatana. Y, en un abrir y cerrar de ojos, una de las gallinas dio un salto, abrió las alas y empezó a agitarse con una violencia desconcertante. Las demás aves corrieron alborotadas hacia la casa de Antonia, que sesteaba a la puerta, vencida por el calor. La víctima, acercándose a su dueña, cayó rendida a sus pies. La mujer despertó sobresaltada, como un resorte, ante los aspavientos del pobre animal moribundo, y gritó con voz que rompió la tarde: «¡La más ponedora! ¡Esos demonios me han matado a la más ponedora, señor David!».

El abuelo, convertido en juez familiar, no necesitó grandes discursos. Había que reparar el daño, no solo pedir perdón. Era preciso devolver a Antonia lo que se le había quitado. Así que llegó el sábado, día de mercado y con él, el viaje a La Bañeza. Lo que podría haber sido una fiesta, como ocurría con frecuencia, en la que gastábamos la propina del abuelo en tebeos y en los ricos cornetes de crema, se convirtió en una forma de pagar las deudas contraídas. En el mercado, tuve que pedirle al vendedor las dos gallinas más ponedoras que tuviera. No una, sino dos: una por el daño causado y otra como penitencia. La primera respondía a la justicia; la segunda, a la memoria. Recuerdo bien aquel regreso al pueblo, escuchando el picoteo de las aves contra la caja de cartón

Aquel no fue un verano cualquiera. Vivir en las riberas del Eria implicaba disfrutar de unas vacaciones más agrestes y montaraces, un idilio silvestre entre el susurro de los alisos, el temblor de los chopos y el silencio de las piedras. Allí, dando rienda suelta a un temprano afán naturalista, el tiempo se nos iba buscando nidos y persiguiendo el rastro de serpientes, salamandras, renacuajos y ranas.

Cazábamos saltamontes, mariposas y libélulas que vibraban provocando destellos de luz en sus alas, o sorprendíamos a las lagartijas bajo el sol, al más puro estilo de Gerald Durrell, fascinados por la vida. Al caer la tarde, coronábamos el día jugando al fútbol en las eras comunales, al abrigo de la vieja casa del médico. Así transcurrieron aquellos días de la infancia: un territorio de felicidad y polvo que algunos ya habréis reconocido.
 

Javier Fernández Lozano es Profesor Titular de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas. Universidad de León.

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