Ubicado sobre una extensa llanura –poco más grande que la provincia de Huelva–, a más de 3650 m de altitud, se encuentra uno de los salares más importantes del mundo. Es el salar de Uyuni (Bolivia), donde la expresión «oro blanco» designa dos riquezas distintas. Sobre la costra mineral, trabajadores locales extraen sal común con palas y rastrillos. Cubren completamente su cuerpo y sus rostros con ropa y gafas que los protegen del dañino sol. Bajo esa costra salina, disuelta en las salmueras, permanece otra sal que ambicionan gobiernos y empresas.
Se trata del litio, que es el resultado de una larga historia geológica en el altiplano boliviano. Su origen se halla en una gran cuenca cerrada durante el levantamiento de los Andes, donde se acumulaba el agua que transportaba elementos procedentes de los antiguos materiales volcánicos erosionados durante miles de años. La alternancia de episodios húmedos y áridos favoreció la evaporación del agua y la concentración de sales.
Actualmente, el litio es el componente económicamente más codiciado de estas salmueras, que también son ricas en potasio, boro y magnesio. Su importancia radica en que el litio se ha convertido en uno de los metales estratégicos para la transición energética. Los vehículos eléctricos y las baterías de almacenamiento de energía han generado un renovado interés en este recurso. Por esta razón, en los últimos años, la Unión Europea lo ha incluido en la lista de recursos críticos que elabora la Comisión Europea, al considerarlo un metal fundamental en múltiples sectores como el automotriz, el tecnológico, la industria química y metalúrgica, la medicina y los sistemas de aire acondicionado.
Sin embargo, la extracción de litio enfrenta una serie de retos ambientales y geopolíticos aún sin resolver. El gran desafío consiste en evitar que la transición energética transfiera sus costes ambientales a los territorios productores que, además de Bolivia, incluyen Argentina y Chile, en lo que se conoce como el triángulo del litio. Estos países, en muchos casos, no cuentan con la capacidad industrial suficiente para aportar un valor añadido a la industria tecnológica y energética del futuro. Por ello, necesitan atraer capital y tecnología de otras potencias mundiales, como China o Estados Unidos, con el fin de desarrollar su propia capacidad productiva y no quedar relegados a meros exportadores de litio hacia los principales centros de procesamiento y fabricación. La industrialización de estas regiones permitiría generar mayor conocimiento, crear empleo cualificado y fomentar empresas capaces de responder a las necesidades tecnológicas del futuro.
Ahora bien, este desarrollo económico e industrial no puede desligarse de sus consecuencias ambientales. Uno de los principales problemas asociados a la explotación del litio es su impacto sobre el medio natural. Su extracción implica la transformación del paisaje del altiplano, de incalculable valor ecológico y extrema fragilidad. Las condiciones extremas de altitud, aridez y radiación solar han dado lugar a un medio natural con ecosistemas ricos y diversos. Estos entornos actúan como reguladores hídricos y permiten preservar los frágiles hábitats frente a los cambios derivados del cambio climático. El uso del agua, en estas regiones, caracterizadas por la extrema aridez, pone en riesgo la sostenibilidad no solo del entorno, sino también de la población que vive de él.
Por ello, la explotación de litio no puede plantearse únicamente como una oportunidad económica o como una necesidad para la transición energética. Requiere profundizar en la huella medioambiental de su producción.
Por ejemplo, gran parte del litio procedente de Sudamérica se extrae en cuencas áridas. Para su tratamiento se requieren grandes cantidades de agua dulce, lo que puede generar importantes problemas de escasez, desequilibrio en la cuenca y un elevado estrés hídrico, que puede afectar de forma notable a los humedales y al abastecimiento de agua para las poblaciones locales.
Estas poblaciones forman parte, en su mayoría, de comunidades indígenas fuertemente arraigadas en el entorno y, en los últimos años, han sufrido profundos cambios que podrían condicionar su futuro. Para defender sus derechos, en 1989 se estableció el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, un marco jurídico que promueve la integridad cultural de estos pueblos indígenas y protege los recursos naturales de sus territorios.
A pesar de estas garantías legales, las comunidades locales no siempre reciben una parte justa de la riqueza generada por el litio. Estos beneficios suelen concentrarse en las empresas y en los países extractores. La estrategia de basar el negocio del litio en la expectativa de mantener precios al alza pone en riesgo la creación de un sistema equitativo y justo, que permita un equilibrio entre el cuidado del medio ambiente, el compromiso con las comunidades locales y el beneficio económico asociado a su explotación.
La sal, de hecho, ha sido un recurso estratégico para el ser humano a lo largo de la historia. Los beneficios de la «sal común» se conocen desde la Antigüedad en toda Europa. Hace más de cuatro mil años, las comunidades asentadas junto a las lagunas de Villafáfila, en Zamora, obtenían sal mediante la cocción de las mueras –aguas con altas concentraciones salinas– en recipientes de cerámica. Las investigaciones dirigidas por Germán Delibes de Castro, catedrático de la Universidad de Valladolid, han permitido reconstruir una actividad que convirtió estos lavajos en un importante paisaje productivo desde la Prehistoria. Más tarde, con la llegada del Imperio Romano, la escasez y el valor de la sal la convirtieron en moneda de cambio. La lengua aún conserva la huella de aquel valor. El término latino salarium, se relaciona con la sal, aunque la conocida historia según la cual los legionarios romanos cobraban directamente con este producto carece de pruebas históricas concluyentes.
Más allá de esa interpretación discutida, las fuentes clásicas sí nos permiten comprobar la importancia simbólica, económica y social de la sal en el mundo romano. Marco Tulio Cicerón, político y orador romano, cita en su tratado filosófico 'Laelius de amicitia' el proverbio según el cual dos personas deben haber compartido muchas medidas de sal antes de que su amistad pueda considerarse probada. También el historiador romano Plinio el Viejo destacó el valor de la sal en su ‘Historia Natural’, al señalar que no había «nada más útil que el sol y la sal».
La importancia que continuó teniendo la sal a lo largo de la historia europea queda reflejada, a nivel lingüístico, en numerosas expresiones actuales de uso cotidiano, como aquella que califica a una persona simpática y agradable como «salada».
Hoy en día, la sal de litio ha adquirido una nueva dimensión, impulsada por los cambios en la geopolítica mundial. Su precio se ha vuelto más volátil, con un desarrollo basado en un alza continua, lo que puede llevarlo a una mayor dependencia fiscal, al sobredimensionamiento de las inversiones y a un aumento de la frustración social. El objetivo de la explotación del litio debe contribuir a convertir una riqueza finita en capacidades duraderas.
En este contexto global, España también ocupa un lugar relevante, aunque todavía condicionado por múltiples incertidumbres. Nuestro país posee diversas mineralizaciones de litio, concentradas principalmente en el oeste peninsular, con proyectos e indicios en Extremadura, Castilla y León y Galicia. El origen de estas mineralizaciones es muy diverso, asociándose a granitos y pegmatitas, así como a otras mineralizaciones singulares en rocas metasedimentarias, como las de Cáceres. Sin embargo, su eventual explotación depende no solo de la disponibilidad del recurso, sino también de su viabilidad técnica y económica, de la evaluación ambiental, de la ordenación territorial y de la aceptación social.
De este modo, la antigua asociación entre sal, valor y poder adquiere, dos mil años más tarde, una resonancia inesperada. El historiador romano profetizaba, sin saberlo, un futuro en el que la sal y la energía estarían llamadas a convivir en numerosos sistemas de almacenamiento eléctrico. Sin embargo, esta analogía contiene una advertencia. El litio puede contribuir a reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles, mejorar el rendimiento de las baterías para almacenar energía renovable y transformar la movilidad, pero no es limpio por naturaleza. Su valor ambiental depende de cómo se extrae, con qué energía se procesa, cuánto duran los productos fabricados a partir de él y quién asume los costes.
Esta advertencia enlaza con una preocupación más amplia sobre la relación entre progreso e intervención humana en la naturaleza. En 1864, el filólogo estadounidense George Perkins Marsh escribió, para referirse metafóricamente a la ruptura de la armonía de la naturaleza como consecuencia de la intervención humana en el territorio, en su célebre obra ‘Man and Nature’: «Allí donde el ser humano pone el pie, las armonías de la naturaleza se convierten en discordias».
Más de un siglo y medio después, la explotación del salar de Uyuni, en el altiplano boliviano, puede conducir a una reflexión semejante. Bajo su horizonte blanco conviven una promesa tecnológica, una oportunidad económica y una responsabilidad política. El desafío no consiste solo en extraer litio, sino en decidir qué transición energética queremos construir y quién asumirá el coste de esa transición.