Cuentan los más viejos del lugar que, en el origen de los tiempos, cuando las montañas de León aún se formaban y los valles se abrían para dar lugar a extensas planicies, los ríos no eran meras tortuosas corrientes de agua, sino espíritus guardianes con voz, orgullo y memoria.
En el occidente de la provincia, en las altas cumbres de la Sierra del Teleno habitaba una dama llamada Eria. La joven, de alma noble y enorme belleza, era un espíritu libre de fuerza inagotable. Cada primavera, con el deshielo de las cumbres, la montaña le regalaba sus aguas más puras y cristalinas. Eria corría sin prisa por un extenso y soleado valle, tapizado de verdes prados y una tupida ribera de infinitos pinares susurrantes. Sus aguas eran tan claras y cristalinas que el resplandor del sol sobre ellas se asemejaba a unos hilos de oro flotando en la corriente. Las gentes de los valles subían solo para mirarse en ellas como si se tratase de un espejo.
Río abajo, en lo más profundo del valle y situado entre sombríos desfiladeros y oscuras rocas de pizarra, habitaba el coloso Cabrera. Un espíritu fiero, impetuoso y de fuerza descomunal. Su cauce horadaba montañas y cortaba la roca a su paso. Sus aguas, incansables, luchaban por abrirse paso a través de la roca viva, creando remolinos, barbadas cascadas de espuma y oscuras pozas.
Un día, en su discurrir, el Cabrera logró trepar por las laderas para contemplar las tierras altas del valle. Al asomarse, descubrió la presencia de la joven Eria. Quedó fascinado por su belleza y sintió una profunda y amarga envidia.
–¿Por qué ella, con su lento discurrir, casi sin esfuerzo, posee un manto de cristal líquido que todos alaban?– exclamó, lleno de fecunda ira, el Cabrera. Su voz, que rugió con fuerza, hizo temblar los canchales.– ¿Por qué mis aguas han de ser oscuras y violentas, mientras las suyas reflejan el azul del cielo puro?
La envidia se convirtió en una profunda obsesión. El Cabrera decidió que, si no podía tener unas aguas tan bellas, se las robaría a la fuerza.
Aprovechando su naturaleza destructiva, comenzó a excavar la montaña con un furor ciego. Golpeó las hirsutas crestas de pizarra y desgarró la tierra, arrastrándolas con su corriente, palmo a palmo, hacia el territorio de la joven. En su intento de perforar la roca por debajo del nivel del valle de Eria, el Cabrera abrió una brecha en su lecho para arrebatarle todo el caudal hacia su propio cauce.
Eria, al sentir la amenaza, se encogió de miedo. Corrió todo lo que pudo para alejarse y desviar su camino hacia el este, pero su paso era demasiado lento comparado con la feroz embestida del gigante.
Dicen que la batalla aún continúa hoy cerca de la localidad de Corporales. El Cabrera, consumido por la envidia, acecha las tierras de la joven, robándole los primeros arroyos, como el Cabo, y remontando su llanura en un codo de captura que asoma desde el Alto de Peña Aguda.
Eria, asustada, sigue huyendo hacia el este para encontrarse con su amado Duero, mientras el Cabrera avanza implacable para engullirla y llevar sus aguas al Sil.
Por eso, los pastores de la comarca dicen que cuando el río ruge con fuerza entre las peñas, no es el viento, sino el coloso que celebra cada palmo que arrebata a la envidia de su vida: las cristalinas aguas del Eria.
Los mitos, las leyendas* y los relatos populares nos transmiten, muchas veces, de manera sencilla, lo que la naturaleza oculta bajo sus formas. Montañas, valles y ríos conservan la huella de los procesos geológicos que han modelado la superficie terrestre durante miles o millones de años. Son procesos complejos que la cultura popular y la tradición oral han transformado en relatos para explicar y dar sentido a los paisajes que habitamos. Así sucede con esta lejana historia, que nos habla de uno de los procesos geológicos más fascinantes que podemos contemplar en la naturaleza. Se trata de una captura fluvial, un fenómeno por el cual un río, de forma lenta pero constante, remonta su cuenca durante decenas o miles de años hasta alcanzar el curso de otro río para apropiarse de sus aguas.
En este cruce entre la tradición oral y la explicación geológica se inscribe la historia del río Eria. Este río, que discurre entre las provincias de León y Zamora a lo largo de más de cien kilómetros, ha estado rodeado de cierta controversia durante mucho tiempo respecto de la procedencia de sus aguas. Tradicionalmente, se ha atribuido su nacimiento al arroyo de Las Rubias, a los pies del Pico Teleno, pero también se le ha vinculado con las aguas procedentes del lago Truchillas. Más recientemente, sin embargo, se le ha relacionado con los denominados manaderos del Surbial, como indica el Mapa Topográfico Nacional, situados cerca de los 1900 m de altitud, en las faldas de la Sierra del Teleno.
Es precisamente en la cabecera del Eria, en el lugar conocido como Alto de Peña Aguda, donde se hacen evidentes las huellas de una captura fluvial. En este remarcable enclave, el río Cabo, afluente del Cabrera, ha ido remontando su cuenca y horadando lentamente el valle para configurar un espacio de extraordinario valor geológico y paisajístico.
Se trata de un paisaje marcado por la historia, donde los romanos dejaron su impronta con la construcción sobre la frágil pizarra, a golpe de maza y punterola, de uno de los canales destinados a conducir el agua hasta la explotación aurífera de Las Médulas. Estos canales son tradicionalmente conocidos en la zona como carriles y se caracterizan por presentar una ligera pendiente, imperceptible al ojo humano, asemejándose a las curvas de nivel trazadas con obsesiva precisión por la mano de un gigante. Aquel al que aludía el historiador romano Plinio el Viejo en su 'Historia natural', para explicar la formación de paisajes mineros ruiniformes como el que conforma Las Médulas. Esa evocadora mole de conglomerados bermejos sobre la que se erigen, desafiantes, unos pináculos dispersos, testigos de los fallos en la ejecución de las labores auríferas. Son precisamente esos mismos canales los que permitieron conectar toda la comarca de La Cabrera cuando aún no existían las carreteras y que, al dejar de recibir el vergajazo romano, abandonaron los cabreireses para convertirse en un retazo de historia, mostrados ahora con orgullo al turismo como parte del extenso patrimonio cultural de la provincia.
Pero este paisaje no solo conserva la memoria de la intervención humana. En él puede también observarse la huella de los procesos geológicos que permiten comprender su origen y evolución. Todo ello configura un excepcional patrimonio cultural y natural que ayuda a interpretar la historia del territorio.
Los lugares de interés geológico (LIGs) son enclaves de especial interés científico, didáctico o turístico. En nuestro país se han identificado más de 4.500, de los cuales 144 están reconocidos como Global Geosites por su relevancia geológica internacional. La provincia de León alberga 262 LIG, de los cuales siete están incluidos en esta categoría. A través de estos espacios es posible interpretar el origen del paisaje y comprender la evolución de los procesos geológicos que lo transformaron a lo largo del tiempo. Aunque pueda parecer un fenómeno excepcional, una captura fluvial es relativamente frecuente y existen ejemplos extraordinarios, tanto de carácter científico como didáctico, en otras zonas de León, como las de las comarcas de Babia y Laciana y las capturas fluviales de Tremor y La Magdalena. Sin embargo, uno de los más singulares, por su extraordinaria belleza, es el situado entre las localidades de Piedrafita de Babia y Villaseca de Laciana, conocido como Puente de las Palomas. Este entorno muestra un magnífico ejemplo de este proceso, en el que el río Sil, con una gran capacidad remontante y responsable del fuerte encajamiento del río, captura al río Luna, modificando por completo su recorrido.
El paisaje conserva así la memoria de una disputa silenciosa entre dos ríos. Una lucha lenta y desequilibrada, a lo largo de miles de años, en la que el agua abre caminos, conquista territorios y vuelve a dibujar la geografía. Comprender esta dimensión dinámica del paisaje permite apreciarlo con una mirada distinta. Su contemplación se ve enriquecida no solo por su belleza, sino también por las formas y la historia que envuelven el paisaje. Cada paraje es extraordinario porque representa un momento único e irrepetible en la evolución de nuestro planeta. Una obra inacabada que el agua continúa modelando con la paciencia de quien dispone de todo el tiempo del mundo.
*Esta leyenda es fruto de la imaginación del autor de este artículo destinada a despertar el interés de los niños por algunos aspectos de la geología.
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