Vivimos en un planeta finito. Nuestros bosques, océanos, suelos nos proporcionan todo tipo de recursos, pero estos son ciertamente limitados. La pandemia de COVID-19, iniciada a finales de 2019, puso de manifiesto tanto la vulnerabilidad de un mundo extremadamente interconectado como la tensión producida entre el crecimiento poblacional y los medios de subsistencia. Esta tirantez ya había sido anticipada por algunos economistas, como Thomas Malthus, en el siglo XVIII, pero fue ampliamente analizada en relación con los límites del crecimiento en los años 70 del siglo XX por los integrantes del Club de Roma, con el objetivo de comprender los cambios producidos por la actividad humana y el impacto que podrían tener en el futuro del planeta.
Sin embargo, la contradicción entre la aceleración de nuestras sociedades y los ritmos de regeneración de la naturaleza sigue sin resolverse. Vivimos cada vez más deprisa, pero nuestro planeta no tiene la capacidad de reponerse a la misma velocidad. Quizás sea esto lo que nos ha llevado a una comprensión errónea de la realidad que vivimos, en la que los tiempos de desplazamiento y comunicación se reducen y, como consecuencia, nuestro planeta parece hacerse cada vez más pequeño. La principal limitación es que esta velocidad contemporánea no ha logrado eliminar los límites naturales.
El sociólogo Hartmut Rosa explicó esta aceleración en su obra 'Alienación y aceleración' a partir de tres dimensiones distintas. La primera analiza cómo hemos sido testigos de una revolución tecnológica en los últimos 30 años. Recuerdo con nostalgia aquellos primeros teléfonos fijos que llegaron a las zonas rurales de La Cabrera en los años 90, el acceso público a internet en nuestro país y, más recientemente, la democratización de los teléfonos inteligentes, que nos permiten llevar una oficina en el bolsillo. La segunda dimensión enunciada por Rosa aborda en qué medida, en los últimos siglos, se ha producido una aceleración del cambio social, inducida por el acceso a la información y por la distribución del conocimiento. En tercer lugar, el sociólogo analiza la aceleración del ritmo cotidiano a partir de la simplificación de las actividades del día a día o de la simultaneidad de tareas.
Esta aceleración no se limita exclusivamente a cuestiones tecnológicas, sino también al modo en que se organizan las sociedades modernas. Desde esta perspectiva se entiende mejor el paralelismo que Pedro Fresco propone en 'El nuevo orden verde' entre la energía y los cambios sociales, como la revolución feminista. Podría parecer una idea "naif", e incluso ofensiva, pero nada más lejos de la realidad. Los cambios sociales requieren desencadenantes que, inicialmente, pueden parecer inverosímiles, como la electrificación de los hogares, pero que pueden llegar a producir profundas transformaciones culturales.
Uno de estos cambios es el que ha transformado por completo la sociedad tradicional del siglo pasado, que se organizaba en torno a una rígida división de funciones en la que el hombre asumía el papel de sostén económico de la familia, mientras que la mujer quedaba relegada al cuidado del hogar y de los hijos. Esta estructura fue modificándose a lo largo de la historia debido a numerosos cambios sociales. La llegada de la electricidad y de los electrodomésticos contribuyó a reducir el tiempo dedicado a las tareas domésticas —las lavadoras y los frigoríficos han reducido tanto las horas como el esfuerzo—. Aunque no propiciaron por sí solos la emancipación de las mujeres, formaron parte de las condiciones materiales que facilitaron su creciente acceso a la educación, al empleo remunerado y a una mayor independencia económica.
La misma lógica según la cual la innovación material puede acabar alterando nuestros modos de vida también puede observarse en el transporte. El viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes en 1922, por los escarpados terrenos extremeños, lo llevó a recorrer 150 km en cinco días. Hoy, los casi 300 km que separan León de Madrid pueden recorrerse en apenas dos horas en tren de alta velocidad. De la misma manera, travesías oceánicas que durante mucho tiempo exigían semanas o, en algunos casos, meses pueden realizarse actualmente en cuestión de horas.
Esta reducción del tiempo de viaje alimenta la ilusión de que nuestro planeta se ha encogido, pero las distancias no han desaparecido. Ha sido, por el contrario, el tiempo necesario para atravesarlas el que se ha reducido, lo que supone una profunda transformación en la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos.
Aquí aparece la paradoja central: podemos recorrer el mundo más deprisa, pero no ampliar sus límites físicos. El problema de los límites del crecimiento sigue sin resolverse. En 1982, el geógrafo británico David Harvey, en su obra 'Los límites del capital', reconocía que los límites del planeta habían sido pospuestos por el capitalismo al desplazar muchas de sus contradicciones mediante la innovación tecnológica, la globalización, la sustitución de materiales y la expansión hacia nuevos territorios. Pero aplazar un límite no equivale a abolirlo: las restricciones naturales están mediadas por relaciones económicas, políticas y sociales que determinan quién accede a los recursos, quién obtiene los beneficios y quién soporta los daños.
Lejos de reducirse, el metabolismo económico no ha dejado de crecer. La tecnología amplía el acceso a recursos antes inaccesibles o poco rentables, permitiendo una explotación más rápida e intensa de los recursos disponibles.
Ahí reside el verdadero problema. El consumo acelerado, impulsado por un devorador capitalismo, capaz de desplazar los límites con enormes costes económicos y sociales, y una producción de residuos en continuo crecimiento que se acumulan sin control, convierten nuestro planeta en una rebosante papelera que, una vez llena, no permite gestionar la extracción, los residuos y las crisis que se generan.
Hasta ahora, hemos intentado aliviar esa presión trasladando el problema a otros ámbitos. La búsqueda de nuevos mercados, de mano de obra barata o la sustitución de determinadas materias primas en la industria no ha logrado revertir el proceso de reducción. Medidas como la exportación de los residuos generados en los países de la Unión Europea a terceros países no comunitarios —entre 2004 y 2023 aumentaron en un 72% las exportaciones, hasta alcanzar unos 35 millones de toneladas anuales, entre otros, de plásticos y metales para su reciclaje, muchos de los cuales terminaron en vertederos ilegales que contaminan el medio ambiente—, con la entrada en vigor del nuevo Reglamento europeo de Traslado de Residuos, o el fomento de planes dirigidos al desarrollo de economías circulares y en pro de una mayor sostenibilidad —a través del reciclado de materias primas, la síntesis de nuevos materiales y el aprovechamiento de escombreras—, han contribuido a ganar algo de tiempo en este contrarreloj.
Pero nuestro planeta sigue encogiéndose, cada vez a un ritmo mayor, fruto de las comodidades que el desarrollo y, paradójicamente, el llamado progreso nos ofrece. Acceder con el teléfono móvil, a través de una pasarela de compras en línea, a un producto fabricado en la otra punta del planeta y recibirlo sin salir de casa en tan solo unos días ha simplificado nuestra concepción de los límites del crecimiento. Nuestro planeta parece tener la capacidad de adaptarse a todos los cambios a los que se le someten a diario.
El biólogo chileno Humberto Maturana, fallecido hace unos años, junto a su colega Francisco Varela, reflexionaban en su libro 'De máquinas y seres vivos', publicado en 1972, sobre la capacidad de los seres vivos para producir y conservar su propia organización. Organismo y entorno permanecen vinculados mediante interacciones en las que ambos experimentan transformaciones. Esta capacidad, denominada autopoiesis, supone que los sistemas son cerrados y tienen capacidad de producir, regenerar y mantenerse a sí mismos.
Del mismo modo, no debemos confundir la capacidad de transformación de los sistemas naturales con una resistencia ilimitada. Nuestro planeta y sus ecosistemas se han venido adaptando, a lo largo de miles o millones de años, a los cambios que se suceden en él. Someterlo a alteraciones mucho más rápidas —como sucede con el calentamiento global, la contaminación, la sobreexplotación de mares y océanos, así como de los recursos terrestres, etc.—, puede superar la capacidad de adaptación de numerosas especies y reducir la resiliencia de los ecosistemas. No existe un único punto de no retorno planetario, sino múltiples umbrales cuyo rebasamiento puede provocar pérdidas irreversibles.
Una de las consecuencias más graves es la aceleración de la extinción de especies. No sirve aplicar, de forma simplista, una mirada darwiniana al problema para afirmar que se trata de selección natural y que debemos resignarnos a que sobrevivan únicamente las especies supuestamente "mejor adaptadas". Debemos ser conscientes de la finitud de los recursos y explorar nuestra capacidad para sustituirlos antes de que se agoten. La crisis de Oriente Medio de 2026 nos ha vuelto a mostrar la vulnerabilidad de las economías excesivamente dependientes de combustibles fósiles y de rutas de suministro concentradas en unos pocos territorios.
Ante estos límites, nuestra mirada suele dirigirse hacia nuevos horizontes. La exploración espacial abrirá nuevas fronteras científicas, pero no ofrecerá una alternativa que se compare con la complejidad irrepetible de la biosfera terrestre. Una distopía que el filósofo indígena brasileño Ailton Krenak considera una ruptura entre nuestra civilización, que se cree separada y superior al resto de la vida, y el mundo que nos rodea. Antes de soñar con habitar otros mundos, debemos aprender a cuidar el único que ya sabe sostenernos.
Quizá el verdadero progreso no consista solo en recorrer mayores distancias en menos tiempo, sino en aprender a conceder tiempo a aquello que sostiene la vida. Hemos aprendido a llegar cada vez más lejos y más deprisa. Ahora nos corresponde aprender a llegar a tiempo.
Javier Fernández Lozano es Profesor Titular de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas. Universidad de León.
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