Un año más, el verano de 2026 comienza fundido a negro. La huella del fuego, uno de los cuatro elementos fundamentales con los que la filosofía clásica interpretó la naturaleza —desde una perspectiva vinculada al agua, la tierra y el aire—, es imborrable en el paisaje. Es, de hecho, un elemento que ha estado ligado a nosotros desde los orígenes de la humanidad, permitiéndonos defendernos de depredadores y cocinar los alimentos para digerirlos mejor.
Además, el fuego constituyó, desde épocas muy tempranas, una herramienta para transformar el territorio y, durante la revolución neolítica, contribuyó a la apertura y al mantenimiento de espacios destinados al cultivo y al pastoreo, favoreciendo, junto con otros factores, el desarrollo de formas de poblamiento cada vez más estables. Hoy, algunos de estos vestigios se encuentran en diferentes lugares de nuestra provincia, entre ellos la Sierra del Teleno, donde la secuencia sedimentaria conservada en las turberas permite reconstruir, mediante estudios palinológicos y antracológicos —asociados a pólenes y carbones, respectivamente—, el avance del fuego controlado por las primeras poblaciones asentadas en los valles. Fueron poblaciones que, mediante rozas y quemas, transformaron las zonas boscosas en pastos y áreas despejadas, lo que favoreció el desarrollo de determinadas especies vegetales, como nos muestran los registros paleoecológicos.
Sin olvidar que el fuego ha sido también motor del desarrollo tecnológico. Hizo posible la elaboración de cerámicas y ladrillos —de ello da buena fe la expansión de la cultura alfar y tejera, hoy desaparecida, que en los últimos siglos se expandió por las comarcas de La Bañeza y Astorga—, contribuyendo, de manera paralela, al nacimiento de la actividad minera en la Antigüedad. Esta revolución tecnológica estuvo ligada a la mejora de los hornos de cocción, que permitieron alcanzar temperaturas más elevadas. De esta manera fuimos capaces de lograr un desarrollo metalúrgico sin precedentes en la historia de la humanidad, que nos llevó desde bien antiguo a controlar la fabricación de útiles y armas diseñadas para, entre otros, el desarrollo de una cultura de la guerra, con la que conquistar territorios lejanos.
Pero el poder transformador del fuego no se agotó en el ámbito material ni en el progreso tecnológico. En León, uno de los testimonios más luminosos de este dominio del fuego se encuentra en las vidrieras de su catedral. La fabricación del vidrio coloreado exigía hornos capaces de alcanzar elevadas temperaturas para fundir las materias primas y combinarlas con compuestos metálicos que proporcionaban las distintas tonalidades, además de nuevas cocciones destinadas a fijar los detalles pintados. Gracias a ese preciso control térmico, el fuego permitió transformar la materia en luz y convertir una conquista técnica en una de las manifestaciones artísticas y espirituales más extraordinarias del gótico.
Más allá de su dimensión material y tecnológica, la capacidad del fuego para crear, destruir y renovar le confirió un profundo significado sagrado y simbólico entre las sociedades antiguas. En numerosas regiones del planeta, el fuego representa una manifestación de la presencia divina en diversas tradiciones funerarias; la cremación de los cuerpos en prácticas religiosas se ha vinculado a la purificación y a la renovación de la vida. En la mitología griega, por ejemplo, el fuego era robado a los dioses para ser entregado a los hombres, convirtiéndolo en un símbolo de conocimiento y progreso. Incluso el cristianismo tuvo en el fuego un aliado del Espíritu Santo —las lenguas de fuego de Pentecostés— constituyendo un elemento ritual capaz de purificar y proteger en muchas otras culturas.
La importancia del fuego y su simbolismo ha quedado también patente en el lenguaje, como un elemento asociado al conocimiento, la creatividad y las relaciones humanas. Expresiones como «encender la chispa del amor» o «la llama del saber» reflejan una asociación directa con el fuego. Históricamente, encender la luz de la antorcha representaba la búsqueda del conocimiento, una visión que se extendió desde la Antigüedad y, con nuevos significados, durante la Ilustración.
El fuego ha sido un elemento común a todas las civilizaciones. Sin embargo, en los últimos años, con las condiciones ambientales extremas provocadas por el cambio climático, el fuego ha dejado su papel de amigo para convertirse en verdugo.
En una reciente entrevista, el catedrático de la Universidad de Cádiz, Fernando Ojeda Copete, especialista en ecología vegetal, reconocía la incidencia de una política forestal basada en sustituir los matorrales y brezales mediterráneos —considerados partes del monte degradado— por grandes plantaciones de especies como el pino y el eucalipto, con el objetivo de proteger y economizar los suelos. Sin embargo, la silvicultura extensiva dio paso a un problema mayor: la homogeneización de los bosques sustituidos por especies con un enorme potencial combustible.
Las especies inflamables —como pinos, eucaliptos, jaras y brezos— contienen aceites y resinas que se volatilizan a bajas temperaturas. Con el aumento progresivo de la temperatura del incendio, se producen cambios en la humedad y en la composición química de la vegetación, que se descompone por pirólisis, liberando gases inflamables que alimentan las llamas y facilitan su propagación.
Estos aspectos, junto con el aumento y la extensión de las olas de calor, las sequías prolongadas y la acumulación de combustible vegetal por el abandono de las zonas rurales, iniciado con la reducción del pastoreo y la migración de la población hacia las áreas urbanas, han contribuido de manera decisiva a la aparición de una nueva tipología de incendios forestales, denominada por la comunidad científica como incendios de sexta generación. Estos incendios se caracterizan por modificar localmente la meteorología de forma brusca, alterando el viento y, en los episodios más intensos, formando columnas convectivas, denominadas pirocúmulos. Además, propagan el fuego de forma explosiva, alcanzando intensidades térmicas que impiden el ataque directo de los equipos de extinción.
En estos grandes incendios confluyen nuevamente los cuatro elementos con los que las sociedades antiguas explicaban el mundo. El fuego, capaz de consumir la vegetación; el aire, que lo aviva y conduce las llamas; la tierra, que pierde su cubierta protectora y queda expuesta a la erosión; y el agua, cuando regresan las lluvias, que puede dejar de infiltrarse suavemente para correr con violencia sobre la superficie quemada, arrastrando cenizas, sedimentos y nutrientes, y empobreciendo los suelos. Así, lo que comienza como un fenómeno atmosférico y vegetal acaba convirtiéndose también en un problema hidrológico, edáfico, ecológico y humano.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a apagar las llamas cuando el incendio ya se ha iniciado. Debemos aprender a leer el territorio, recuperar paisajes diversos, reducir la continuidad del combustible, apoyar las actividades rurales y comprender que la prevención comienza mucho antes de que aparezca el humo. No se trata de expulsar el fuego de la naturaleza, donde ha cumplido durante milenios una función ecológica, sino de evitar que alcance una dimensión incompatible con la capacidad de recuperación de los ecosistemas y de las comunidades.
Quizá el gran desafío de nuestro tiempo consista en reconstruir el equilibrio entre los elementos. Porque cuidar el territorio es también proteger la tierra que lo sostiene, el aire que respiramos y el agua que hace posible la vida.
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