Historiadores de la Antigüedad, como Polibio en su obra 'Historias', narraron la gesta del general cartaginés Aníbal, quien, al frente de su ejército, atravesó los Alpes, en el año 218 a. C. La extraordinaria dificultad que supone recorrer los estrechos y empinados pasos de las montañas alpinas adquirió tintes épicos gracias a una pluma ágil y detallista, que dejó constancia de los obstáculos que el clima y el terreno plantearon al ejército cartaginés, lo que en ocasiones obligó a abrir y reconstruir tramos del camino para facilitar el avance de los animales de carga y de los imponentes elefantes de guerra. Otros célebres autores romanos recogieron la gesta a posteriori, incorporando algunos detalles sorprendentes, como el uso del fuego y del vinagre para romper la roca y facilitar el paso de sus hombres y de las bestias por los desfiladeros alpinos. Referencias al vinagre (acetum), como las de Tito Livio en su obra histórica 'Ab urbe condita' (XXI, 37) o las del célebre poeta Juvenal en su Sátira X –quien convirtió la hazaña en una poderosa imagen de la ambición de Aníbal–, sirvieron como un exemplum del uso combinado de ambos elementos para completar la gesta. Entre los dos autores se recoge la descripción que el propio Plinio el Viejo, en su 'Historia natural' (XXXIII, 71), incorpora del uso de estos dos elementos con una aplicación totalmente diferente, al describir en el contexto de las explotaciones mineras hispanas cómo la dura roca era expuesta al fuego y al vinagre para romperla y hacerse con el preciado metal oculto en las entrañas de la tierra.
Quince siglos después, el médico, humanista y mineralogista alemán Georg Bauer, latinizado como Georgius Agricola, volvía a ensalzar, en su obra ‘De re metallica’, la capacidad del ejército cartaginés para vencer la dureza de las rocas que formaban los desfiladeros de los Alpes mediante el uso del fuego y del vinagre, en una progresiva asociación entre la tradición militar alpina y la minera hispana que la literatura antigua había transmitido por separado. Según las notas de la traducción de esta obra, realizadas por Herbert Hoover, se trataría de una posible corrupción textual o una tradición legendaria transmitida desde Tito Livio y consolidada por Plinio como responsable de mantener la heroicidad de Aníbal imitado a los mineros hispanos en busca de oro.
Llegados a este punto, uno puede preguntarse en qué momento se desvirtuó este fragmento de la historia y el fuego y el vinagre se convirtieron en dos improbables aliados, inseparables para romper la roca. Mientras el fuego está documentado histórica y arqueológicamente para fracturar la roca, el vinagre no. Aunque hasta la fecha no se ha podido determinar con certeza cuándo comenzó a transformarse el relato, sí podemos trazar el resultado de su transmisión: una tradición histórica discutida que historiadores, poetas y ensayistas repitieron hasta la Edad Moderna, otorgándole, por acumulación, una apariencia de verdad.
Dos mil años después, la digitalización masiva de fuentes y documentos, a pesar de contribuir a la preservación y la democratización del conocimiento, nos enfrenta nuevamente al fantasma de convertir la repetición de un error en una falsa apariencia de consenso. La inteligencia artificial, a pesar de apoyarse en modelos de lenguaje entrenados con un corpus de millones de documentos, no siempre consulta ni verifica las fuentes al generar una respuesta. Su capacidad de síntesis puede, por lo tanto, reproducir una afirmación reiterada sin distinguir adecuadamente entre su frecuencia y su veracidad.
Si sacrificamos el patrimonio material que constituyen los libros por uno digital, por mucho que sea una forma de supervivencia de los textos antiguos, corremos el riesgo de perder información histórica y material irrepetible, especialmente cuando se destruyen ejemplares raros, anotados o de escasa supervivencia, lo que podría llevarnos a situaciones como la relatada. Así, la polémica ha surgido recientemente a raíz del Proyecto Panamá, nombre de una iniciativa de la empresa Anthropic, destinada a adquirir y digitalizar millones de libros impresos procedentes del mercado de segunda mano. Si bien la digitalización en sí misma no es el enemigo, pues puede contribuir a la supervivencia de la información, el problema radica en la destrucción del libro y en lo que sucede con ese archivo digital en manos de una empresa privada. Aunque no es el único mal del que adolece la inteligencia artificial. En los últimos años han surgido otros problemas legales relacionados con la obtención de contenidos procedentes de bibliotecas piratas, lo que ha contribuido a visibilizar los problemas legales y éticos asociados a la inteligencia artificial.
Existe, además, un problema más grave de fondo. La información que alimenta a los modelos de inteligencia artificial determina el conocimiento que llega al usuario, lo que limita la información y genera control y manipulación por parte de las empresas privadas. Surge, así, el riesgo de que la información sea controlada por unas pocas empresas que condicionen su acceso, selección y síntesis, reduciendo con ello la posibilidad de mejorar y expandir el conocimiento, limitando la creatividad y el pensamiento crítico de quienes se aventuran a utilizarla. Aunque el problema, en sí mismo, no está en la herramienta, sino en el grado de dependencia y en la falta de sentido crítico de las/os usuarias/os.
No debería sorprendernos, pues con el tiempo la tecnología cambia, pero permanece el riesgo de confundir la conservación o la repetición de un relato con la preservación de la verdad. Si nos remontamos una vez más a la Antigüedad, geógrafos como Estrabón o historiadores como Floro y Plinio el Viejo fueron capaces de transmitir una visión sesgada de la historia a través de sus obras. El propio geógrafo griego reconocía el uso del «mito» como instrumento de control en manos de los Estados, apreciándose en su obra una perspectiva favorable hacia Roma y sus gobernantes. Mientras la identidad griega y, sobre todo, la romana, eran ensalzadas, Estrabón destaca los aspectos negativos de la sociedad autóctona. Una forma de predisponer al lector a aceptar una visión del necesario proceso de aculturación romana de unas gentes de costumbres «raras» y comunicación «difícil».
Estos relatos no explican por sí solos la conquista de la península ibérica –iniciada bajo la República romana–, pero sí contribuyeron a legitimar retrospectivamente la dominación, a presentar la romanización como un proceso civilizador y a fijar una imagen jerarquizada de las poblaciones autóctonas.
Después de todo, quizá la lección del vinagre de Aníbal no esté en si se empleó junto al fuego para quebrar la roca, sino en observar cómo una imagen verosímil puede perpetuarse hasta adquirir la apariencia de un hecho.
La inteligencia artificial ha introducido una escala inédita, pero no un problema nuevo. La roca que hoy debemos romper no es la del pasado, sino la ilusión de que repetir una afirmación –en un manuscrito, en mil libros o en millones de respuestas automáticas– basta para convertirla en verdad.
Javier Fernández Lozano es Profesor Titular de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas. Universidad de León.
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