El legado de los hermanos Reclus. Comprender la Tierra para liberar al ser humano

El Profesor Titular de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas de la ULE escribe sobre la transformación en la Europa del Renacimiento, bien personificada en Eliseo y Onésimo Reclus

Javier Fernández Lozano
05/08/2026
 Actualizado a 05/08/2026
Mercantilización y quiebra ecológica: la incapacidad humana para gestionar el horizonte natural. Gran incendio de Castrocontrigo en 2012. |  JAVIER FERNÁNDEZ LOZANO
Mercantilización y quiebra ecológica: la incapacidad humana para gestionar el horizonte natural. Gran incendio de Castrocontrigo en 2012. | JAVIER FERNÁNDEZ LOZANO

La profunda transformación cultural, política y religiosa que se abrió paso en la Europa del Renacimiento constituyó el germen de una serie de cambios que se iniciaron con los conflictos que enfrentaron a católicos y protestantes en Francia.

Durante la Reforma Protestante, iniciada en 1517 bajo las críticas de Martín Lutero a las indulgencias y a la autoridad pontificia por las prácticas de la Iglesia, surgió una corriente de reformas, entre ellas el calvinismo, que se expandió desde Ginebra y quebró la unidad religiosa del cristianismo occidental.

La huella de aquella fractura perduró hasta bien alcanzado el siglo XIX, cuando el entorno de Orthez, al pie de los Pirineos Atlánticos, se convirtió en el lecho de una de las familias más destacadas de la historia de la geografía. Los hermanos Reclus nacieron en el seno de una familia profundamente religiosa y recibieron una educación protestante que marcó su visión del mundo a través de la geografía. Donde la naturaleza dejaba de ser obra de Dios para convertirse en una realidad viva que debía ser observada, comprendida, enseñada y protegida moralmente.

Su padre, Jacques Reclus, pastor calvinista influido por el movimiento del Réveil –el despertar espiritual protestante–, aspiraba a recuperar una fe bíblica, personal y exigente. Una tradición reformada que veía el mundo creado como un libro que debía leerse. La Confesión Belga, uno de los textos históricos del protestantismo reformado, describía el universo como un «hermoso libro», cuyas criaturas eran semejantes a las letras. Es posible que Jacques no empleara esta metáfora con sus hijos, pero sin duda forma parte de un marco cultural que transformaría la manera en que los hermanos Reclus entendieron cómo debía ser mirado el mundo por el ser humano.

Aun así, lo que los hermanos heredaron no fue tanto una doctrina cerrada como una ética de la mirada. El tránsito desde el púlpito familiar a la observación de la tierra permitió a los hermanos Reclus descubrir un mundo en el que la conciencia primaba sobre la autoridad y la observación directa sobre el conocimiento recibido. La responsabilidad moral, la educación –entendida como la transformación del individuo–, y la convicción de que conocer implica también actuar.

El propio Eliseo Reclus concebía el paisaje como una realidad viva y moral en la que la naturaleza no era un simple decorado ni un mero conjunto de recursos, sino una totalidad de la que el ser humano formaba parte y en la que la humanidad tomaba conciencia de sí misma. Esto constituía una suerte de ‘ética humanista’ fundada en el bien común de la humanidad y de la naturaleza.

Para estudiar la Tierra, sostenía Eliseo, era necesario verla directamente, recorrerla y experimentar sus formas para poder describirla con precisión. Ningún mapa, libro o relato podía sustituir por completo la presencia del cuerpo sobre el terreno, el movimiento del agua o el cambio de luz sobre la montaña en un atardecer. Esa observación no era solo científica, también tenía una dimensión estética y ética. Por eso, el paisaje, decía Eliseo, tenía la capacidad de revelar la calidad moral de una sociedad. Cuando el ser humano arrasa bosques y contamina ríos, el daño no se limita a lo físico, también se empobrece la imaginación y la sensibilidad de quienes lo habitan.

En su ensayo ‘Du sentiment de la nature dans les sociétés modernes’, publicado en 1866, se advierte un vínculo intenso con el entorno natural. En él se formula una denuncia explícita contra la apropiación mercantil de playas, acantilados, grutas y cascadas, y se señala la incapacidad del ser humano para armonizar sus intervenciones en el paisaje. Esta postura evidencia el poso de una educación religiosa subyacente, que concibe la alteración del entorno como una profanación: un acto que opera no solo como una ofensa teológica a Dios, sino, fundamentalmente, como una degradación de la Tierra que quiebra la armonía intrínseca entre el ser humano y la naturaleza. Una visión ecológica que casi dos mil años antes, el historiador romano Plinio el Viejo ya había descrito en su enciclopédica obra de la Historia Natural, resultado de la observación de los grandes impactos generados por la arrugia romana en las montañas leonesas. Una ruina montium que deja en el paisaje las heridas del cambio y de la destrucción.

Su hermano Onésimo, por el contrario, nos ofrece una visión diferente de la geografía, más descriptiva, sensorial y estética. Una visión del tiempo geológico, de la formación de las montañas y del efecto vertebrador y cambiante de las aguas sobre el entorno. Una forma de ‘permanecer’ eternamente sobre el paisaje que lo llevó a desvincularse de las ciudades, de la industria y de las grandes obras humanas, y a centrarse en los relieves, las rocas y la naturaleza en general. En su obra ‘Manuel de l’Eau’, Onésimo fue capaz de predicar la geografía mediante un sermón laico, buscando despertar convicciones, educar en la sensibilidad hacia los paisajes a los jóvenes y enseñarles a amar la naturaleza.

Para él, el paisaje no se agota en lo visible. Se escucha y se siente a través de los elementos que los transforman, como el viento, la lluvia, el silencio, el murmullo del agua al correr, las luces y las sombras cambiantes, que dan vida a las formas del relieve. Así, la naturaleza es capaz de transmitir diferentes emociones que provocan en el ser humano recogimiento, temor, admiración y un profundo amor desinteresado. Atrás queda su creencia atea, a la que Onésimo nunca renunció, pero que no le impidió ver el mundo con una poderosa contemplación religiosa.

La educación recibida por los hermanos Reclus no los condujo, sin embargo, a una misma geografía política. Mientras Eliseo fue capaz de desarrollar una geografía universalista, libertaria y crítica de la dominación, Onésimo elaboró una visión patriótica y favorable a la expansión colonial francesa. Seguramente el protestantismo no fue la causa determinante de su divergencia, pero sí estableció un germen cultural común que sería determinante en su manera distinta de concebir el mundo natural.

Javier Fernández Lozano es Profesor Titular de la Escuela Superior y Técnica de Ingenieros de Minas. Universidad de León.

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