Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

Por José Javier Carrasco

28/10/2023
 Actualizado a 28/10/2023
Enrique Gil y Carrasco. | BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES
Enrique Gil y Carrasco. | BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

Resuella, su pecho resuella como un viejo fuelle que intenta animar un fuego que se extingue. Dirige una mirada distraída a la imagen que refleja el espejo. Repasa con la mano el cabello e intenta llevar algo más de aire a los pulmones. Desiste al tercer intento. Debe conformarse con esas bocanadas de pez agonizando en la cesta de un pescador. Sus propios ojos le observan como a un extraño, detenido y ajeno a lo que el otro, el que se encuentra en un lado distinto, piensa y siente. Ni siquiera esa sonrisa conciliadora, que acaba de apuntar en la comisura de los labios, es capaz de sacarle de su estupor al descubrir  cómo parte de las costillas han quedado al descubierto, permitiéndole ver su corazón, los latidos acompasados de esa víscera imprescindible para seguir vivo. Ahora podría  tocarlo, acercar hasta él uno de sus dedos y sentirlo retraerse en un movimiento instintivo, automático, de defensa, como un erizo importunado por un palo. 


Lo más probable es que todo se explique por su carácter hipocondriaco, que imagine más que vea un hueco entre sus costillas. Sus aprensiones se han reducido hasta ahora a ponerse siempre en lo peor, a interpretar cualquier molestia  como el síntoma certero de una enfermedad incurable, pero nunca observó algo tan sorprendente. Sin embargo era un acontecimiento en el fondo previsible y por lo tanto asumible, y de algún modo también grato, porque supone un cambio en una situación donde nada cambia: ¿Quién puede decir que tiene una ventana secreta desde la que observar hacer su trabajo al propio corazón, responsable de regar de sangre hasta el último rincón de nuestro cuerpo, de llegar puntual hasta cualquiera de  los folículos donde se asienta la raíz de ese cabello que un día caerá sobre los hombros? Siente que respira  mejor y decide acercarse hasta el café donde pasará unas horas charlando, ajeno a su descubrimiento


Imagina que aquellos con los que se cruza saben lo que ocurre bajo su chaquetón, que ven a través de él, que también ellos pueden admirar, igual de bien, el funcionamiento preciso, rutinario,  de su corazón. La sensación de relativa desnudez no le avergüenza, al contrario, le estimula. Se diría que por primera vez se siente valorado, especial. Así todo, debe caminar con calma, sin apurarse. Uno de sus pulmones está casi al descubierto. Su pecho es como una casa sin acabar, interrumpida, con un cuarto sin pared. Lleva la mano a su pecho y desde allí explora con cuidado, con la misma precaución que demuestra un músico al ajustar un instrumento, el hueco que se abre entre las costillas. El corazón, afortunadamente, recuerda aún la partitura tan bien como un reloj su compás: Tic-tac, Tic-tac, Tic-tac..., cada vez más acompasado, con nueva intensidad a medida que camina. 

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