La alimaña

Por José Javier Carrasco

26/08/2023
 Actualizado a 26/08/2023
El periodista, poeta, ensayista y escritor Victoriano Crémer. | LETICIA PÉREZ
El periodista, poeta, ensayista y escritor Victoriano Crémer. | LETICIA PÉREZ

La lluvia azotaba el boulevard de Saint Michel. Estábamos en el mes de abril. Los escasos transeúntes de las últimas horas de la noche tenían prisa. Yo, envalentonado por los últimos francos ganados –aún con problemas para calcular, por pura curiosidad, su equivalencia en viejos francos–, caminaba decidido. Nada me importaba el gesto serio de quienes se cruzaban conmigo, que advertía que en aquella superpoblada ciudad, en ocasiones, es preciso tener cuidado, extremar las precauciones, retirarse a casa, suponiendo que se tenga una, a «réfléchir sur la vie». ¿Pero es ese el consejo, la recomendación, más acorde a un joven, que además de llevar cien francos en el bolsillo, se ha enamorado a lo «fou»? Pero algo, así todo, me advertía que sí, que lo más prudente era no andar a aquellas horas con tanto dinero y la idea de volver sobre mis pasos y posponer un encuentro con mi nueva amiga para el día siguiente, rondaba machacona mi cabeza. Me encontraba a media hora en Metro del apartamento prestado por un mes. El gesto de sospechosa impaciencia de un desconocido, detenido ante un portal, que miraba en mi dirección, me decidió a darme la vuelta y coger la boca del Metro que acababa de dejar atrás. 


En las escaleras me crucé con un hombrecillo que se disponía a ascender penosamente los gastados peldaños, como un condenado en dirección al patíbulo, y que ofrecía todas las señales acordes a la sufrida aceptación de las normas imperantes y su resultado: una cara bien rasurada, las ojeras de quien no duerme bien, pero ya se ha habituado a ello, los labios resecos por el aire poco saludable del subterráneo, la amarga frustración no asumida de quienes dejan a otros que decidan por ellos, en fin, un escueto semblante abstraído, donde aún asoma la mortecina llama de una débil esperanza en la bondad primordial del género humano.


Aquel viejo anciano parisino, presumiblemente con no menos «esprit romantique» que yo, dejó resbalar sobre mí unos ojos desdibujados bajo los cristales color miel de unas gafas de pasta, como quien aparenta que no tiene gran cosa que contar – un asustadizo erizo que se repliega cauto bajo sus púas –, aún menos a aquellas horas, no habituales para él, y con aquel tiempo, acorde a la pulcra gabardina que vestía. Dibujé una media sonrisa con la que reconocía sin ambages su aplastante superioridad, a pesar del perfume a condena que le seguía como una estela de infortunio. Aproveché la misma puerta, aún bamboleante, que había utilizado el viejo, y me colé dentro. Mientras avanzaba en los laberínticos pasillos del Metro, me sentía como una alimaña extranjera, irrumpiendo en las heredades de los hombres cabales, a la que en realidad no estaba permitido detenerse a reflexionar. 

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