La serpiente

Por José Javier Carrasco

19/08/2023
 Actualizado a 19/08/2023
La escritora Marguerite Yourcenar.
La escritora Marguerite Yourcenar.

Al otro lado de la ventana la lluvia cae sobre los árboles del jardín con monótona insistencia, con la misma perseverancia que ella dedica a desentrañar las palabras oscuras de un maestro gnóstico referidas al pecado de nuestros primeros padres, a su sentido último. Poco le importa el tiempo de fuera, a la espera del aburrido monólogo que entablará consigo misma tan pronto como cierre el libro, tratando de establecer lo esencial del mensaje de lo que ha leído. Dispondrá de tiempo hasta la hora de la cena. Ya en la cama, antes de dormirse, extraerá las conclusiones pertinentes y sabrá a qué atenerse. Decidir si ha llegado el momento de actuar.


Desde hace unos meses, tiene el mismo sueño. En él vaga por el Edén. Sabe que es el Paraíso porque ella es Eva. Una Eva que envejece sin Adán. Solo él ha sido expulsado y condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente, mientras que ella pasa sus horas allí dentro, ociosa, en el mismo espacio maravilloso en el que vio por primera vez la luz. No sabe por qué no se conserva joven como entonces. Quizá es el castigo a su falta: envejecer y probablemente morir. La fatiga la gana al poco de iniciarse el sueño, después de un corto paseo hasta la fuente en la que se ve reflejada, donde advierte el progreso de las arrugas, el decaimiento general de sus músculos, la inminencia de la muerte. Busca, después de recobrar fuerzas, el árbol de la Ciencia y espera la llegada de Samael. No tarda en aparecer, en arrastrarse hasta ella, con su mirada hipnótica, para ofrecerle la eterna juventud a cambio de renegar de Dios.


Ha dejado el cuchillo bajo la almohada, se ha desvestido y puesto el camisón. Sentada al borde de la cama dispone los pies descalzos sobre las baldosas del suelo hasta que se enfríen. Lo hace desde niña, un recordatorio de que un día todo su cuerpo se enfriará como los pies, de que habrá llegado la hora de rendir cuentas y de que el sueño es solo un anticipo de la muerte. Cierra los ojos pendiente de que su conciencia se desvanezca y pueda perderse en la bruma. De nuevo se repite el sueño. Nada ha cambiado, la misma atmósfera de arcano, la de una verdad a punto de revelarse, envolviéndolo todo, posada sobre las hojas de los árboles, tan inmóviles como la hierba que pisa y donde sus pies se arrastran siguiendo el mismo sendero. De vuelta de la fuente, donde ha confirmado que le queda poco tiempo para regresar a la nada de la que nació, aguarda la aparición de la serpiente. Lo hace reptando con la estudiada indiferencia de otras veces. Acerca su cabeza a la suya y susurra las palabras sabidas, la invitación a la rebelión definitiva. Ella pronuncia las palabras mágicas aprendidas en el libro, busca el cuchillo bajo la almohada y le corta el cuello. Hace mucho que sabe que la serpiente no solo se llama Samael, sino además, deseo.

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