El círculo de fuego

Por José Javier Carrasco

15/07/2023
 Actualizado a 15/07/2023
El escritor leonés Pablo Andrés Escapa. | ISABEL WAGEMANN
El escritor leonés Pablo Andrés Escapa. | ISABEL WAGEMANN
Navega sobre una balsa sin bordes, siguiendo los meandros del río, afirmados los pies desnudos en sus troncos húmedos y resbaladizos, atados con débiles cordeles, mientras observa las orillas sembradas de pacientes cocodrilos, de asombrados hipopótamos sobre los que revolotean los picabueyes. Las copas de los árboles ocultan una colonia de monos que se persiguen y lanzan gritos incisivos porque adivinan la noche, mientras el sol, ese círculo mortecino de fuego, se pone y tiñe el horizonte de un resplandor fatídico. El durmiente resbala y cae al agua, yéndose al fondo.

Intenta sacudirse la plomiza modorra que le domina y mira alrededor. Permanece sentado en el taburete donde se quedó dormido. Siente frío en los pies, pero no le apetece calzarse. Echa de menos algo que no sabe concretar, quizá una bebida. Una bebida reconfortante. Le vendría bien un chocolate. Los estados de sopor, parecidos a un trance, en los que se hunde de un tiempo a esta parte, en cualquier sitio, le dejan sin fuerzas. Sale de ellos como si regresara de un largo viaje, fatigado y confuso. Son visiones en las que representa distintos papeles, – hoy el de explorador –, en diferentes situaciones, por lo general en espacios asociados a las ilustraciones de un libro de geografía que encontró hace tiempo en una librería de viejo y ha podido recuperar. Un volumen con preciosos grabados de finales del siglo XIX. Se lo regaló a una novia poco antes de que ella desapareciera, y hace unas semanas lo descubrió en el mismo escaparate de la misma librería, donde lo adquirió por primera vez. Entró y lo compró de nuevo. En casa, al pasar sus páginas, creyó oler un vago perfume reconocible, el olor de su piel atezada cuando hacían el amor. Y entonces se durmió y tuvo la primera visión. Con un final dramático, que se repite en todos los sueños que han seguido desde entonces y en los que siempre termina ahogándose.

No fue una novia como las demás. Tenía algo especial. Sobre todo su mirada. En sus ojos apuntaba ese brillo irónico con el que algunas personas desarman la curiosidad gratuita de los otros. Y ella debía tener mucho de lo que burlarse por la intensidad de su mirada, por la fijeza de aquel brillo malicioso. Como si se asomara a lo que solo ella podía ver. En ocasiones despertaba y descubría sus ojos pegados en él, analizándole. «¿Es que tú no duermes nunca?», le preguntó preocupado un día. «En realidad, no lo necesito. Otros lo hacen por mí», respondió, y sus ojos brillaron de forma especial, con una luz casi salvaje que le hizo sentir como la ofrenda propiciatoria a un ídolo pagano que aguarda paciente una señal desconocida desde su pedestal, mientras te observa.
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