Color canela

Por José Javier Carrasco

José Javier Carrasco
29/07/2023
 Actualizado a 29/07/2023
La escritora Ana Merino en una imagen promocional. | XAVIER TORRES
La escritora Ana Merino en una imagen promocional. | XAVIER TORRES

El veterinario se ha detenido a su lado. Se inclina y le acaricia la cabeza, al tiempo que le dirige unas palabras cariñosas. Mueve la cola agradecido, a la espera de que se repita la caricia. En lugar de eso, busca algo en un bolsillo de la bata blanca. Con expresión dulce, deposita en su boca una pastillita color azul de sabor salado, como a agua de mar, después otra de color rojo con un gusto indefinible. Mira alrededor y coge una botella de un estante. Vuelca un poco en un cuenco de metal y se lo acerca al hocico. Lametea el líquido. Como era de esperar, no sabe a nada, tan solo es agua. Un agua templada que, al pasar por su garganta, le produce una agradable sensación desconocida de bienestar. Hacía tiempo que no se sentía tan bien, quizá desde su tiempo de cachorro, mientras saboreaba con glotonería la leche de su madre. Seguro que las pastillas tienen mucho que ver con lo que siente, esa modorra que le invade hasta que los ojos se le cierran y todo desaparece como en un cuarto que quedase a oscuras. 

Por un instante se ve, como tantas veces, con la cabeza vuelta hacia la puerta del supermercado de su barrio donde compra su dueña, atado a una señal; un chucho más que aguarda, para volver a casa, con una expresión de humana impaciencia, mientras la gente pasa ante él indiferente, ajena a su pequeño drama, el de imaginarse quizá abandonado y olvidado. Pequeño y de color canela, sentado, mira atento sin apartar sus ojos del lugar por donde su ama ha desaparecido, tragada por un espacio que le está prohibido. Hechizado por la luz artificial que hay tras la puerta, cada salida provoca en él la misma reacción, el mismo vuelco en el corazón, a la espera de que el cuerpo que aparece cargado con una bolsa, o que arrastra un carrito, corresponda a quien lo dejó allí, a merced de cualquier azar desconocido, como que un niño suelte la correa y él decida escapar, perderse en dirección a la plaza, cruzar la calle, bordear la iglesia, ajeno a sus obligaciones de animal dócil, viejo y complaciente, para arrojarse ladrando contra las palomas que picotean en la acera. 

Le ve dirigirse a su encuentro, envuelto en una niebla tan irreal como la del sueño que acaba de tener, en el que perseguía a una paloma que acababa transformándose en otro perro idéntico a él, con la lengua fuera, asomando entre unos colmillos menos afilados que los suyos, en apariencia con ganas de jugar. Se sitúa a su lado con una jeringuilla en la mano. Ha salido de aquella bruma que le envolvía y lo observa con una expresión preocupada. Hunde la aguja en una de sus patas traseras y le inocula una sustancia, acompañada de un agudo escozor. Ladra y el veterinario coloca en su morro un extraño bozal de color blanco, que huele a alcohol. Siente la misma modorra de hace un rato, acompañada de un sentimiento de angustia, semejante a la que experimentó cuando en el sueño, en lugar de jugar con el otro perro, le acabó arrancando una oreja con la que se alejó, bien sujeta en la boca, como si fuera la última ofrenda destinada a su dueña que acaba de salir del súper y se dirige hacia él con expresión dulce e inquisitiva.

Archivado en
Lo más leído