A la Isla Bukanera no la rodea el agua, sino las creaciones de un artista que, desde hace veinte años, encontró en el barrio del Crucero un puerto idóneo en el que embarcar. «Le pusimos ese nombre Eloísa (Otero) y yo», epxlica su inquilino: «Eloísa tenía una página de poesía en Internet que desapareció y se llamaba Isla Cocotero, así que utilizamos la isla y lo de ‘Bukanero’ ya se lo puse yo, que soy un poco pirata».
Juan Rafael se pasa casi todo el día en este rincón. «Está dedicado fundamentalmente a mi trabajo, que es la pintura, y Eloísa lo utiliza para hacer alguna pequeña cosa de edición, pero también sirve como lugar de reunión en muchas ocasiones con otros artistas». Habla, precisamente, rodeado de las creaciones de amigos. También, de los más de trescientos cuadros realizados por él mismo desde hace una década. «La obra anterior la trengo en otro espacio diferente», señala, apostillando después: «La que queda, porque gran parte la perdí en una inundación en 2001».

Fue el agua la que provocó que el leonés dejara atrás buena parte de su pintura. Ahora, en esta isla que antaño hiciera las veces de almacén y que desde los años de pandemia ya luce convertida en un espacio creativo, su trayectoria pictórica convive con los vestigios de un padre ebanista, encarnados en el ventanuco por el que asoma la cabeza el autor desde una biblioteca construida con sus propias manos. «Aquí, en las paredes, voy colocando mi obra para ir viéndola, porque yo necesito ver las cosas después de acabarlas, al menos durante un tiempo, para darles la conformidad», relata: «Es como el periodo de crianza; cuando ya están maduros, los retiro y los guardo».
Del espacio –dice–. «poco más: no es muy grande, pero cumple la función que tiene que cumplir». Y es que en él no sólo ha alumbrado su obra este artista, que es también autor del mobiliario reciclado en un enclave que va adquiriendo apéndices a medida que necesita espacio. Es la herencia genética que le transmitió su progenitor; que hoy puede verse en la destreza del leonés mientras lija la madera que le servirá de bastidor para su lienzo.

Y lija acompañado de elementos que construyen de alguna forma su personalidad, como una pata de jamón a la que –afirma– «ya hay que darle matarile». O una bandeja con forma de rabel que descuelga de la pared para quitarle el polvo. O una de las poesías de su compañera de vida y de taller. O unas piezas que firma en su parte trasera porque –asegura– «la firma en la cara estropea el cuadro».
Todo en un taller que el autor percibe en una suerte de privilegio. «Es lo que debería tener cualquier artista», refleja: «A mí me ha costado muchos años llegar a tener este espacio y adecuarlo para trabajar». En sus palabras, «hay muchos artistas que trabajan desde casa, en pequeños cuartos» y lo que concede un lugar como este es «un respiro». «Aquí, por lo menos, respiras», añade: «Tienes una acción real de trabajo».
No es el único espacio de estas características en una zona que ha sido apodada como «el Soho leonés». No es el único, pero sí quizá el de más solera de entre los que se encuentran en el que desde hace un par de años es considerado el Barrio de los Artistas. «Lo que queremos es demostrar que en este barrio hay más cosas», revela entre risas: «A veces hacemos bromas con lo de León Oeste, como si esto fuera el Oeste».

A su modo de ver, «cada vez hay más gente que se traslada a esta zona». Un hecho que el leonés atribuye, como es lógico, a que «suele ser algo más barata que el centro». Aun así, aprecia entre el casco histórico y el barrio una especie de «barrera psicológica» representada por «el río y las vías» de tren. «Cruzas el río, cruzas las vías y parece que estás en otro mundo», describe: «Y tampoco es así; estamos a tiro de piedra del centro de la ciudad».
Así, siempre con la puerta abierta –excepto cuando quiere escapar del calor– rompe Juan Rafael la barrera que marcan las vías y el río. Lo hace al ritmo suave de alguna melodía, con el sonido de la lija sobre el bastidor, entre libros y cuadros. Entre citas como las que gritan sus paredes parafraseando a Carl Jung. «Lo peor que le puede ocurrir a cualquiera es que se le comprenda», refleja una. Y como un náufrago en esta Isla Bukanera, no hace falta que nadie le comprenda además de sí mismo.
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