Abre la puerta José Antonio Santocildes vestido de la parsimonia que le confiere su taller, su refugio creativo, su «lugar de ensueño». La abre y muestra, antes de invitar a entrar a este rincón erigido en Carrizo, una portada que, a base de piedra y madera de abedul, resulta buena carta de presentación: con una entrada así, no es difícil vaticinar las sorpresas que esperan dentro.
Varios metros de árboles de hormigón, calizas y rocas que se hacen bóveda cruzada y arcos de medio punto, cuadros, tallas, obras y más obras construyen sin igual una estética preciosa a caballo entre lo bucólico y lo rupestre.
– ¿Esto se acaba alguna vez?– pregunta una vocecita asombrada.
– Nunca– responde el artista.

Él mismo lo dice: «No ha habido tanto tiempo en el mundo para hacer tanta obra de arte». Lo dice mientras pica una de las más de un millón de piedras que construyen desde el suelo su lugar; muchas de ellas, llegadas desde una cercana gravera.
– Tengo una pequeña idea de lo que tengo, pero es que es toda la historia de una vida– revela este creador afanoso, que confiesa haber «perdido la noción de tantas cosas que hay».
Todo lo hace a mano Santocildes, que sólo ha usado grúa una vez para hacer alguno de sus 17 arcos entre los grandes y los de medio punto, sempiternamente arropado por obras que, en algunos casos, ya han cumplido las dos décadas. «Se vive así», resume él: «El artista crea y crea, pero ya sabes que el negocio del arte es muy complicado».
Y habla pausado, habiendo culminado ya las escaleras que suben hacia lo que bautiza su «estudio», con esa calma que da cuenta de la atención que le presta al pensamiento. Aunque no sabe cuántas creaciones puede guarecer este refugio, estima que centenares. Y es que el artista, como dice, «crea y crea» hasta que ya no sabe dónde empieza su obra y dónde termina él. En un lugar como este, tampoco dónde termina el artista y dónde empieza el taller.
– ¿Cómo de importante es para el artista un espacio así?
– Tener la posibilidad de crearlo es muy importante porque lo haces con una pasión de adentro– espeta con cautela, aferrado a la costumbre del meditar.– A mí me parece importantísimo porque te sientes– respira un segundo...– Te sientes como que fuera tu familia. Entras aquí y vas viendo, pieza por pieza, recuerdos... Y cómo puedes estudiar, cómo puedes lograr otro desafío más– mira directamente a los ojos.– Eso es una experiencia espectacular.

El autor del guirrio más grande del mundo y del conocido como Negrillón de Velilla de la Reina no esconde su malestar cuando alude al Cristo de Carrizo que protege su taller. Su historia intrincada, su condición de exiliado, sugieren en Santocildes, que lo cuida y lo valora, un ejercicio de reflexión.
– Pasando el tiempo, pienso que la obra de muchos artistas muere. Su obra desaparece y ¿quién la puede interpretar mejor que el propio artista?– considera.– Yo disfruto de mi espacio y disfruto de mi obra porque ya sabes que en el arte hay tantas opiniones... Una obra que tiene mucho valor para uno, para otro no lo tiene.
No se plantea el leonés de Grisuela del Páramo lo que será de este lugar cuando él ya no esté. Vivir en el presente, con la mente y las manos artesanas puestas en los relieves, cuadros y grabados del ahora, son piezas sin las que no se construye el puzle que es la personalidad del creador. Lo sabe bien Santocildes, que se desafía a sí mismo y a la humanidad en un rincón que destila atemporalidad; allí donde el pasado, el presente y el futuro no existen tanto como existe el lugar. «Lo bueno del artista es crear sobre lo que se ve», refleja el protagonista: «Yo veo mi arboleda».
Por eso la pinta, sentado en una silla que vive enfrentada a una pared. En ella coloca estratégicamente el autor su paleta. Sobre su lienzo, tendido en el muro, cuelga un reloj, que es testigo de un tiempo que en este taller no pasa del todo.
– Yo disfruto y disfrutaré hasta que esté aquí– zanja el leonés.
Poco más hay que decir. Solo despedir al menospreciado Cristo riberano y a los mirlos que han plantado su nido en una obra del autor, del taller, fruto de la tranquilidad. Solo desearle un buen día al artista, esperando a que cierre la puerta, la portada, y decirle «hasta pronto», mientras él, en un acto reflejo, regresa a la ensoñación de su lugar.
