Dice Uriarte que ha «tenido cientos de estudios»; cientos de talleres habitados por las obras que después ocuparían espacios como la calle Ordoño II, la plaza de las Cortes Leonesas o la de la Regla, bajo la imponente Catedral. Desde hace un tiempo, es su propia casa la que alberga el ímpetu creativo que es caldo de cultivo para sus creaciones. «Me he cambiado hace año y medio del barrio húmedo para aquí», revela entre bromas: «Estoy encantado porque la media de edad en este barrio es de 22 años y a ver si se me pega algo».
Aunque más acostumbrado al centro – «yo siempre fui muy del Húmedo»–, La Palomera ha dado la bienvenida a este leonés que se encomendó al arte en su temprana adolescencia. Ahora, más mayor, trabaja desde el recogimiento, desde la intimidad que le concede su propio hogar en un proceso que él define de una singular forma. «Yo creo que la edad obliga a ser metódico en los trabajos, a entrar en un metodismo cartesiano», explica acompañado de cierta austeridad: «No tengo ninguna exigencia ahora mismo de un local grande ni nada; tengo todo muy a mano... Hasta la nevera. No puedo pedir más, me arreglo bien».

Se arregla bien este artista que tiene buena parte de su obra en uno de los tendidos de la plaza de Toros. Un artista que ya tiene la mira puesta en las exposiciones que le quedan por delante; desde una de paisajes clásicos –«al final, siempre se vuelve al principio», opina– hasta una «pensando en Chillida». «Tampoco voy a hacer grandes fastos de exposiciones», confiesa, pero, entre sus proyectos, está el de rendir homenaje a Manuel Jular.
Le define como su «padre en lo artístico» y de su mano alumbró la muestra ‘Our way’, que se extendió durante el año 2005 entre el Palacio de los Guzmanes y la sala de exposiciones del viejo Ayuntamiento de León. Esta vez, el artista quiere rendir tributo a su mentor con una segunda parte de la muestra que saque a relucir los resquicios de unas obras que se vieron sometidas a la vandalización de los ladrones que hace tiempo entraron a robar al almacén que las guarecía.
Sus ideas claras, auspiciadas en la forma metódica de trabajar, permiten a Uriarte no titubear en sus cálculos. «Ya esté llegando el final del camino», apunta: «El tema está en que podré hacer cuatro o cinco exposiciones importantes».

Habla desde una sala que desvela su faceta de coleccionista, repleta como está de discos, libros, cuadros y esculturas de otros artistas. Antes fueron las calles Conde Luna y Ruiz de Salazar las que cobijaron su pulsión creativa. Aunque son solo dos de los muchas a las que puede aludir Uriarte. «Tuve un estudio encima del bar Benito, que creo que fue el primero y no tenía ni la edad para poder hacer el contrato», rememora: «Benito no me cobraba; me dijo que iba a arreglar la casa y que, cuando estuviera, me marchara».
Ahí estuvo dos años y medio. «De ese estudio marché, yo creo que con 19 ó 20, a un tercer piso de una calle de por allí, creo que Mulhacín», continúa: «Ahí empecé a compartir piso con otros pintores y aquello era una comuna muy divertida». Se le escapa una sonrisa: «Fue un tiempo muy agradable».
Han sido múltiples los espacios que le han ido viendo crecer. De la mano de ese cambio de ubicaciones, ha cambiado también su arte. Y es que considera el artista que «la gente se tiene que adaptar obligatoriamente al medio» tal y como lo ha hecho él mismo.

«Ahora me adapto a un tamaño muy pequeño con esa ténica y, cuando tengo ya toda la exposición preparada, me enfrento a ella con los lienzos en blanco, que es muy interesante saber si puedes con ello o no porque el lienzo en blanco es un ‘horror vacui’ que, al pregar la primera pincelada, se convierte en algo fantástico», relata. Y vuelve al espacio: «Te condiciona de tal manera como me condiciona a mí, que tengo que trabajar en bocetos para no estar en un sitio que puede ser inhóspito a la hora de pintar».
Para ejemplificarlo, quizá gajes del oficio, recurre a una evocadora analogía. «Ahora mismo somos urbanitas», apostilla: «Si te meten en la selva amazónica, seguro que te salen colmillos para poder comer la carne». Pero Uriarte, en lugar de colmillos, ha desarrollado la conciencia de que no siempre se necesita un gran espacio para embarcarse en la aventura de crear.
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