El taller de Graciela en San Feliz de Torío: donde el vidrio deja pasar la luz y los recuerdos

Graciela García-Zurdo Robles trabaja a diario en un taller lleno de sus propias obras y de las piezas y anécdotas que, a lo largo de su vida, fue cosechando junto a su padre, Luis García Zurdo

04/08/2026
 Actualizado a 04/08/2026
https://youtu.be/v-quM8gXfls

«Este sitio es un espacio de trabajo, de creación y, sobre todo, de estar, porque también es vivienda». Así presenta Graciela, que firma G. Zurdo Robles, un lugar que da la bienvenida con el azul de su balcón y sus ventanas; que llama la atención por la hiedra salvaje de su fachada y cuyo interior refugia del ruido extenuante a quien lo visita. Un lugar que fue casa de labranza allá por el siglo XVIII y que su padre, Luis García Zurdo, decidió restaurar para convertirlo en vivienda. 

En sus antiguas cuadras, donde antaño trabajara con ahínco el laureado artista, ahora trabaja Graciela, que, en un gesto natural, un día cogió el testigo. Aunque no sabe exactamente cuándo. «El trabajo artístico es algo que se va filtrando», enuncia la leonesa: «No es algo en lo que te pongas de tal a tal hora y lo desarrolles en ese tramo, sino que está mezclado con la vida, con el estilo de relaciones, con tu forma de estar». 

Una imagen del interior del taller de San Feliz de Torío
Una imagen del interior del taller de San Feliz de Torío. | SAÚL ARÉN

Habla, sentada sobre uno de los cuatro taburetes de piedra que acompañan a la mesa rústica de mismo material, con una serenidad que le sienta bien a este lugar de San Feliz de Torío. Habla Graciela, que con su voz dulce confiesa su amor por el arte que descubrió con su padre, que después conoció en sus estudios y que terminó cultivando, de nuevo, de la mano de su progenitor. «No recuerdo un momento en que dijera que me iba a poner a pintar», dice: «Decidí estudiar Bellas artes, que eso sí pudo ser el paso a encaminarme hacia esta labor, pero fíjate: ni siquiera lo veo como algo que sea una labor profesional como tal, sino que son unos estudios que te pueden servir también para desarrollar cualquier otro trabajo».

Esa labor no profesional le sirve para ocupar el tiempo en alguna obra de pintura al natural, pues –considera– «el verdadero taller es el de la naturaleza». Pero no es menos taller el que cobija muchas de sus creaciones; el que le concede el espacio suficiente para restaurar, con el rigor y la meticulosidad que exige, la vidriera de un convento franciscano de Santiago de Compostela en compañía de Roberto Mateos, asiduo colaborador de su padre.

Y es que las dos generaciones de Zurdo las rezuma un rincón atravesado por los recuerdos, igual que la luz atraviesa los vidrios. Un rincón que pasó de unas manos a otras y en el que padre e hija también trabajaron al mismo tiempo. «Mi padre era una persona muy comunicativa, le gustaba mucho comentar todo acerca de los materiales, le ponía muchos adjetivos a los colores, cogía las hojas de vidrio y las poníamos juntos a la luz», rememora emotiva: «Todo eso fue muy bonito porque, en esa época, mi padre estaba más relajado a nivel laboral y yo ya iba teniendo una edad, así que podíamos trabajar con bastante tiempo». El tono suave y el brillo de ternura en sus ojos al hablar de su predecesor convierten ese tiempo artístico compartido del pasado en una presente conclusión; la que ella misma destaca: «A nivel hija, fue como un regalo».

Graciela García Zurdo Robles junto a la vidriera del convento franciscano de Santiago de Compostela que se encuentra restaurando
Graciela junto a la vidriera del convento franciscano que se encuentra restaurando. | SAÚL ARÉN

De Zurdo padre quedan varias obras, como ‘El sayón del rey’ que Zurdo hija mira con emoción a través de la ventana. Quedan obras que nunca pretendieron serlo, como la pared que quiso pintar de blanco y que después usó como caldo de cultivo para su arte. En ella hay resquicios de las puntas con las que colgó sus lienzos. También resquicios de melodías, reflexiones y fragmentos literarios. 

Graciela habla de su mundo interior con nostalgia, de los misterios del vidrio que fue desentrañando junto a su padre, de esa especie de muro de las anotaciones. Y lee: «Toda palabra es una metáfora muerta». Y vuelve a leer: «Velar se debe la vida, de tal suerte, que quede vida en la muerte». Lo recita con el encogimiento de la emoción. Desde un taller que hoy es suyo y que destaca por su carácter «humanizado». «Ahí están todas las vivencias, toda la música que él escuchaba continuamente y hasta las conversaciones por teléfono, porque le llamaban mucho», describe: «Yo mientras continuaba trabajando y le oía con sus expresiones... Había mucho disfrute y mucho ingrediente vital  en todo ese tejido artístico».

Por eso rebosan los recuerdos como los hilos que unen a Graciela y a su padre. Por eso rebosan, convirtiendo este lugar creativo y familiar en todo un taller de la memoria.

La artista ante la mesa de luz que es indispensable para realizar su trabajo
La artista ante la mesa de luz que es indispensable para realizar su trabajo. | SAÚL ARÉN

 

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