La socarronería la destila Amancio González casi tanto como las especies vivas e inertes que guarece su taller. Quizá queriendo aliviar el peso de su obra que normalmente luce grandes dimensiones, bautizó a su gato Dalí, «por los bigotes», y a su mastín enorme Tritón, aunque el parecido con el ser mitológico caracteriza mucho más a la figura que ya es su seña de identidad: ese homúnculo desgarbado que rezuma suma inocencia.
De él hay no pocas muestras en la capital provincial, haciendo las veces el autor de Villahibiera de escultor municipal, si es que realmente existiera el puesto. «Normalmente se presentan proyectos y, si lo aprueban, ya más o menos la idea está contenida ahí», explica: «Aunque luego yo, fruto del proceso, a veces hago algunas pequeñas modificaciones, pero siempre para mejorar la obra».

Traduce sus palabras en una libertad que describe «casi total». Una libertad que, además, se lee entre líneas en sus creaciones, que son numerosas en León, pero también en otros rincones de la geografía nacional y del mundo. India, Turquía, México y Chipre son algunos de los destinos de su ímpetu de creación, que de una forma u otra nace austera en su taller de Lorenzana. A través de los esqueletos aún por hacer, emanando de las ideas que revolotean entre retales y piezas ya hechas o respondiendo a la sugerencia en la mirada apagada de los escritores que un día retrató y que hoy exigen a Amancio seguir escribiendo, a su manera, con la escultura.
«Aquí no hay ningún tipo de presión», anuncia. En su rostro, la prueba irrefutable de que lo siguiente será un chascarrillo. «El único inconveniente que tengo a veces es el perro que se pone debajo y los gatos reclamando comida», suelta risueñoo: «Aparte de eso, pocas más elementos de tensión».
Más bien, la tensión se levanta al tiempo que las esculturas, que suben escaleras, que empujan las paredes… Que se convierten de pronto en el mito de Sísifo, provocando con su esfuerzo una pregunta: ¿Qué quiere decir el artista?

«Ya hace mucho tiempo que me di cuenta de que o eres un gran escultor figurativo, que no es mi caso, o tienes que recurrir a algunos trucos para hacer que la figura sea atractiva», explica. Y es que habitualmente el leonés hace uso de una serie de «elementos que hagan que la figura diga algo más». Así describe el proceso: «Tratar las esculturas siempre en clave simbólica, intentar llevar al espectador a un mundo más onírico que real». O lo que es lo mismo: «Cuando le cargo un peso a una figura, no estoy hablando del molinero. Todos tenemos mundo interior y a veces de lo que se trata es de conectar con ese mundo». En sus palabras, «esos elementos siempre funcionan en clave simbólica».
Tiene de todo en su espacio. Desde un tritón de 600 kilos de madera hasta un Gaudí aún por hacer; desde una escribanía hecha en su juventud en Talavera de la Reina hasta los moldes de los que sale la cera y, más tarde, la pieza final. Por tener, tiene Amancio en Lorenzana hasta una «zona de rescate de pinturas» que recoge por respeto de los contenedores.
Aun así, opina el artista que, «a medida que vas creciendo, va surgiendo la necesidad de desprenderse de las cosas». En esa tarea machadiana de aligerar el equipaje tiene puesta ahora la mira. «Esa tendencia de acumular objetos y cosas, es lo primero de lo que me tengo que desprender este año; es mi propósito para este año», confiesa: «El inglés lo dejé aparcado ya hace unos años, que era el propósito inicial; como vi que era imposible, ahora intento no traer más cosas al taller».

Dice que «los 45 ó 50 años de vida» que le queden, los va «a destinar a intentar acabar todo» lo que tiene en el taller. Mientras tanto, Amancio invita a entrar con su aspecto calmado y algo de música de fondo. Han sido muchos los pupilos llegados de distintas partes del mundo que han aprendido bajo su tutela en este rincón desorganizado, acompañado de más de un centenar de obras, por el que el escultor se maneja con cierta organización. Su apego al sitio no es desmedido, aunque sí algo romántico.
Por eso echa mano de la ironía para evitar pensar en lo que será, después de esos 40 ó 50 años que aún le quedan por delante, del lugar. «Es una pregunta...», introduce fingiendo ligeramente su incomodidad: «Ya has empezado mal, ¿me has puesto un fin?». Se le escapa una risilla antes de, finalmente, prestarse a responder: «No, no digo lo que acabará siendo... Ni lo quiero pensar».
Y, aunque «el Amancio fresco se diluye» cuando le enfoca una cámara, la socarronería forma tanta parte de su personalidad como lo que guarece su taller, que cobija a través de sus habitantes y de su aspecto las ideas de su dueño. Ideas que son casi un emblema, como la que, al final, concede el escultor: «Las mejores herramientas siempre están en la cabeza». La suya es un ejemplo bastante claro.
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