El taller de Fernando en Almanza: donde la ferrería reivindica la 'f' del oficio artesano

Soldaduras Fer está en Almanza y es donde Fernando Ortiz invierte buena parte de sus días (y algunas noches) para dar a luz a sus esculturas hechas a mano

14/07/2026
 Actualizado a 14/07/2026
https://youtu.be/TT3pTdiTmUQ

La herrería recupera la ‘f’ latina con Fernando Ortiz. La inicial de su nombre es oportuna en este espacio que recupera una costumbre artesana que se remonta a tiempos en que la ‘h’ todavía no se había colado en el ‘ferro’ ni en la ‘ferrería’. Es aquí, en Soldaduras Fer, donde el leonés trabaja desde hace tres años, convirtiendo el enclave de Almanza en una de las pocas herrerías artísticas que hay en la provincia.

«Se intenta hacer arte», anuncia a modo de prólogo, tiñendo sus palabras de un tono humilde que concuerda con la quietud del sitio; con su silencio. «Es verdad que hago más cosas porque estoy en el medio rural y doy un servicio a la gente», continúa un artesano que practica la carpintería del metal: «Pero yo no quería que esto fuera una carpintería metálica y por eso es una herrería artística, que es algo fuera de lo normal». 

Dice que le «gusta más la escultura» porque «eso lo metes en una máquina y haces cien en lo que» él hace uno. Lo dice señalando la pieza que corona su taller. Es el portón de un cementerio, el de Garfín, sobre el que el herrero ha plasmado su oficio. En la puerta izquierda, las alas que emanan de la espalda de la figura delatan a Afrodita. Frente a la diosa del amor, en la puerta derecha, revolotea estática su querida mascota, la simbólica paloma de la paz. 

Fernando Artiz trabajando sobre una de las esculturas que guarece su taller, Soldaduras Fer, ubicado desde hace varios años en Almanza
Fernando Artiz trabajando sobre una de las esculturas que guarece su taller en Almanza. | SAÚL ARÉN

A su alrededor, se mueve Fernando con ligereza, rodeado de algunas de las piezas que ilustran la faceta artística de este rincón. Trabaja en la pulcritud de su local, perfectamente ordenado, soldando con soltura una gallina. «Yo era soldador de estructuras y esto no tiene nada que ver», revela junto a su ave metálica: «Sueldo porque doy forma a los hierros, pero aquello era pegar hierros y que se sujetaran». Y confiesa que le «aburre hacer puertas y barandillas»; prefiere deleitarse con el intento de «hacer cosas distintas a la forja de toda la vida».

Toda la vida es lo que, prácticamente, lleva Fernando dedicándose al hierro. En «veintimuchos» cifra el número de años. En todo este tiempo, han sido multitud las obras que han visto la luz con su firma. Es autor de una escultura en la que invirtió mil doscientas horas y que ahora habita la glorieta del puente de los Leones. Es, también, el responsable de prácticamente todas las obras que iluminan festivas este Pueblo Europeo de la Navidad.

«Es un trabajo que da mucha satisfacción, pero no se aprecia en sí porque hay mucha gente ve cuatro hierros y ya está», considera, distinguiendo aun así que hay quienes «sí lo aprecian». «El arte en España no es nada fácil; por lo menos, desde mi punto de vista», sigue: «Habrá a quien le vaya bien, pero es muy complicado... Y más cuando todo es hecho a mano, que tiene mucho valor». Todo ello con un enemigo directo frente al que el trabajo del artesano muchas veces no puede competir: «Siempre está lo industrial, que es mucho más barato».

El primer asomo del ave metálica, basada en la imagen que se ve al fondo, después convertida en dibujo por Ortiz
El primer asomo del ave metálica, basada en la imagen que se ve al fondo. | SAÚL ARÉN

Por eso adquieren relevancia espacios como este. Su olor y su sonido no exudan nada industrial; dan cuenta, más bien, de la soledad escogida del dueño. De la tranquilidad construida para trabajar, siempre con las propias manos. «Es muy importante», confirma el herrero: «Yo he llegado a pasar las noches aquí. Sobre todo, cuando llegan las Navidades; hay días que he hecho seguidas hasta 24 o 36 horas». 

Así que sigue trabajando este artesano, este artista que dibuja en la mesa las obras que después traslada al hierro. Y, aunque dice que el dibujo no es lo suyo, la gallina que se levanta sobre su mesa de trabajo quiere decir todo lo contrario. «Antes los pueblos tenían gallinas sueltas por la calle», bromea apuntando una verdad: «Ahora habrá que encontrar algún sitio que quiera tener las gallinas por el pueblo».

Al suyo lo adornan en fechas festivas piezas en las que este año ya ha empezado a trabajar. Tampoco es que lo tenga todo claro; muchas veces, Fernando Ortiz improvisa. Va moldeando los hierros con una idea a modo de bosquejo, pero permitiéndose ir modificándola a medida que avanza el proceso. Es lo que tiene el adjetivo ‘artístico’, que poco tiene que ver con lo industrial. Es lo que tiene, además, el trabajo hecho a mano, que vuelve a concederle la ‘f’ a la ferrería por su tradición artesanal.

El artista y artesano a la derecha, ante su mesa de trabajo, y el portón del cementerio de Garfín a la izquierda
El artista a la derecha, ante su mesa de trabajo, y el portón del cementerio de Garfín a la izquierda. | SAÚL ARÉN

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