El taller de Sara en Calaveras: donde los domingos no significan tener que marchar

Sara Macho Vargas da rienda suelta a su multitud de facetas artísticas en Calaveras de Arriba, de donde nunca quiso irse y a donde siempre quiso regresar

21/07/2026
 Actualizado a 21/07/2026
https://youtu.be/2IzwV48tw68

«Lo compré con 25 y tengo 32. Casi 33: la edad de Cristo». Lo dice Sara Macho Vargas sobre su taller. En él trabaja cada día, ampliando el horizonte de sus intereses hasta convertirse en lo que es hoy: una creadora polifacética que tan pronto restaura el retablo de Almanza o un mantón de manila como tatúa, estampa ropa con sus diseños o pinta un mural. 

«Soy como artista en general y restauradora de obras de arte como en primer lugar, como oficio principal», se presenta sucinta, con aires de humildad. Está sentada en uno de los muchos espacios dentro del suyo. Sobre un sofá que tiene ante él una mesa en la que reposa una madreña. No es la única y así lo demuestran los dibujos que, tras ella, aportan un toque de color a lo blanquecino de la pared. 

No es casualidad que los múltiples asomos de este tipo de calzado tradicional capturen la mirada del observador. Todos ellos adquieren en su entorno un matiz novedoso; con algo de trangresor y mucho de moderno. «Digamos que tengo la nave dividida en tres cachitos y en cada uno hago una cosa», continúa la leonesa, que enumera: «Hago también cuadros por encargo, exposiciones, pintura, escultura, tatuajes –que diríamos que es la parte principal– y, luego, La Madreña Moderna, que es un poco llevando el arte a la ropa y lo produzco también aquí, en Calaveras». 

Sara Macho Vargas durante la conversación en el interior de taller, sentada ante una de sus madreñas. SAÚL ARÉN
Sara Macho Vargas durante la conversación en el interior de taller, sentada ante una de sus madreñas. | SAÚL ARÉN

Su inagotable energía es, quizá, lo que le permite mantener siempre el entusiasmo en todo lo que hace. Lo que le lleva, también, a hacer todo lo posible por no parar nunca de hacer. Su filosofía la resume en una simple frase: «Tengo un Diógenes laboral muy bestia». Por eso pinta, diseña, tatúa, restaura y hasta ha montado un bar junto a su hermana en Puente Almuhey. Todo, eso sí, manteniendo como base de operaciones su pueblo, Calaveras de Arriba; el lugar del que nunca quiso irse y al que siempre quiso volver.

«El hecho de poder tener tu estudio y que no se convierta en un estudio de fin de semana... Que yo venga y que se haya convertido en mi sitio de trabajo, la manera de vivir de aquí... Es ya como redondo», asegura sempiternamente acompañada por un chascarrillo: «A mí la lotería no me va a tocar, pero no pasa nada si no me toca». Lo que apunta después describe bien su esencia: «El domingo es mi día favorito porque sé que no me tengo que ir a ningún sitio». Lo revela cómoda y dicharachera –es imposible imaginarla de otra manera– definiendo el local como su lugar preferido en el mundo. «Es lo que me ha hecho crecer como artista, incluso como persona... Convertir eso en mi trabajo es bomba», añade.

Y es que tiene mucho que decir esta joven que, ducha como es en palabras, ha encontrado la manera de hablar por medios que trascienden las fronteras limitadas de las grafías. Comunica a través de sus muchas facetas y lo hace incluso a través de un taller que, en la zona, ya se ha convertido en todo un centro cultural. «Siempre he querido que mi estudio esté bien para que sea un sitio agradable para la gente que viene, que sea una especie de ‘voy a echar un ratito con Sara y que me pinte’», relata: «Mucha gente ha conocido Calaveras por mi estudio y eso es algo que a mí me enorgullece».

Tiene algo de reivindicativo el establecerse en el pueblo, el usar un comedero de ovejas como almacén de rotuladores, el llamar a una marca de ropa La Madreña Moderna… Son distintas formas de poner a Calaveras en ese mapa del imaginario colectivo que tantas veces obvia al medio rural. «Si la gente sabe que Calaveras existe, ñpues igua mañana tiene una carretera mejor o igual tiene cobertura», considera: «Calaveras existirá mientras recordemos que está ahí». Tampoco es que se sienta presionada: «De eso ya me ocupo yo». 

Una imagen del espacio (también en el interior del taller) que la joven artista de Calaveras de Arriba destina como estudio de tatuaje.SAÚL ARÉN
Una imagen del espacio que la joven artista de Calaveras de Arriba destina como estudio de tatuaje. |  SAÚL ARÉN

Y se ocupa sin horarios. «Pues porque me tengo que ir a dormir...», responde sincera a la petición de cifrar las horas que pasa al día en su espacio: «Es verdad que no madrugo, odio madrugar; eso me lo han dado Calaveras y este estudio, pero estoy todo el día aquí». Solo el deber artístico que se ejerce en el exterior y que contesta al grito de auxilio de los murales desnudos sacan a Sara, de vez en cuando, de su lugar. «Me encanta estar aquí y llega mi día libre y pienso '¿cómo no voy a ir un ratillo a hacer algo?'», confiesa: «Es verdad que mi hobby y mi trabajo se han convertido en lo mismo, entonces siempre estoy aquí». Suelta una carcajada: «Siempre que puedo, que es todo el día».

Por eso mismo Sara no para un segundo. Por eso ya tiene planes para el futuro. Entre todos ellos no entra ni por asomo el de dejar de crear. Tampoco el de dejar de convertir, paulatinamente, con la paciencia que concede el aire puro, esta antigua nave de ovejas en su particular hogar. «Me encantaría, como Picasso en sus últimos días de vida, hacer algo de barro, porque yo hago moldeado de arcilla para luego hacer el molde final de resina y lo uso para hacer el manzano y todas esas figuras», termina por decir: «Pero eso cuando me jubile... O igual antes, nunca se sabe... A los 40 hemos dicho. Me queda poco: otros siete años más».

Así, siempre dispuesta a las bromas, trabaja Sara Macho Vargas desde Calaveras de Arriba. Lo hace en un espacio que construye y al que cuida con mimo, donde tatúa, pinta y estampa con mimo también. Lo hace con las ideas claras y haciendo gala de su destreza. Lo hace, sobre todo, con las ganas constantes de hacer ondeando de su mano a modo de bandera. En su reverso, como una marca de agua, seguro que pone ‘La Madreña Moderna’.

El espacio sirve de taller de estampación de La Madreña Moderna.SAÚL ARÉN
El espacio sirve de taller de estampación de La Madreña Moderna. |  SAÚL ARÉN

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