No sólo las piezas que habitualmente habitan sus cuadros son recicladas. También lo son los soportes que hacen las veces de lienzo, como el cartelón de un negocio en cuya parte trasera todavía pueden verse los rótulos. Lo es igualmente el mobiliario que sostiene esas piezas, esos soportes y las herramientas de las que Sebas Román echa mano para alumbrar su arte desde Miñambres de la Valduerna.
«Me queda muy cerca de mi otro taller, que es el santuario de Castrotierra», explica el leonés: «Lo que es el cerro, que es donde realizo las fotos, aunque últimamente las estoy haciendo más desde el taller». Siempre a caballo entre un pueblo y otro, el leonés se viste de pragmatismo para justificar su cambio de escenario. «Mi padre decidió tirar mi anterior taller y quitarle un piso a la casa y dije ¿dónde voy?», ríe. Y se responde, como aquella vez se respondió: «A casa de mi abuelo, que es esta; a casa de mi abuelo Lorenzo, que fue el molinero de Miñambres».

Hasta el espacio creativo de Román responde a los parámetros del reciclaje, siendo como ha sido la casa del abuelo heredada por el nieto y convertida, después, en un taller. «De hecho, si te fijas, los muros he conservado los anteriores porque funcionan y porque realmente antiguamente hacían las cosas y las hacían para durar», expresa seguro.
Y es que el proceso que el artista define poético como «dar una segunda vida» ha estado estrechamente vinculado a la suya. En una suerte de hilo conductor, desde que nació, Sebas se aferró de lleno a las nuevas oportunidades; al aprecio de las posibilidades latentes en aquello que el resto solemos tratar con desprecio. «Es una barbaridad la de cosas que se desechan y no se les puede dar vida y yo, realmente, de todo lo que cae en mí puedo reciclar un porcentaje mínimo», considera. Y recurre a los «problemas de salud» a los que se enfrentó recién nacido como el motivo primigenio para que la reutilización de los materiales fuera un factor determinante en su forma de crear: «Es como dar una segunda vida; dar una segunda oportunidad a lo que los demás han desechado».

Cuenta que, siendo un niño, el maestro del pueblo, cuando todavía lo había, puso en marcha una limpieza del monte para la que pupilos como Sebas dibujaron los carteles. Aquello le hizo tomar conciencia de una pulsión que traslada a obras como las que residen en este espacio, transferidas del papel a superficies como la carrocería de una lambretta –otra de sus grandes aficiones– gracias, dice, a «la peor impresora».
Aunque el leonés cultivó el arte textil y la pintura siempre en una forma de arte de aprovechamiento, no fue hasta que se dio cuenta de que era daltónico cuando empezó a centrar sus esfuerzos en las piezas que hoy son emblema de su estilo y que, en su mayoría, se consiguen con los vestigios de aparatos electrónicos. «Sinceramente, es de lo que más hay en los vertederos», relata: «A nivel informático es descomunal. ¡Y lo rápido que envejece!... Se devalúa de tal manera que algunos directamente no lo arreglan porque dicen ¿para qué lo voy a arreglar si me vale poco más comprar esta pieza otra vez y que sea mejor?».

Contra esa obsolescencia, que se produce «casi a la salida de la tienda», lucha Sebas Román, acostumbrado como está a sacar lustre al potencial artístico de las cosas que, en apariencia, no lo tienen. Quizá por ello retira con mimo el capuchón de la aguja que hace las veces de mastil de un rascacielos al puro estilo Empire State... Pero en miniatura. Cuenta que, en una de sus tempranas visitas al hospital, la enfermera, jeringuilla en mano, le dijo que iba a «sacar el tomate». Desde entonces, no ha vuelto a comer la salsa, pero agujas como la que sujetó la sanitaria son frecuentes y numerosas en su haber artístico.
Es sólo una de las muchas historias que tiene por contar este leonés, que se mueve enérgico por entre las creaciones que han ocupado su tiempo desde los años de carrera. De la pintura rápida a la escultura a base de teclas y microchips. Y del textil a la fotografía de sus diversos universos futuristas. Todos tienen en común a un artista preocupado, sabedor de que «por el camino que vamos, vamos mal». Un artista cuya obra es una muestra de que el reciclaje puede ir mucho más allá de una cuestión reivindicativa. «Ha sido el leitmotiv de mi manera de ser y de pensar», zanja tranquilo, sentado junto al cartelón de un viejo negocio ya convertido en lienzo para su arte, el artista de La Valduerna y del reciclaje Sebas Román.
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