En el parque de La Candamia encontré a Juan

Aquella tarde decidí continuar a la vera del río Torío y, con ello, sin llevarlo escrito en mi agenda, descubrí la historia de Juan

Gregorio Fernández Castañón
25/08/2026
 Actualizado a 25/08/2026
Juan, orgulloso de su creación, posa frente a la casa. G.F.C
Juan, orgulloso de su creación, posa frente a la casa. G.F.C

Sintiendo con fuerza la voz rústica que gritó mi nombre al nacer, aquella tarde decidí visitar, una vez más, La Candamia. Ese bello paraje que, con sus 400.000 m2 –el parque más extenso de León–, se encuentra situado justo a la orilla bondadosa de un anhelado silencio. Y disfruté, no lo voy a negar, de la sombra alargada que me ofrecían los árboles, así como de los arroyos y de los lagos artificiales, por donde un buen número de ánades reales, con sus incesantes nadas, rompían la quietud de los reflejos en el espejo del agua y añadían más belleza, si cabe, al paraíso. 

Y por tan amplia pradera verde había niños corriendo tras un balón de reglamento, blanco y negro, o entretenidos, otros, con sus juegos de mesa por encima de una manta de lana, fabricada –quise pensar– en el Val de San Lorenzo. Y había familias felices, eso también, que buscaban las delicias de la vida en el paladar, saboreando un bocadillo, mientras, entre bocado y bocado, hacían de la tarde un sorprendente y entretenido filandón a juzgar por el vuelo gracioso, constante y convexo de sus labios. 

Qué tendrá el amor que hasta al que se considera ciego se le iluminan los ojos de felicidad. G.F.C
Qué tendrá el amor que hasta al que se considera ciego se le iluminan los ojos de felicidad. | G.F.C

Un hombre bajo un árbol, al parecer, dormía la siesta (o se hacía el dormido) al lado de su bicicleta. Y varias parejas de enamorados, por aquí y por allá, aprovechaban la intimidad que brindaban las largas distancias visuales entre los humanos, para sellar sus bocas con besos y alargar las manos para descubrir, tal vez, la tensión, el calor y la humedad de esas dianas con ansias de permanecer escondidas, pero que van creciendo en volumen y se vuelven rígidas al menor roce. ¡Ay… el amor! Qué tendrá el amor que hasta al que se considera «ciego» se le ilumina la felicidad en sus ojos y un ‘actor’ sordomudo escucha el eco que enciende la mecha de la no indiferencia, mientras exclama: ¡uf…! ¡Ay…! ¡Oh…! Paso firme.

Como hago siempre, al llegar al espectacular puente peatonal de madera, la parada se hizo más que obligatoria. Y al ver el paso de las aguas del río Torío y escuchar sus suaves susurros, acompañados por los vaivenes melódicos de los matorrales, me pareció asistir a un concierto de ángeles o a un recital poético:

"Va a llover... Lo ha dicho al césped / el canto fresco del río; / 
el viento lo ha dicho al bosque / y el bosque al viento y al río.
Va a llover... Crujen las ramas / y huele a sombra en los pinos.
Naufraga en verde el paisaje. / Pasan pájaros perdidos…
Va a llover... Ya el cielo empieza /a madurar en el fondo / de tus ojos pensativos". 

Pequeñas Médulas (moles terrosas o voluminosos acantilados rojizos). G.F.C
Pequeñas Médulas (moles terrosas o voluminosos acantilados rojizos). | G.F.C

Era el mes de ‘Agosto’ en el poema de Jaime Torres Bodet y también entre las hojas amarillentas de mi álbum de cromos, completo con las escenas de un sinfín de recuerdos. Veréis: por los aledaños de mi corazón, aletargado, sentía el vivo palpitar de las trillas en aquellos redondeles calurosos de mi tierna infancia. Y rodaba la yunta de vacas tan pausadamente que los niños cogíamos al vuelo el tren de los trillos para dar la vuelta al mundo, sin salir del pueblo, varias veces al día y así un día tras otro. Y de aquello… ¡Cómo pasa el tiempo, tan deprisa!

La duda, en fin, tras el éxtasis momentáneo, era si continuar en dirección a la Fuente del Oro –a la izquierda–, en un nuevo intento de beber, para matar la sed, y de buscar el tesoro de la aljama o dirigir mis pasos a la sombra de las pequeñas Médulas (moles terrosas o voluminosos acantilados rojizos). La verdad es que me tentaba el deseo de recorrer el paisaje por el que, coincidiendo con la Pascua Judía, un año más, habría de ver a aquella bellísima doncella que, embrujada de frescor y de hermosura permanente, se hizo la dueña del gran tesoro que ha de entregar al guapo leonés que la enamore con sus buenos modales y mejores actitudes. Sin embargo, yo… 

Confieso que a mí me encantan las leyendas, especialmente si llevan consigo verdades propias de un tiempo pasado ambientado por alguno de los barrios de León, como es el caso. Barrio de la Judería: calle Misericordia, plaza de San Martín, calle de Santa Ana, Prado de los Judíos…

Aquella tarde, no obstante, decidí continuar a la vera del río Torío y, con ello, sin llevarlo escrito en mi agenda, descubrí la historia de Juan.

Juan, una especie de ermitaño en peligro de extinción, ocupaba su trono y dialogaba plácidamente con otra persona. Y, porque esperé mi turno, supe que… 

Un niño, en el columpio, agitando su inocencia por todo el entorno. G.F.C
Un niño, en el columpio, agitando su inocencia por todo el entorno. | G.F.C

Pensando en el bien común, Juan, en medio de la nada y con mucho esfuerzo, levantó una humilde casa –‘Casa Juan’– que un hijo de puta o varios, al amparo de la luz de una noche oscura, incendiaron, aprovechando la maldad y la cobardía que corría por sus venas. Los diablos de las cavernas infernales, entonces, se reían a mandíbula batiente hasta que la luz del sol puso a cada cual en el lugar que le corresponde: a Juan en el limbo de los justos y a los malvados –¡qué asco!– en el mayor de los desprecios. 

De aquella ignominiosa hazaña ya pasaron dos años, pero el olvido y la desgana, por fortuna, no lograron germinar. Juan volvió a reunir decenas de tablas viejas y enormes montículos de escobas (Cytisus scoparius), a la par de amigos, para volver a hacer del ‘jardín’ (que había hecho anteriormente y que no le corresponde) una OBRA PÚBLICA. Y allí, justo en la margen izquierda del río Torío, próxima al parque de La Candamia, hoy se puede ver y… disfrutar sin que nada ni nadie ponga objeción alguna.

Todo empezó limpiando la maleza que, sin orden ni concierto, crecía asfixiando el espacio con sus malvadas raíces y peores y espinosas ramas. Ortigas, zarzas, cenizos, abrojos… Una verdadera telaraña vegetal, sombría ella, que robada el espacio a los más valientes bañistas, a los animales de altos vuelos y hasta de los cuadrúpedos, que para nada, allí, les servía luchar con sus cornamentas. Después… 

Y Juan hizo, allí, varios chozos, en recuerdo de su vida pastoril. G.F.C
Y Juan hizo, allí, varios chozos, en recuerdo de su vida pastoril. | G.F.C

Juan hizo un pequeño cobertizo, con refuerzos en el techo para librarse del agua en días de lluvia, y lo fue complementando con varios chozos (en recuerdo de su vida pastoril por tierras del alto Curueño), un huerto (donde este año plantó unos surcos de ajos para regalar y compartir) y zonas de descanso y de disfrute: columpios, de diversos tamaños, para los niños y adolescentes; hamacas, asientos individuales y bancos y hasta una mesa de ajedrez de la ‘edad de piedra’, porque de piedras labradas eran (y son) las piezas que ofrecía (y continúa ofreciendo) a los jugadores más serenos y cultos. La tarde, cualquier tarde, en ‘Casa Juan’ es larga y solo hay prisas por compartir conversaciones y compañía o para mezclar las voces de tinta de un libro con los susurros pausados que ofrece, en bandeja de oro, la madre Naturaleza. 

Juan es un buen hombre que te mira con la sinceridad que trasmiten sus ojos. Y te habla –solo si le pides que lo haga– para explicarte que diariamente acude allí, a su casa y a la casa de todos, unas cuatro horas para mantener «limpio (de malezas) y planchado» el entorno que han de disfrutar todos aquellos que, sin condiciones de edad, sexo, religión o política, tengan a bien de ‘acompañarle’. Y para el acompañamiento de su obra –bien se ve–, riega la huerta y decora con raíces y piedras las orillas y las esquinas de sus construcciones. Su arte –bonito arte– es tan espectacularmente sencillo que yo de alguna manera, hoy, lo quiero compartir con todos vosotros. Allí encontré animales de distintas especies –aves, mamíferos, insectos o acuáticos– al más puro estilo (plano) de las cavernas, aunque presentados, eso sí, con un alto contenido colorista. Y existen flores pintadas en las piedras y monigotes, también, que se retuercen aprovechando las curvas, dolorosas que les fue otorgando la vida vegetal con los cambios posicionales de la luz y del calor del sol.

Me gustó, no lo voy a negar, ver cómo los niños se subían a sus columpios para agitar la inocencia por todo el entorno: una maravilla, sí, ver ‘las alas’ de libertad de aquellos peques elevándose, entre risas, hacia un futuro no muy lejano. Y fue una delicia, también, comprobar que todavía hay gente que, al respirar la paz por sus poros, acude a la cita y se sienta y sonríe y te ofrece, sin más, una tarde maravillosa para compartir, como aquella de un mes de agosto en los que el aire y la luz de León, únicos, aplaudían la obra altruista de un buen ermitaño, justo a la orilla del río Torío, en La Candamia, donde se encuentra, siempre abierta, ‘Casa Juan’.

Gracias, Juan.

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