Que los tiene. Y son muchos, aunque la mayoría de ellos son desconocidos por estar eclipsados por el máximo patrimonio arquitectónico que posee: el hórreo más viejo de España, perteneciente al siglo XVII. El caso es que, para que nadie se despiste, estoy a punto de recorrer y presentaros diversos detalles del pueblo de LAS BODAS, localidad perteneciente al municipio de Boñar, ambos en León.
22 de agosto de 2026
Aquel día el sol, en Las Bodas, vistió de luz y dio calor a mis pasos tan lentos como deseosos de no alcanzar la categoría de ‘prisas’. Y allí me esperaba, con su amabilidad y sonrisa, Esther. Una espléndida guía que abrió para mí puertas y ventanas, pisó a mi lado ‘el barro’, y me aclaró algunas de las grandes dudas.
He de decir, en primer lugar, que en Las Bodas tiempo atrás había un monasterio dedicado a San Pelayo, tal vez –según algunos autores– el origen del propio pueblo. Sin embargo, ante las posibles opiniones contrarias…, me apresuro a abrir el libro de la Historia para asegurar, eso sí, que en el año 928 aparece por primera vez su nombre en un documento, aunque… Entonces se denominaba BOUATA (BOBATA, lugar donde pastan los bueyes).
Y los bueyes, las vacas y las caballerías de trabajo, en Las Bodas, además de pastar, eran ‘obligados’ –entre varios ¡arre! y ¡so!– a ir de vez en cuando al ‘podólogo’ y a calzar ‘zapatos nuevos’. Los herraban, en fin, con todo lujo de cariño y detalles. Tal vez, por eso, en el pueblo de Las Bodas se conserva el potro de herrar, con todos sus complementos. Potro correspondiente al año 1950. Y justo a su lado…

En 1948, ‘Camino de prosperidad y bienes, la unión y el trabajo de las gentes’, el lavadero comunal era un virtuoso lugar en el que se agitaban las ropas sucias para transformarlas en telas con hebras de pureza y donde las conversaciones y cánticos de la buena convivencia femenina, allí, detenían el tiempo para traspasar fronteras, justo con las mínimas salpicaduras. Catorce huecos o ‘tablas’ (de lavar) posee este lavadero que se alimentaba del agua procedente de la fuente vieja (un abundante manantial, pozo en realidad). Fuente que también nutría el abrevadero y, además, acercaba su agua fresca, inodora, incolora e insípida (agua potable en dos ramales) hasta el mismísimo reino de las hortalizas, frutas y verduras de las huertas. Y prados, también, para que la clorofila verde mantuviera alejada la muerte amarilla de la hierba.
Cuando llegamos a la iglesia, una furgoneta blanca pretendía salir en mis fotos, y eso no. ¡Jamás! La fachada principal de esta iglesia, dedicada a San Pelayo, todavía conserva algo, muy poco, de aquel lejano esplendor románico del siglo XIII: un sencillo arco y unos canecillos tan maltratados y tan comidos por los poderosos colmillos de la naturaleza y por la indiferencia que dan ganas de llorar al ver revoques de cemento en vez de figuras artísticas viejísimas. Y en el interior…, pues más de lo mismo, tras el uso y abuso de unas reformas y/o restauraciones funestas. Del suelo enlosado, con tumbas incluidas, movido por las moderneces de cada momento, dejaron que hablara la madera, primero, y los azulejos ‘cantores’ (mejor ‘cantosos’, del siglo XX) después. Eliminaron el coro y se atrevieron incluso a dejar desnudas las paredes de las dos sacristías. Menos mal que no lograron mover los dos arcos carpanales que sostienen las gruesas columnas de molduración clásica. El retablo, eso sí, mantiene para mí un encanto especial con varios altorrelieves, rodeados de ‘oro’ y de buen hacer, y la espléndida talla de san Pelayo (en lo más alto). Otras imágenes a destacar son las de Santo Tirso (que aquí celebran en febrero) y la de un Crucificado (casi a tamaño natural), con cuatro clavos, perteneciente al siglo XIII, con estética correspondiente entre el románico y el gótico. Un Crucificado especial en medio de dos tallas sin valor artístico alguno.

Con la subida al campanario, descubrí las campanas, el cementerio y el corazón del propio pueblo.
Las Bodas, tiempo atrás, disponía, además, de una ermita dedicada al Espíritu Santo. De ella, en el pueblo –aseguran– tan solo queda una piedra adosada a una edificación.
A la hora de visitar el hórreo se unió a la comitiva Antonio, otro lugareño que ama el pueblo y lo defiende por sus cuatro costados. Él me aseguró que el hórreo (quizá procedente de un viejo monasterio) correspondió en su día a sus antepasados, quienes lo donaron al pueblo para uso comunal. Destacan en él unas características especiales que lo convierten en único: los ocho pegollos que sirven de apoyo a las ‘tornarratas’ y todas las piezas que en su sistema de acceso son de piedra. En fin, una reliquia para admirar y para desear que siga viva por los siglos de los siglos.
Dejando atrás el hórreo, Esther y Antonio me explicaron que el edificio en ruinas, frente a nosotros, fue la escuela mixta del pueblo y que está a la espera de su restauración como ‘Casa de Concejo’. Después decidieron poner fin al paseo artístico/cultural en la denominada plaza de la Chopa (árbol trasmocho, podado en la cresta a propósito, inexistente ya por haberse decidido a volar al paraíso vegetal). Hoy en su lugar han plantado un nuevo retoño arbóreo, delgadillo él –por el momento–, pero rodeado de vistosas flores. Muy cerca, una madre caballar me decía «sí» insistentemente con su cabeza, tal vez para que me decidiera a inmortalizarlos, a ella y a su peque, como así hice.

Cuando me despedí de Esther y de Antonio llevaba en Las Bodas más de dos horas que me parecieron dos suspiros. Y de regreso a mi cuartel general… Me obligué a detenerme de nuevo al ver la silueta de un vehículo industrial (‘extraterrestre’) abandonado, oxidado, muerto… levantando su alma de utilidad labriega al cielo para ver, al fondo, Peña Galicia. Al acercarme, vi a su lado un banco de madera en cuyo respaldo alguien había escrito ‘Las Bodas’ (y dibujado un corazón). Y yo, tal vez, bajo la influencia de un sofocante calor, allí, apartados de miradas indiscretas, más que palabras descubrí, sobrevolando, unos hechos nocturnos tan íntimos como secretos. Una deseada unión o los prolegómenos de una futura boda, qué más da, de amantes cercanos, muy cercanos a… Las Bodas. Un pueblo con tanto encanto que volví a mirar y admirar su silueta y su corazón desde la lejanía, poniendo a ‘rular’ la rueda (metálica) del… amor.
Las Bodas. Un lugar sorprendente para soñar. Un bonito pueblo que conserva una parte de su vieja esencia en un presente (el actual) hecho con retazos de plástico, de prisas, ruidos y serrín. El polvo del carbón de Veneros –pueblo colindante, en el que, con tanto esfuerzo, arañaba la vida mi abuelo– mantiene en la más profunda oscuridad las estalactitas y estalagmitas de la Cueva de los Murciélagos. Pero eso es otra historia que, llegado el caso, habrá que contar.

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