Todo sigue igual en Almacenes Antoñanzas de León

El 2 de enero de 1951, Manuel Antoñanzas Arias inauguró un nuevo comercio textil que hoy sigue abierto y que cuenta con entre 8.000 y 10.000 referencias distintas

Gregorio Fernández Castañón
04/08/2026
 Actualizado a 04/08/2026
Almacenes Antoñanzas, entre dos calles, República Argentina y Villafranca. | GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN
Almacenes Antoñanzas, entre dos calles, República Argentina y Villafranca. | GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

«Aquí Radio Nacional de España, en onda media y corta. Un año más, como ya es costumbre desde 1933, procederemos a trasmitir el ritual de las uvas desde la Puerta del Sol, de Madrid. Nos serviremos, para ello, de las campanadas que va a emitir el reloj de la Casa de Correos. Un reloj especial y preciso, cuya maquinaria, a lo largo de tres años, pieza a pieza, realizó el leonés José Rodríguez Losada. El mismo reloj que inauguró la reina Isabel II el 19 de noviembre de 1866».

No lo sé. Nadie me lo dijo, pero quiero pensar que… Con cada campanada que emitía aquella radio de válvulas, se ingería con pasión y mejores deseos una uva de la suerte, y así hasta doce. Doce fueron las campanadas que –tal vez– se escucharon en aquella sala familiar, procedentes de un lejano reloj con piel y alma leonesa. 

– ¡Feliz Año Nuevo! 

Es muy posible que aquel Año Nuevo de 1951 la escena que acabo de presentar ocurriera realmente en el domicilio de Manuel Antoñanzas Arias. No era para menos, ya que las aspiraciones de este emprendedor se iban a cumplir justo un día después: 2 de enero de 1951. Fecha en la que, por fin, tras muchos esfuerzos, levantaría por primera vez la trapa de su negocio e invitaría a los leoneses a traspasar también su puerta. De esa forma, sin esperar a los Reyes Magos, un nuevo comercio textil, al por mayor, se inauguraba en León

José Manuel Antoñanzas, uno de los responsables de los almacenes. GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN
José Manuel Antoñanzas, uno de los responsables de los almacenes. | G.F.C.

Manuel Antoñanzas Arias conocía muy bien los pormenores de su reciente estrenada actividad. Nadie se lo iba a negar porque llegaba con los deberes y las lecciones aprendidas desde otra de las grandes tiendas del sector: Almacenes Arce. Aun así, no le sería fácil arrancar y traspasar fronteras, debido a que la competencia, en León, pisaba fuerte y se repartía en varios espacios y nombres: Almacenes Arce (que continuaban abiertos y con mucho éxito), Rojo Cortés, Almacenes ‘El Cielo’, García Lubén, Benavides, Uría… Su clave secreta para alcanzar el cielo comercial no era otra que el esfuerzo en el trabajo. No desesperar y luchar cada día un poco más para hacerse con la confianza de aquellos leoneses titulares de las denominadas ‘tiendas mixtas’, establecimientos que disponían en sus estanterías, almacenes y bodegas de «un poco de todo», como alpargatas, prendas íntimas y de vestir, productos de limpieza, juguetes, colonias, telas, hules, hilos de algodón, madejas de lana, cuadernos, pinturas, gomas para el pelo y de borrar, quitamanchas, paraguas, raticidas y ratoneras, botones, agujas, tijeras, sombreros, cinturones y un largo etcétera, sin olvidar, eso tampoco, aquellos útiles o herramientas necesarias para cumplir con las actividades básicas de la zona en donde se encontraban ubicadas: utensilios para la labranza, la ganadería, la apicultura, la minería… Por eso, sin más demora, fijó el primer itinerario a su viajante a través del tren hullero, con primera parada en Cistierna. Y allá se fue el hombre cargado con tres maletones de muestras. Desde Cistierna habría de llegar a Riaño, utilizando el autobús de línea; de Riaño a Portilla de la Reina iría en taxi, y de Portilla de la Reina a Posada de Valdeón, para detenerse en la tienda Casa Abascal, necesariamente habría de hacerlo a lomos de una caballería. 

Los pedidos conseguidos en aquel primer viaje fueron más que esperanzadores, por lo que había que tentar la suerte a otras rutas con paradas, entre otras, en Boñar (Casa Guerrero, aunque todo el mundo decía «El Precioso»), Villablino, Caboalles de Abajo y Caboalles de Arriba, la vega de Gordón, el norte de Palencia, Benavente (Zamora) o en una parte de la provincia de Valladolid, cercana a León. Además de ‘las tiendas mixtas’, los objetivos en las zonas mineras tenían otros lugares específicos: los economatos. Y a todos ellos acudía el viajante para ofrecer productos textiles de esmerada calidad. Mientras tanto, en la tienda de León…

Manuel Antoñanzas Arias, fundador de Almacenes Antoñanzas. G.F.C.
Manuel Antoñanzas Arias, fundador de Almacenes Antoñanzas. | G.F.C.

Los pedidos eran seleccionados de forma inmediata, se envasaban en cajas de cartón y, con la misma celeridad, se procedía a su distribución. Todo muy rápido, aunque la ‘rapidez’, en aquellos inicios, sin vehículos propios, viajara a lomos de un carretón –carretillo– de madera con rueda de metal (como fue el caso de los primeros pedidos conseguidos para Trobajo del Camino y La Virgen del Camino) o en un triciclo (carro) de carga individual y a pedales. Con el tiempo, eso sí, las visitas a las estaciones de autobuses y a las de los trenes (del Norte o de Matallana) fueron de lo más habitual a la hora de enviar los pedidos solicitados.

‘Confecciones Condado’ fue otra de las empresas paralelas que fundó, con gran acierto, Manuel Antoñanzas Arias, dejando su responsabilidad, con el tiempo, a Francisco Javier, uno de sus hijos. En la actualidad, los otros dos hijos, José Manuel y Luis Fernando, forman parte del alma mater de Almacenes Antoñanzas, la vieja tienda, que el pasado 2 de enero cumplió setenta y cinco años. Tienda que, al ir desapareciendo los economatos y al cerrarse, por jubilación, las ‘tiendas mixtas’ de los pueblos, ha tenido que reinventarse, dejando al margen una parte de la venta al por mayor y aumentando, como es obvio, la venta al detal. Con quince empleados en su haber, mantiene el liderazgo del sector y lo hace sin ningún cambio decorativo. Todo, allí, como ayer, como siempre, continúa igual: las mismas estanterías, los mismos mostradores, el mismo habitáculo para la cajera, las mismas ganas, en fin, de ser serviciales con sus clientes. 

El local consta de dos plantas. Las paredes de la planta a nivel de calle tienen una altura, aproximada, de seis metros, y todas ellas, del suelo al techo, están revestidas por unas estanterías a las que no les sobra ni el más mínimo hueco existente en sus baldas; las diversas cajas (de todos los tamaños) ocupan, casi a presión, los estantes (entre 6 y 10) de los que constan. Y en cada caja un nombre para distinguir o diferenciar la prenda que habita en su interior. Hay cajas, también, por encima de los mostradores y en el suelo. Delante de algunas de las estanterías se han colgado juguetes de telas, gorras, batas, chándales y forros polares, paraguas, camisas o trajecitos de niños. Todo, dentro del supuesto caos, está en orden, y los dependientes no dudan, jamás, el lugar que ocupa el producto que, entre cerca de quinientos distintos, puede solicitar el cliente. En aquel bosque de cajas, donde los estrechos laberintos llegan a un fin determinado, las matemáticas hablan en voz alta para anunciar que, allí, en Almacenes Antoñanzas, los clientes disponen de entre 8.000 a 10.000 referencias distintas, clasificadas por colores, tallas, propiedades y… calidades

Dependientes y clientes recorren un espacio laberíntico bien aprovechado.G.F.C.
Dependientes y clientes recorren un espacio laberíntico bien aprovechado. | G.F.C.

Y si hablamos de calidad, uno de los responsables actuales –José Manuel Antoñanzas– me enumera dos empresas leonesas con las que han trabajado desde el principio: Aiptesa (Aprovechamiento Industrial de Plantas Textiles, desde 1942) y Mantas Artesanas Falagán (activa desde 1945). La primera de ella, ubicada en San Justo de la Vega, es especialista en tejeduría e hilatura y fabrica hilos de poliéster, de algodón y tinte de bonia. La segunda, con su sede en Val de San Lorenzo, utiliza de materia prima la lana 100 % pura de oveja y se encargaba de realizar diversos productos de calidad para estas tiendas como, por ejemplo, mantas, calcetines, ponchos, bufandas o chales. Artesanía y tradición textil al servicio de los usuarios. 

Usuarios que, desde la apertura de la tienda hasta un minuto antes de la hora del cierre, acuden deseosos de conseguir los productos que necesitan. Y los fines de semana o en periodos vacacionales el paisanaje llega en grandes masas desde otras provincias para conseguir ‘sus’ prendas, tal y como lo hicieron sus padres y sus abuelos. Es esta, en fin, una tienda con solera, cuyos responsables no tienen ninguna intención de modificar la decoración. «¿Sabes? –me dice José Manuel muy serio–. Son muchos los clientes que así nos lo aconsejan y, por supuesto, que jamás lo haremos. Perderíamos la esencia primigenia de un comercio tradicional fundado por nuestro padre».

Detalle de uno de los expositores y del habitáculo de la caja.G.F.C.
Detalle de uno de los expositores y del habitáculo de la caja. | G.F.C.

La cajera, mientras tanto, en el interior de su modesto ‘confesionario’, se afana por cobrar al último cliente. Y ya que me encuentro tan cerca… miro y veo que, en el pequeñísimo muestrario de la propia caja, existen expuestos, entre otros, dos productos, para mí, ‘históricos’: la colonia Varón Dandy que, desde 1912 y durante muchos años, fue la única fragancia masculina, y los jabones Lagarto (desde 1914, con sus cinco componentes básicos: grasa de oliva, aceite de coco, glicerina, sebo de origen animal y aroma de limón), el jabón de toda la vida. Para completar el trío de añoranzas, tan solo faltaría el papel higiénico ‘El Elefante’ (en España desde los años 50 del siglo pasado; que se le recuerda básicamente –¡qué dolor!– porque más que limpiar… raspaba).

– Pues, aunque no lo creas –me dice Juan Manuel–, en su momento era muy solicitado en esta tienda.
–Sería –le respondí– porque con el papel de los periódicos, además de raspar, la tinta dejaba, justo allí, las huellas de unas malas noticias y peores presagios.

Y los dos, entonces, terminamos riéndonos.

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