Madrid. Fue allí, en la capital de los Austrias, donde adquirí la vieja fotografía que os presento –original de Germán Gracia– a un precio de escándalo. No me arrepiento. No quería que se perdiera en el olvido o, lo que es peor, que se destruyera para siempre. No. No me lo perdonaría. Y entonces viajó conmigo de vuelta a León amparada por un billete de ‘primera’ y protegida por un conjunto ‘hermético de seguridad’. Lo bueno es que podía admirarla una o mil veces, descubriendo volúmenes y detalles sorprendentes de otra época (1905-1910); lo malo es que me pedía a gritos un enorme esfuerzo: que intentara descubrir el local –la vieja tienda– donde había sido realizada. Por eso, con inquietantes rayos diabólicos y broncos truenos, preparé una gran ‘tormenta’, dentro y fuera de mi estudio, que salpicaba todo mi horizonte creativo y de investigación. Una bulliciosa y nerviosa actividad que, con el tiempo, quise mitigar al acudir a diversas personas sabias (Isabel, Wenceslao, Raúl, Gonzalo…) para que me ofrecieran su propia versión. «La foto es muy buena y lo tiene todo –me escribió una de ellas–, pero, como hablamos por teléfono, no permite una localización exacta».
Decepcionante el resultado hasta ese momento, sí, pero no por ello iba a tirar la toalla tan fácilmente. Necesitaba seguir trabajando para tranquilizar, al menos, mi propia conciencia. Y continué, por supuesto, agitando campanas al vuelo y arrojando a la calle –con aquel mismo ímpetu con el que se gritaba «¡agua va!»– todo lo que me parecía superfluo. Visité varios locales y entrevisté a varias personas; consulté una decena de libros y visioné cientos de viejas fotografías de mi propio archivo y de otras colecciones particulares, por si un resquicio de luz pudiera aparecer de pronto en una esquina olvidada. Nada. Para complicarlo tal vez un poco más, decidí cambiar de aires.
Comercialmente hablando, a finales del siglo XIX, la ciudad de León respiraba tranquilidad por los cuatro costados, aunque… algo, hacia el oeste, se empezaba a mover con la llegada del ferrocarril (1863). Una fecha importante, claro, que tuve muy en cuenta y que los datos con los que me iba encontrando lo confirmaban. Los negocios más sobresalientes entonces, para que se entienda, disponían de un punto exacto en el centro de la diana: la plaza Mayor. Cada puerta, allí, se abría diariamente a recibir al mayor número de clientes. Y allí, con el tiempo, se asentaron diversas empresas relacionadas con el mundo textil: La Casa y Comercio de D. Juan Homs y Botines (de 1860 a 1895) o, entre otras, la denominada Justo García y Compañía. Sucesores de Francisco Ruiz e Hijos (en la plaza desde finales del siglo XIX hasta el año 1930). Comercios muy importantes, sin duda alguna. El primero porque, en 1886, fue el germen que utilizarían, en sociedad, Simón Fernández Fernández y Mariano Andrés González Luna para trasladar el negocio a la plaza de San Marcelo (Casa Botines, el edificio/palacio de Gaudí), y el segundo porque, ocupando ya dos números de portales en la plaza Mayor, sus responsables decidieron ampliar el negocio a la calle Platerías, más cerca, como es obvio, de la nueva salida comercial: calles Catedral, Victoria y San Marcelo, hoy calle Ancha).

La plaza Mayor, de repente, la dejé en el olvido por un detalle más que obvio: ninguna de las tiendas de este lugar podía ser la que yo andaba buscando, porque eran (son) locales que no alcanzaban (alcanzan) la altura que se vislumbra en la foto de Germán Gracia. Ninguna. ¿Y entonces?
Mi decisión se centró en la actual calle Ancha, con la visita a una única ‘isla’ un poco más alejada del ‘mundanal ruido’: Almacenes Arce, al final de la avenida Ordoño II, muy cerca de la plaza de Guzmán. Además de estos almacenes añadí a la lista otros muchos, todos ellos relacionados con el comercio textil (en León): Almacenes Olmedo, El Bazar, Almacenes González, Gran Sastrería y Bazar de A. Malagón, Sastrería Inglesa de Ángel Roberto, Comercio José Botas, Galerías Román-Las Camelias, Almacenes ‘El Reino de León’, Casa Villa, Lesmes García (Sucesor de Justo García), Confecciones Elías, Casa Hermógenes… En la tranquilidad de mi estudio, teniendo como principal referencia el libro titulado ‘La Calle Ancha… desde que era estrecha’, de Juan Carlos Ponga Mayo, y la opinión, entre otros, de Gonzalo –heredero de la Casa Hermógenes–, fui poco a poco ‘dejando caer nombres del listado porque no coincidían las fechas que estaba buscando: deseché, para que se entienda, todos aquellos que no estuvieran en activo en la calle entre los años 1905 a 1915, supuestos años a los que pertenecía (mi) fotografía. Y, con los que me quedé, tenía un favorito: José Botas, tienda textil con «inmenso surtido en imágenes y ornamentos sagrados». Alguien o algo –me ha sucedido en otras ocasiones– me decía «insistentemente» que allí… Pero, claro, al visitar la tienda actual –lo hice en tres ocasiones–, con un trato exquisito de sus responsables que me dejaron, incluso, ‘husmear’ en diversos rincones y detrás de las puertas para intentar detectar las columnas y la claraboya… Allí, actualmente, no existe nada evidente que haga pensar que… Sin embargo, al salir de nuevo a la calle ‘aquellas voces internas’ me volvían a ‘decir’ que…
Una mañana lluviosa me propuse visitar la Farmacia Merino –en activo desde 1827 y situada justo enfrente de mi sospechoso objetivo–. A su actual responsable le enseñé la fotografía de Germán Gracia, cuyo estudio fotográfico, por cierto, lo tenía unos números más abajo (en el 21) y… ¡bingo! Al reconocer uno de los mostradores, aunque la tienda –según ella– pertenecía entonces al Hijo de Lesmes García, se me abrió el cielo y me iluminaron, de repente, las luces de un bello y metafórico arco iris. No podéis entender el ‘subidón’ que sentí en aquel mismo instante; la alegría inmensa recorría mi cuerpo porque sentía que el cerco se iba acortando por momentos. Un paso más, tal vez el último –la visita a la actual tienda Tejidos Lesmes García, en la calle San Francisco–, y… De camino hacia esta tienda, otro de mis colaboradores (Raul) me confirmaba la ‘buena nueva’: «visita cuanto antes a Juan, el nieto de Lesmes –me dijo–, y él te confirmará lo que andas buscando». «Aunque no lo creas –le respondí– para allá iba en este momento».
– Buenos días. Pregunto por Juan.
– Sí, soy yo. Adelante Castañón –me sorprendió al citar mi apellido.

Juan García, nieto de Lesmes García Sánchez, no solo me confirmó de palabra lo que yo andaba buscando. Me ofreció, además, una prueba irrefutable para que no existiera duda alguna: la fotografía en la que se veía la tienda en manos, entonces, de su abuelo. Allí estaban las columnas y… la claraboya. ¡Uf…! Qué descanso. Por fin, mi largo trabajo de investigación había llegado a su fin. La tienda de la vieja fotografía se ubicaba en la calle Catedral, número 6. Siendo propiedad entonces de José y Pedro Botas Roldán, sufrió un largo recorrido hasta llegar a nuestros días: José Botas (‘El Maragato’), Almacenes ‘El Reino de León’, Lesmes García, Hijo de Lesmes García y, finalmente, Ale-Hop. Ciento veinte años de historia de un local, tienda leonesa, resumidos en 1.220 palabras.
José Botas, 'El Maragato'
Una típica tienda textil, alta, muy alta –con aquellas columnas rematadas con espectaculares capiteles–, y bien iluminada –gracias a la monumental claraboya–, en cuya publicidad destacaban también «Breviarios, Diurnos y Misales», «Manteos y sotanas», «Especialidad en trajes estelares» e «Inmenso surtido en imágenes y ornamentos sagrados». Todo ello se entiende mejor fijándose en tan espectacular fotografía. Allí, desde 1886, el surtido era interminable. Tres mostradores, estanterías repletas de material textil, dando mucha importancia a las alfombras y con una gran variedad, desde el techo al suelo, de imágenes religiosas y de lámparas votivas. Buen precio (la fotografía lleva consigo tanta calidad que, en la caja registradora, se puede leer «Importe de su compra: 11,54» –pesetas, por supuesto–).
No lo sé, ni lo sabré nunca, pero quiero pensar que entre las personas que Germán Gracia inmortalizó en esta fotografía se encuentran José y Pedro Botas Roldán –los propietarios– y tres de sus empleados, vestidos todos ellos, por cierto, con el traje y la corbata de rigor. Y como clientes, en aquel momento, se encontraban una señora y un diácono o presbítero (en este caso lo sé por su sombrero de teja negro, adornado con cinta negra). Diácono o presbítero, uno de tantos clientes que, se supone, acudían con frecuencia a la tienda, la más cercana a la Catedral, al Obispado y al Seminario Conciliar San Froilán, para hacerse con todo el vestuario y complementos propios de su condición. Eran, por supuesto, otros tiempos que, probablemente, ya no volverán. Y si vuelven lo harán con otras vistas y sonidos tan distintos que no seremos capaces de reconocerlos. Se acabaron las sotanas negras, de luto, con botonaduras de brillos, y ya no se utiliza el fieltro de castor o la paja teñida para cubrir, con el sombrero de teja, los votos de pobreza, obediencia y castidad. ¡Uf…! Todo cambia, sí, pero es tan bonito como necesario mirar y ver que no todo es hoy ni será un mañana. Merece la pena –pienso yo– detenerse, aunque solo sea un instante, para recordar o revivir la historia de un ayer no tan lejano.

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