'Casa Jesús', con más de setenta años de historia comercial en León

El tradicional negocio, fundado por Jesús Alonso Villalobos en la plaza Mayor, sigue hoy en manos de su hijo Raúl en la calle La Rúa

Gregorio Fernández Castañón
14/07/2026
 Actualizado a 14/07/2026
Jesús Alonso Villalobos abrió le primera tienda en la plaza Mayor en 1955.
Jesús Alonso Villalobos abrió le primera tienda en la plaza Mayor en 1955.

Lo voy a decir pronto y claro: los clientes de ‘Casa Jesús’ –en sus primeros años ‘Casa Villa’, diminutivo de Villalobos– pasaron de generación en generación como una buena herencia y así continúan. De los abuelos a los nietos, sin olvidarse de los padres, todos, desde el año 1955, encontraron en sus establecimientos algo más que prendas para tapar las vergüenzas (ropa interior y pijamas), para vestir como reyes en las cocinas (batas y mandiles), para evitar las manchas en la ropa de calle en los trabajos más sucios (buzos o monos) o para calzar en los pies el calzado más idóneo (chirucas y chanclos de goma) con el que pisar calientes y secos las frías y húmedas inclemencias de este León invernal nuestro. 

Si hablamos de ‘medias’ en la lista, ya tenemos que disponer de un espacio importante, entero él, para albergar al menos cuatro variedades diferentes (variedades, insisto, que no modelos de tallas y de colores). Por eso, con el tintero lleno de tinta he de decir que, ayer como hoy, las medias se ofrecían –obvio– de dos en dos y Jesús Alonso Villalobos –el propietario inicial y fundador de la marca– vendía tantas y tan buenas, que las presentaba, personificando su empresa, en dos versiones: en bolsa de plástico amarilla las de gran calidad y en bolsa azul, igualmente de plástico, las de una calidad relativamente inferior, pero a un precio más económico. «Entonces no existían los pantys y las medias eran de espuma» –me cuenta Raúl, el hijo heredero de la firma. Y añade: «las de espuma las utilizaban las damas a diario; medias que fueron rebautizadas por ellas mismas como «las indesmayables», porque –decían– «no se rompían jamás»; menos mal que, entre tú y yo, no era cierto porque si no nuestro negocio habría ido a pique. La verdad es que duraban más que las de cristal». «Las medias de cristal eran más finas y bastante más delicadas –me asegura– pero, por sus características tan especiales, las mujeres las guardaban para lucirlas (lucir las piernas, eso también) los domingos y fiestas de guardar». «Las medias con costura por la parte de atrás –se decía– hacían unas piernas más esbeltas y estilizadas, y así era, pero, eso sí, siempre que la costura guardara la máxima verticalidad y tensión, ya que de lo contrario… Tú me entiendes: si la mujer llevaba sus medias como la carretera del puerto de Pajares, llena de curvas, entonces… ¡Ruina total!». Y Raúl entonces se ríe, dibujando en sus labios una mueca similar a… un chiste tal vez malicioso. 

Recuerdos de un ayer funda amarilla para medias de gran calidad y libreta de deudores. GREGORIO F. CASTAÑÓN
Recuerdos de un ayer funda amarilla para medias de gran calidad y libreta de deudores. | GREGORIO F. CASTAÑÓN

–¿Sabes? En la tienda que teníamos en la plaza Mayor, las medias eran uno de los productos estrella, que no el único. Todavía me acuerdo, y yo era entonces muy jovenzuelo, de los días del mercado que allí se hacía (miércoles y sábados). Un hervidero de gente; los unos en la venta y la mayoría a comprar los productos que allí se ofrecían: frutas y hortalizas, utensilios para la labranza y pollos, conejos, ovejas, pavos… Animales estos últimos que en su mayoría se mataban, se pelaban o se desplumaban en la misma plaza, ante la atenta mirada de los que, como yo, todavía paseábamos nuestra inocencia por encima de las piedras. El caso es que muy de mañana llegaban las lecheras montadas en sus burros y traspasaban su producto (la leche) a través de unos medidores metálicos, de gran precisión, a los recipientes de los clientes. Vendida la leche, ¿qué crees que hacían?

– No lo sé. Dímelo tú.

– Pues que, una gran mayoría de ellas, se ponían delante de la trapa de nuestra tienda y, en fila india, esperaban a que la abriéramos –lo hacíamos a las nueve de la mañana– para llevarse a sus pueblos especialmente medias, pero también otros productos. Nuestra tienda, entonces, para que lo entiendas, disponía además de productos propios de mercerías. Y así, por ejemplo, ofrecíamos y vendíamos crema de zapatos, champús (el de huevo olía muy bien); colonias (para los caballeros disponíamos de la conocidísima Varón Dandy, que se servía a granel a los clientes); ovillos de lana; gomas para sujetar las medias y reponer las de las bragas y calzoncillos y, fíjate bien, hasta disponíamos de cajas y cajas del Optalidón –producto de boticas, hoy nada recomendable– para los dolores de cabeza. También vendíamos cañas de repasar y de zurcir (los calcetines) y forrábamos botones al disponer de una máquina especial para ello. En los días de mercado, la tienda no cerraba a medio día. La gente que nos visitaba, allí, era constante y fiel y guardaba una cola respetuosa que a mí me sorprendía. Aguardaban con una enorme paciencia a que les despacháramos. Paciencia que nosotros, los dependientes, también hacíamos por no perder. Comíamos, ya ves, un bocadillo de carne que compraba Charo en un bar cercano. Y lo hacíamos a mordiscos cada vez que entrábamos a la trastienda. Imposible hacerlo de forma seguida.

– Alguna anécdota de aquella época, relacionada con la picaresca, tendrás. Cuéntame, Raúl. 

Raúl Alonso, actual responsable de ‘Casa Jesús’. GREGORIO F. CASTAÑÓN
Raúl Alonso, actual responsable de ‘Casa Jesús’. | GREGORIO F. CASTAÑÓN

– No sé qué decirte… ¡Ah, sí! Tengo una muy buena. Escucha. Nosotros, como te dije, vendíamos madejas de lana. En la mayoría de las casas, entonces, como bien sabes, los jerséis y las chaquetas se tejían a mano. Pues bien, más de una malvada señora nos compraba las madejas y, pasado un tiempo, nos las devolvía diciendo que había cambiado de opinión en cuanto a los colores o el grosor. Nosotros, inocentemente, aceptábamos el cambio, hasta que un buen día mi padre se dio cuenta de que aquellas madejas no continuaban pesando 100 gramos. Pesaban 80. Y el motivo, bien se puede entender: con relativa malicia, robaban unos metros para hacer con ellos bufandas o chaquetitas para los niños, no sé. Desde entonces, decidimos que no había más cambios. ¿Ves? Un claro ejemplo de pagar justos por pecadores.

– Increíble, Raúl. Dejémoslo en que eran otros tiempos donde la pobreza alentaba el ingenio para sobrevivir (y los dos, entonces, nos reímos).

– Sin salir de la plaza, tú que lo viviste detrás del mostrador de vuestra tienda, me interesa que me cuentes algo más de aquel ambiente que se generaba en los días del mercado. Es conveniente, ya sabes, que no se nos olvide lo que fuimos.

Y Raúl, entonces, más que contar, lo vive.

La tienda actual situada en la calle La Rúa. GREGORIO F. CASTAÑÓN
La tienda actual situada en la calle La Rúa. | GREGORIO F. CASTAÑÓN

–Mira, desde detrás del mostrador, como tú dices, las vísperas de los mercados veíamos llegar a los vendedores de frutas y hortalizas con aquellos carros tirados por una pareja de vacas, bueyes e incluso algún caballo. Aquellas gentes, campesinos humildes, pasaban la noche al raso, entre los cajones de pimientos y hortalizas, sobre los sacos de arpillera y cubiertos con mantas raídas o descoloridas por el tiempo. Había que verlos. Y había que ver cómo sufrían subiendo con sus carros la cuesta de la calle Santa Cruz, especialmente en invierno. Las ruedas de sus carros, para que lo entiendas, recubiertas con aquellas llantas de hierro, rozaban con las piedras de los cantos rodados hasta el extremo de saltar chispas. Con las heladas el problema se agudizaba. Las yuntas de los animales se esforzaban, pero no había manera de subir la cuesta. Los sufridos agricultores se unían para empujar el carro o para, en algún caso, intentar que no se volcara. Como ves, toda una odisea cubrir unos metros hasta llegar a la plaza. Un esfuerzo inhumano y, pienso yo, poco recompensado. Era la vida, aquella vida, sí, pero qué pronto se nos olvida el esfuerzo de un pasado para alcanzar la vida actual. Te diré más para que tú se lo cuentes a tus lectores: enfrente de nuestra tienda, justo en frente, se divisaba el antiguo Consistorio, un edificio emblemático en la plaza, que no era otra cosa que el denominado Gota de Leche. Allí, para que se entienda, se entregaba la leche a los niños pobres. Que no se nos olvide.

Y porque le pregunto, Raúl me enumera los establecimientos que estaban en las cercanías de su tienda, siendo entre otros los siguientes: Casa Conde, Casa Ricardo, Confecciones Devesa, Lobato, Ferretería Los Valencianos, Ferretería Ardura y Calzados Saravia.

En 1961, Casa Jesús abrió un nuevo establecimiento en la calle Escalerilla y, en 1985, acercándose al nuevo centro comercial (calle Ancha) lo hizo en la calle Azabachería. Hoy Raúl regenta la única tienda que la firma posee en la calle La Rúa, calle por donde los leoneses van y vienen o marchan y regresan sin salir en ningún caso de León; calle de turistas y de peregrinos que buscan en el corazón de las piedras un pasado romano (la muralla y el anfiteatro) o ven en el Camino de Santiago una disculpa para seguir haciendo la línea recta que, necesariamente, ha de llegar al corazón de Santiago de Compostela. Y aquí, en Casa Jesús (I Premio al Comercio Tradicional en 2013), se detienen. Miran el escaparate y ven que la variedad y la calidad de las prendas tienta a los ojos. Casa Jesús es una firma comercial típica, en León desde 1955. Más de setenta años de historia comercial.

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