En busca de las olas más bravas, saladas y blancas del mar Cantábrico encontré, bien se sabe, que el puerto más cercano a León se halla a varios kilómetros de distancia. ¿Entonces? Formamos parte de la denominada «tierra adentro» y llevamos con orgullo un paisaje bello y fértil, regado por las aguas dulces, frescas y transparentes de nuestros ríos, fuentes y arroyos. Sin embargo…
En la conocida iglesia de Santa María del Camino o, si se prefiere, en la iglesia Nuestra Señora del Mercado (en clara alusión a la aparición de la Virgen a un pastor en 1505), un viejo galeón (del siglo XVI) encontró el amarre idóneo para descansar. Sorprendentemente, en este no puerto se quedó colgado de la torre central a siete metros de altura. Colgado, sí, y bamboleado por los permanentes arrullos de las palomas y por los barquinazos sonoros de las viejas piedras ya existentes, con grandes dosis de romanticismo románico (siglo XI). Un galeón arropado, también, por los ‘cánticos’ y las vibraciones góticas, renacentistas y barrocas con las que, definitivamente, se configuró la silueta de esta hermosa iglesia tras las diversas reformas de evoluciones artísticas y arquitectónicas. Un balanceo que, allá en las alturas, duró más de cuatro siglos, hasta que…

El espectacular galeón, de un metro de envergadura, bajo el control y la dirección del párroco, Manuel Fláker, fue puesto en manos de Elisa Carballo Bayón y Patricia López Sierra (de la empresa leonesa Karak Conservación y Restauración de Arte) para que procedieran a su limpieza y restauración. Con los pies en la tierra y sin temblor alguno en los vaivenes de los pulsos, así fue como, tras una inversión de 3.000 euros, consiguieron retocar, limpiar y sellar los diversos ensambles de hierro y madera y sustituir las velas de algodón, las cuerdas de yute y los mástiles rotos por otros nuevos. Al eliminar el polvo y alguna que otra sucia firma de los pajarillos alegres, gorriones ellos, tan llenos de amor, se pusieron ‘en valor’ las 48 cañoneras y la policromía aceitosa, destacando las palabras ‘Lepanto’ –al costado de babor– y ‘Rebolledo’ –a estribor–. Un perfecto ‘lavado’, en definitiva, de aquel galeón que, al menos en espíritu, ‘luchó’ en el mar Jónico contra los otomanos. Uno más, y no exagero, en aquella cruzada, la mayor batalla naval del Mediterráneo, conocida como ‘la batalla de Lepanto’, en la que participaron 200 galeras y 100 naves, junto a cerca de 5.000 jinetes y más de 50.000 soldados españoles, italianos y alemanes. Una batalla… «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros», a juzgar por las palabras que nos dejó escritas uno de los que llevaron en su piel la peor parte: Miguel de Cervantes Saavedra –nuestro más ilustre escritor, quijotesco él– que, herido en su mano izquierda, consiguió, dolorosamente y a su pesar, la pérdida de una determinada movilidad y, con ello, bien se sabe, el sobrenombre de ‘El manco de Lepanto’. Cruel batalla, en fin, que también sufrió en su piel otro insigne personaje, vinculado en este caso con la historia de León. Me estoy refiriendo a Jerónimo de Rebolledo, señor de Irián (localidad perteneciente al actual municipio leonés de Soto y Amío), con vivienda propia en la plaza del Mercado; la plaza más emblemática, rústica y romántica de todos los tiempos de la encantadora y vieja ciudad de León.
Jerónimo de Rebolledo creció admirando, de la iglesia, la imagen titular (siglo XV, de autor anónimo). Gran devoto, por lo tanto, de la Piedad (espectacularmente bella, triste y cargada de dolor, de lágrimas y de sentimientos), se arrodilló bajo su sombra para, antes de partir a la guerra, solicitarle la máxima protección y prometerle con sinceras palabras que, a la vuelta…

Jerónimo de Rebolledo, padre de Bernardino de Rebolledo –primer conde Rebolledo, embajador de Felipe IV en Dinamarca, escritor y caballero de la Orden de Santiago–, tras aquella dura batalla, regresó a León, trayendo consigo determinadas cicatrices profundas en su piel que, de alguna manera, confirmaban los agresivos encuentros cuerpo a cuerpo con sus enemigos y las consecuencias de sus afiladas y explosivas armas: espadas roperas, dagas, alabardas y arcabuces. Sin embargo, llegó vivo para contarlo y cumplir con su sagrada promesa: entregar a la Virgen del Camino, a modo de exvoto, una pequeña reproducción de la embarcación en la que él, como capitán, junto al resto de los valientes marines, salieron a la mar a defender las virtudes de la cristiandad y la seguridad de la patria chica y de la europea, sin tener en cuenta el peligro que conllevaba tan fuerte oleaje y tan bruscos enfrentamientos. Así, de esa forma, fue como se inició la historia de un galeón anclado en la ciudad de León; el último y definitivo ‘puerto’ en el que tan soberbia nave ‘luchó’ –ella también, de alguna manera insisto– en el mar Jónico contra los otomanos, en favor de la denominada Liga Santa o Santa Liga en Europa (1571 - 1573); una coalición militar integrada por la Monarquía Hispánica, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de Malta, la República de Génova, y el Ducado de Saboya contra el Imperio Otomano (imperio turco) durante la conocida como «Cuarta Guerra Turco-Veneciana».
La maqueta del viejo galeón, tras la restauración, se protegió en una vitrina de cristal transparente, confeccionada por un taller de Burgos (?), y se instaló más cerca de la vista de los fieles que cada día visitan la iglesia: en el pórtico, justo a la izquierda. Un pequeño cartel, en la base, hace referencia a la donación de la siguiente forma: «Exvoto de barco, siglo XVI, ofrecido a la Virgen por Jerónimo de Rebolledo, Conde de Rebolledo. Participó en la batalla de Lepanto en 1571, encomendando su vida a Ntra. Sra. del Mercado. Al regresar sano y salvo ofreció este barco».

Fin de la historia del galeón varado en el no puerto de León, pero… la historia debe continuar. Continúa. Y lo hace, teniendo como referencia la visión del personaje protagonista. Un cuadro, situado a la derecha de la maqueta, donado a la iglesia, en este caso, por el pintor leonés Luis Zotes Flecha. Espectacular obra que, de alguna manera, sustituye a aquel otro retrato de tan ilustre personaje, Jerónimo de Rebolledo, del que nadie sabe (o silencia) cómo desapareció (o fue robado) en la década de los años setenta del siglo pasado.
Luis Zotes Flecha, en esta obra, representa a Jerónimo de Rebolledo con un rostro limpio, sereno, ‘tocado’ únicamente por un largo ‘bigote a la española’ (con las puntas retorcidas hacia arriba) y una ‘barba de chivo’ (perilla picuda). Los ropajes, con los que Luis Zotes ‘viste’ a tan peculiar personaje son también dignos de destacar. Yo lo hago enumerando, en primer término, la grandiosa lechuguilla blanca, rodeando su cuello, así como los complementarios puñetes. El jubón, aquí, lo veo yo muy metálico y con mucho brillo, como corresponde a tan insigne personaje. Y, como complemento, tampoco le falta el morrión (a su derecha), supuestamente de acero brillante, con incrustaciones doradas y largas plumas blancas y rojas que habría de abatir el viento en la menor ocasión. Una cadena de oro al cuello y la escarcela, haciendo juego con el jubón ajustado, complementan la escena, sin olvidarme de ese pañuelo de seda rojo que, a modo de adorno, lleva el personaje anudado en la parte superior de su manga izquierda. Espectacular, repito.

Y ahora sí, esta historia un tanto rocambolesca inició la cuenta atrás coincidiendo con las campanadas del reloj catedralicio que, desde la lejanía, anunciaban la hora del Angelus; hora del mediodía del sábado 14 de marzo. A punto de detener los dedos por encima de mi teclado, volví a escuchar el arrullo de una pareja de palomas… enamoradas. Miré a lo alto y las descubrí… contoneándose. Estaba convencido de que, con aquel lenguaje monótono y ‘bailarín’, lo que pretendían decirnos a los humanos era que, para encontrar su verdadera paz en la tierra, necesitaban encontrar un hueco libre en el tejado de la iglesia para perpetuar su verdadero amor. De hecho, insistían una y otra vez en sembrar los brillos de su plumaje a cualquier ojo avizor. En aquella escena, mis ojos veían la necesidad de que, más pronto que tarde, un nido de pequeñas ramas y plumas les sirviera de cobijo, en este puerto sin mar, para alargar el paseo de su especie por la vida. Mientras tanto, a través de los distintos medios de comunicación, yo estaba recibiendo los horrores de una nueva guerra tras otra.
Ay… No aprenderemos jamás el valor que encierran los silencios de una historia como la del galeón que llegó a León navegando, en paz, por el aire para quedarse entre nosotros. Replegad las velas y echad el ancla. El arrullo de las blancas palomas, en la plaza del Mercado, nos ha de acercar a buen puerto. Escuchad.
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