Sintonizando con ‘Casa Radio/Tele’ de León

La historia de un negocio familiar que llevó la electricidad y los primeros electrodomésticos a los hogares leoneses y que hoy, fruto de la reinvención, sigue funcionando

Gregorio Fernández Castañón
21/07/2026
 Actualizado a 21/07/2026
‘Casa Tele’ (destacada con flechas) fue derribada para volverla a hacer más atrás y más alta. | GERMÁN GRACIA
‘Casa Tele’ (destacada con flechas) fue derribada para volverla a hacer más atrás y más alta. | GERMÁN GRACIA

La historia de esta casa se inicia con una más que fundada obligación hacia sus dueños: retirada hacia atrás –como tantas otras– para dar vistosidad a la plaza y dejar que el aire circulara sin tropiezo alguno a través del ensanche que se estaba realizando. Calle Ancha. De pronto, gracias a la rapidez constructiva que levantan las palabras de tinta, a aquella casita de dos plantas la dejaron crecer y encontraron para ella un futuro comercial, teniendo siempre unas vistas privilegiadas: la Catedral. Ahora bien, sin correr demasiado, tengo que dejar en el aire un fuerte olor a cacao. Chocolate que se fabricaba en sus bajos, antes de que apareciera en escena nuestro protagonista, Feliciano Cristóbal. Un zamorano de Bermillo de Sayago que llegó a León luciendo en su pecho el título de «capataz jefe de telegrafistas» para trabajar en el edificio de Correos y Telégrafos (edificio neomedieval, de 1918, diseñado por el arquitecto Manuel de Cárdenas), situado justo enfrente de la ‘casa’. En 1936…

Bien se sabe que las guerras matan, destruyen, empobrecen y esclavizan. Matan vidas; destruyen construcciones, paisajes y futuro, y empobrecen y esclavizan –aún más si cabe– a hombres y mujeres de bien a los que el destino les pilló con el paso cambiado. En agosto de 1936, un mes después del inicio de la guerra civil española, a Feliciano Cristóbal y a varios de sus compañeros, entre gritos y empujones, les privaron su libertad y, atándoles las manos a la espalda, los llevaron a la misma orilla del río Bernesga. Ellos fueron los primeros en ocupar la oscura y ya hacinada sala capitular del convento de San Marcos, uno de los mayores campos de concentración del régimen dictatorial franquista en España (en León existieron otros, como el de Santa Ana, el Hospicio o el del Colegio Ponce). La suerte para Feliciano Cristóbal –¡vaya suerte!, y lo digo en serio– le llegó con una larga y gravísima enfermedad, unida al parecer a la intervención de un sacerdote. Se libró de aquellos «paseos» nocturnos que terminaban siempre con un sonoro silencio, silencio eterno, o se libró de la última caricia asfixiante que hacía el hambre, apretando con fuerza en los cuellos con abundancia de soledad, suciedad y piojos. Por suerte, repito, volvió a respirar el aire de la calle. Y en cuanto recuperó su salud y su dignidad…

Tras la fuente de Neptuno se ve la casa primitiva (ca. 1920) antes del obligado retranqueo que, más tarde, habría de ocupar Casa Tele. ARCHIVO CASA TELE
Tras la fuente de Neptuno se ve la casa primitiva (ca. 1920) antes del obligado retranqueo que, más tarde, habría de ocupar Casa Tele. | ARCHIVO CASA TELE

Con el tiempo, Feliciano Cristobal se hizo dueño y señor de la ‘casa’ y, al disponer de los suficientes conocimientos de electricidad y de telegrafía, valoró su futuro abriendo aquella puerta, aunque los inicios, como todos, fueran lentos y frustrantes. Quiero decir que el pulso ‘brillante’ de la ciudad estaba en poder de la fábrica de luz de Santa Nonia (situada entre el Teatro Emperador y la esquina con la actual calle de Burgo Nuevo); un edificio ruidoso en cuyo interior tan solo se lograba ofrecer a los ciudadanos entre 80 y 90 voltios. Una nimiedad que apenas alumbraba más allá del círculo donde termina y reina el eco de un suspiro. Aun así, tan solo se necesitaban 20 metros de cable y una bombilla para otorgar colores –tristones ellos, la verdad– a los objetos que buceaban en la profundidad de la noche. Cable y bombilla, únicos, que se iban instalando muy lentamente en las casuchas de cualquier barrio. Suficiente material del que Feliciano disponía. Y así, en competencia directa con la lámpara lunar (en la calle) o con la de carburo y velas (en el interior de los hogares), empezó a cabalgar a lomos de su imperio, con el acompañamiento, raquítico, de unos céntimos de peseta. 

Hoy no se entendería, pero para demostrar que el agua corriente de los ríos jamás regresa a buscar la cuna de su nacimiento, me apetece explicar que otro de los ‘filones’ existentes en la mina laboral de Feliciano era la reparación de las bombillas («¿cómo? –pensé–, pero ¿es eso posible?»). Aquellas bombillas duraban lo que duraban y, cuando sus filamentos ‘explotaban’ por el uso o por la brusca alteración en el voltaje de la fábrica de luz, aparecían los disgustos en los bolsillos vacíos de los usuarios. A consecuencia de la guerra, había tan pocas bombillas y eran tan caras que se optaba por… su reparación. Quien me lo explica –Luis Cristóbal, actual gerente de ‘Casa Tele’– lo hace, según mi deseo, muy len-ta-men-te porque, en los tiempos actuales, con exceso de ‘luces’, iba a ser un poco complicado leer este mensaje completamente a… oscuras. Él, sin embargo, fue así de claro: su tío abuelo –Feliciano– importaba de Francia bombillas de bayoneta, no aptas para el consumo español, ya que, como bien se sabe, nuestras bombillas desde siempre utilizan un casquillo metálico que se une al portalámparas cerámico o plástico a base de… rosca. La reparación consistía, precisamente, en sustituir el casquillo de bayoneta por el de rosca (con el riesgo que conllevaba la separación metálica del frágil vidrio) y listo. Nada que no pudiera hacerse en esta tienda/taller. Sorprendente.

Telegrafistas, compañeros de Feliciano Cristóbal, hechos prisiones muchos de ellos (1936).
Telegrafistas, compañeros de Feliciano Cristóbal, hechos prisiones muchos de ellos (1936).

Feliciano, poco a poco, logró que la plantilla de empleados a su cargo aumentara (llegó a tener 44). Todo ello debido a la gran demanda para instalar la luz eléctrica en el interior de los hogares, en León y provincia, así como, más tarde, el agua corriente (con albañiles y fontaneros a su servicio). Y, en los desplazamientos iniciales, sin automóviles propios (los primeros de ellos funcionando a gasógeno), usaban los autobuses de línea, los trenes o los taxis. Mientras tanto, en León capital, las radios de válvulas comenzaron a venderse cada vez más, así como otros productos ‘modernos’, llegados a cuentagotas: estufas y cocinas de petróleo, máquinas de coser, planchas y lámparas de techo (metálicas o de cristal para los más pudientes). A finales de los años cincuenta del siglo pasado, con la incorporación en la empresa de su sobrino Domingo, Casa Radio/Tele pasó a llamarse Casa Tele. Y entonces, sí, las perspectivas visuales llegaban a la calle, traspasando la gran luna de los escaparates. Lo digo así de pomposo, tal cual, para ambientar una nueva anécdota la mar de curiosa. Esta: cuando por fin llegó a León el electrodoméstico estrella –el televisor–, en Casa Tele lo ubicaron en el escaparate de la calle La Paloma. Ni que decir tiene que, de boca en boca, una agrupación de incrédulos y sorprendidos habitantes se acercaron de inmediato a mirar la mágica pantalla en cuyo interior todo, igual que en el cine, se movía con gracia. En las tardes de futbol o de corridas de toros el ambiente era todavía más selecto por cuanto, perdida la vergüenza, los espectadores detrás del cristal llegaban con su propia silla y ocupaban el espacio de la calle libre de coches. Habría que ver aquella escena, la verdad, para confirmar cómo la inocencia nos sigue acompañando en vida a pesar de peinar canas y de sujetar sin complejo alguno el círculo de las voluminosas barrigas. 

‘Casa Tele’. Publicidad de aparatos de radios y tocadiscos (1956).
‘Casa Tele’. Publicidad de aparatos de radios y tocadiscos (1956).

El ambiente interior en la Casa Tele era también espectacular por cuanto la oferta de sus productos iba en aumento. Y así ya se podía escoger el último frigorífico, la lavadora de carga superior, los hornos eléctricos, los útiles de cocina (cazos, cazuelas, ollas a presión, molinillos, cafeteras…), discos y casetes con los éxitos del momento o las maquinillas de afeitar eléctricas. En las plantas superiores continuaban las clases y los trabajos de rebobinado de motores, con un gran número de aprendices, algunos de ellos llegados de San Cayetano (el hospicio), y a cargo de Luisa, esposa de Domingo, continuaban también –¡qué curioso!– las clases prácticas con las máquinas de coser y aquellas otras manuales, tan especialmente útiles, de «coger los hilos sueltos (rotos) de las medias». Medias de cristal en su mayoría que, en un gran número de casos, llegaban de estraperlo escondidas en las cajas de las afeitadoras, procedentes de Francia.

Además, durante aquellos primeros años, desde la fábrica ‘Optimus Radio’, en Gerona desde 1933, les llegaban las válvulas para radio con una increíble particularidad: su importe, en vez de dinero en efectivo, era abonado con legumbres de esta tierra: lentejas, alubias y garbanzos (con lo que se confirma que en Cataluña también el hambre apretaba las paredes del estómago).

Luis Cristóbal, actual gerente de ‘Casa Tele’. GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN
Luis Cristóbal, actual gerente de ‘Casa Tele’. | GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

El último en incorporarse al negocio familiar fue Luis Cristóbal, hijo de Domingo. El mismo que me recibe y me cuenta los avatares de la empresa que ha sabido reinventarse para sobrevivir y que todavía permanece entre nosotros. Él fue quien me habló de que, entre sus muchas actividades, algunas de ellas ya expuestas, ofrecían sus servicios a las iglesias (luces y megafonía) y, sobre todo, a los teleclubs de los pueblos, sonorizando sus locales, instalándoles un televisor (en blanco y negro, primero, y en color después) o amenizando con sus propios equipos bailes y fiestas populares o veladas de bodas. Y, en las bodas, sus regalos más útiles (lavadoras, frigoríficos, cocinas de gas y hornos) se encargaban de llevarlos personalmente a la puerta del futuro matrimonio e incluso, si procedía, a dejárselos instalados y en pleno funcionamiento. Un buen servicio posventa que fomentaba amigos y aumentaba el número de futuros compradores. Un buen ejemplo, de lo más corriente, que todavía perdura. Y es que, como bien se sabe, el agua de los ríos movía las ruedas de los molinos y, en León, ‘la harina’ o la masa comercial, en aquella época, estaba en manos de unas pocas tiendas privilegiadas y útiles. Tiendas tan típicas como esta. Casa Tele.

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